jueves, 8 de julio de 2010

El pecado de Onán


Escribir sobre el pecado es un acto de narcisismo o una autoflagelación. En mi caso son ambas cosas. Lo primero se corresponde con lo segundo, y viceversa. Recuerdo algunos despropósitos de los que tomé parte o fui protagonista en mis años de adolescente imbécil, y no me enorgullezco, aunque tampoco quisiera borrarlos de mi vida, porque sé que, de cierta forma, uno siempre está en deuda con su pasado. Pero también tengo experiencia en delitos morales de los que me puedo vanagloriar, como cuando fui de vacaciones a la finca de mi tío Nepomuceno, en Chigorodó, y mantuve una relación íntima con mi prima. Ésa fue la primera navidad que pasé lejos de casa, expuesto al clima caluroso y lúbrico de la costa antioqueña, y también fue la primera vez que hice el amor en un potrero, a la luz de las estrellas, como un conejo en celo que se agita bajo la mirada de un depredador.

Claro que, dadas las circunstancias, el único depredador factible era mi tío, pero él no estaba ahí. Nuestro testigo presencial fue un burdégano que dormía la mona en un ángulo del establo y entreabría los ojos con estupefacción o con indiferencia. Tal vez con lo último mucho más que con lo primero, aunque la inapetencia sexual de los burros no sea su virtud más famosa. El hecho es que, con el tiempo, mi tío comenzó a notar ciertos cambios en la forma de caminar de mi prima, y en el mes de enero tuve que salir de su rancho y volver al sur del país. Pero ésa no fue la primera vez que pequé, ni la última; lo hice muchas otras veces, cuando me quedaba solo en casa y me quitaba la ropa y me masturbaba frente al espejo de la cómoda de mis padres, o cuando miraba por la rendija de la puerta mientras la empleada de servicio se desvestía en su cuarto. Aprendí a pecar con la misma naturalidad con que cagaba o hacía otras cosas normales, pero no le contaba mis pecados a nadie, por intuición. Cuando pasé por el segundo sacramento católico (la primera comunión) le dije al cura que me confesaba: «Padre, perdóneme porque soy muy mentiroso», y salí de allí con la consciencia limpia, porque sabía que ésa era la moral que imperaba en mi familia y en todo el país, una moral farisea e hipócrita, que intenta controlar la conducta de cada individuo, pero que lo único que logra es aumentar el cinismo de los que apedrean pecadores en la plaza pública mientras su alma se pudre en el tedio y la náusea.

La moral es maniquea. Las cosas son buenas o malas. El ser humano es bondadoso o perverso. Ninguna religión ha aceptado nunca la complejidad del hombre, y cuando una persona, de por sí sujeta a ciertas pasiones, es adoctrinada bajo los parámetros de una ley implacable, sólo se puede convertir en dos cosas: o en un feligrés plagado de conflictos personales, débil a la tentación y mártir de la culpa, o en un monstruo, capaz de cometer los crímenes más perversos, pero ávido de las misas y las ostias.

En otras palabras, lo que se obtiene es a un sector de la sociedad conformado por pobres desgraciados y otro integrado por gente infame. Son muy pocos los jóvenes que logran separarse de una herencia así. Para conseguirlo se tiene que haber vivido mucho, se tienen que haber leído muchos libros, emprendido varios viajes, se tiene que haber visto el grado de bajeza al que podemos descender antes de lograr hacernos de una especie de equilibrio ético. Con frecuencia, los que hacen esto suelen tener una vida más feliz (o quizás más llevadera) que la de sus padres, pues las personas con fama de correctos y virtuosos casi siempre son huraños y agrios, mientras que aquellos que se permiten caer en la tentación moderada, son mucho más alegres, y pueden ser tan correctos y virtuosos como los primeros, si se lo proponen.

Las pasiones que componen nuestro pathos no se pueden reprimir. Pecar es un arte que requiere tacto y medida, no contención. Por eso, cuando uno ve a un tipo feliz como el padre chucho, se pregunta: ¿Cómo se puede tener la cara tan idiotamente risueña y a la vez lucir una moral tramoyista? Algo debe estar fallando, y la solución no se limita al hecho de que exista una excepción que confirme nuestra regla. La respuesta es bífida, como la pulcritud de las mujeres: Uno, los millones de pesos que gana chucho con su programa y sus misas. Y dos, la vida secreta que suelen llevar los gazmoños como él, que terminan ardiendo en las llamas del infierno por su impenitencia, aunque en público no maten una mosca.

Pero la verdad es que cualquier persona podría asarse en el infierno, fuera del hecho de que exista o no un castigo eterno para los pecadores. Tal vez el infierno sea nuestra pesadilla más terrible, o el segundo eterno entre un disparo y la muerte de la persona que amamos. Tal vez el infierno sea el miedo al fracaso o la soledad. Incluso, podría llegar a ser lo que menos imaginamos, como una habitación cerrada en la que no sucede absolutamente nada. No se sabe, pero lo cierto es que cualquier alma puede entrar en el tártaro para purgar los crímenes más violentos. Y no es un problema de hipocresía clerical, o al menos no en su conjunto. Es un problema de rechazo y repudio, de negación sistemática hacia la malignidad del ser. Es una visión fanático del delito, al que representan como un magma infranqueable y ajeno que nadie debe cruzar, pero que se traspasa igualmente, con obcecación, porque, aunque sea difícil de creer, es muy fácil matar (basta con enceguecerse de la rabia o de los celos), es muy fácil violar (basta con tener la minga erecta y una grupa de adolescente indefensa), es muy fácil atracar (basta con ser pobre y haber nacido en Colombia). La diferencia la marcan los que sí aceptan su naturaleza mórbida, y la comprenden, y los que suelen juzgar al protagonista de un escándalo sexual, o de cualquier otro acto indebido, aun sabiendo que ellos podrían hacer exactamente lo mismo.

1 comentarios:

César dijo...

Puta, yo siempre me pregunto lo mismo. ¿De donde sacará este man esas fotos? ¿Tendrá alguna dirección o algún listado de, o se demorará hora enteras haciendo búsquedas de obsesivo? No se, pero muy bien.

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