martes, 1 de diciembre de 2009

últma velada (el club de los perros románticos)



Tu vida corre sobre un desfiladero insondable de concreto y mierda. Abajo está la nada y el vacío infernal: la boca de una gran ballena que se abre y traga todo lo que encuentra a su paso. La soledad es dolor, es ausencia, pero también es libertad. Dentro de la soledad siempre habita oculta una esperanza. Tu tronco cae en decúbito supino sobre la cama. La pistola negra permanece en tu mano. ¿Por qué te enamoras de todas las mujeres que demuestran el más mínimo interés en ti? El arma se convierte en una extensión de tu muñeca, fría, mortal, inquisidora, emponzoñada, deletérea, perniciosa. Tienes un gran problema, amigo. Lo has dejado todo a cambio de ese cuarto y esa cama. Has abandonado tu aldea para ganar un sueño o una quimera o una fantasía utópica. Has abandonado a tu familia, a tus amigos, a tu antigua novia, y ahora no tienes nada. La tuya es una generación de adolescentes tristes y miserables. Todos tus compañeros del colegio departamental eran tristes, y los que no parecían tristes eran miserables, pues no sabían de su tristeza. Arsenio es el primer nombre que se te viene a la cabeza, un estudiante que a sus 17 años ya se había intentado suicidar cuatro veces, por lo que todos lo llamaban arsénico y lo golpeaban en el baño y una vez, después de su clase de música, le robaron sus zapatos para que tuviera que volver descalzo a casa. A él no le afectaba lo que los demás hacían para llagar continuamente su vida. Nada importa realmente, perecía decir tras cada humillación y virulencia dirigida en contra suya, entre sangre y dolores inaguantables, entre lágrimas sin razón física aparente, sino emocional o mental, o de desamor, o de quebranto, o de fragilidad juvenil. Luego piensas en otras personas sin rostro, ocultas tras capas y más capas de bruma y olvido. Ronald Urrea y Cesar Barcheilly. El primero condenado a tres años de cárcel por posesión de estupefacientes. El segundo, según sabes, agonizante en casa de su abuela por una infección tuberculosa. Arsenio logró su cometido con una correa para manear caballos. César no necesita de ningún cabestro. Los hombres mueren y él lo sabe aunque no quiera morir. Los hombres que mueren se reencuentran en algún lugar después de romper la franja. Esperanza, te dices a ti mismo. Tu muerte no será una aniquilación, sino todo lo contrario: el punto de partida hacia un país distinto, hacia una ciudad disímil, en donde tal vez te encuentres con caras conocidas. Entonces observas la figura ampliada en papel fotográfico de Agnés Varda, y por un instante sientes el impulso de pedirle consejo a esa imagen adherida a tu techo con tachuelas de colores. Escoger un camino no es tan fácil, pero puedes suplicar por un poco de sabiduría e inteligencia. O mejor aún, por un poco de amor. Tu tristeza no es más que un exceso de egolatría y autoconfianza. Lo seres humanos se sueñan a sí mismos mucho más importantes de lo que en realidad son, y ese sueño, como todos los delirios y las alucinaciones, es una mentira que se estima necesaria, un disfraz con el que los hombres se visten y rehúyen de su insignificancia congénita y su mortandad. Así que te levantas. No eres nada. No eres nadie, pero de algo puedes estar seguro: como tú existen miles, y ninguno de ellos sabe que la modestia es el único remedio contra aflicción, que la modestia es además la única herramienta fidedigna para olvidarnos de que nuestra pena es la peor de todas, y que es prácticamente imposible que otro individuo en el mundo se sienta tan desolado como nosotros. Tu libreta yace sobre una mesa diminuta llena de papeles, y tú dejas la pistola y escribes; esta vez con la sensación de haber sobrevivido al peligro inminente de un desastre natural.

Cuaderno Nº 23

30 de noviembre, lunes.


Método de supervivencia

1º Fracasa dignamente y no reniegues de tu inseguridad, ya que sólo los tontos creen saber lo que quieren y cómo deben lograrlo.
2º Nunca seas el número uno en nada, ni en tu ciencia, ni en tu disciplina artística, ni en la escala de los promedios conspicuos de tu facultad.
3º Trabaja, pero detente en el momento en que otros comiencen a esperar algo de ti.
4º Llega siempre hasta las últimas consecuencias; es decir, hasta los últimos límites de tu idiotez cotidiana.
5º Sólo existe una terapia contra el miedo al ridículo: has el ridículo cuantas veces puedas.
6º Juégate la vida por tres versos que trasciendan.
7º Apuesta tu dignidad por un poco de sexo sucio.
8º Cuestiónalo todo, tu vida, tu moral, tu religión, el respeto por los papás y hasta el amor que se siente por la novia.
9º Conserva el buen humor. Lo último que se pierde no es la esperanza, sino la capacidad de hacer risibles las cosas más tristes.
10º Confía ciegamente en tus maestros: Bolaño, Chesterton, saroyan…
11º Abandónate por completo a tus ideas.
12º Busca tu libertad.

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