
Las feministas tienen cara de lesbianas. Las feministas son un grupo de perras que se huelen el culo entre ellas y rechazan el embarazo. Las feministas son unas tarugas que confunden la dignificación de la mujer con la usurpación de los roles sexuales. Cuando una feminista piensa en su vagina la ve como un pene hacia dentro, un pene sin cojones, y ninguna se queja porque se subestime su fuerza y su agudeza mental, sino porque no tienen un lugar en los salones para hombres ni en sus burocracias. Su lucha se basa en la consigna del resentimiento contra todo lo que pueda significar debilidad de género. La delicadeza, la vanidad, la sensiblería de las mujeres que esperan a su hombre en el tálamo es para ellas un tumor maligno que nace en la familia y se desarrolla en la sociedad. ¡La culpa es de la cultura! El poder masculino es injustificado, porque se basa en su fuerza bruta, en su hombría, en el tamaño de la verga. No en su espíritu, y cuando una damisela tiene un espíritu poderoso eso quiere decir que puede hacer cualquier cosa: descargar bultos de plátano, orinar de pié, matar gente desde una trinchera e incluso aspirar a la emancipación de más hembras para crear un boicot contra el yugo del glande.
JAJAJAJA…
Zorras.
La fémina debe renunciar a su feminidad para que las lesbianas feministas del feminoide club la acepten fementidamente. ¿Te gustó mi poliptoton, princesa? ¿No? Pero si ni siquiera sabes lo que es un poliptoton. Mejor súbete la falda y déjame eyacular poesía dentro de tu coño… Así es, hermosura, el sometimiento también hace parte de la feminidad, como la sabiduría y los secretos, como los desinfectantes para la vulva y los hechizos de magia blanca. ¿Por qué renunciar al legado que a las abuelas europeas les costó tanto atesorar? ¿Por qué renunciar al poder que tienen en la cama las esposas de los generales y los emperadores? Si Lorca hubiera nacido mujer ningún franquista le habría disparado en las costillas y sería él quien desvirgara a Dalí antes que Gala la golfa. Si yo fuera mujer sería multiorgásmica y recibiría un amante distinto cada noche de luna, porque ser mujer tiene sus ventajas: toda la poesía amorosa que se ha escrito hasta el día de hoy, por ejemplo, se ha dedicado a su altar de Venus, a su templo del sacrificio, al fruto jugoso de su chimba, mientras que ninguna poetisa a escrito jamás una oda al bálano de su amante o al escroto peludo del adolescente en flor.
¿Algún reproche de las mininas?
Claro que por más ventajas que tengáis ninguna llegará a tener mi inteligencia sobrenatural ni mi talento para la culinaria
Por otra parte, las heroínas de las feministas nunca quisieron usurpar el papel que desempeña el macho de la especie. Podían ser lesbianas, podían ser drogadictas, podían ser las matronas más desgraciadas de cuantos seres tuvieran un par de Trompas de Falopio junto a los riñones, pero ninguna aspiró a otra cosa que no fuera el amor de uno o varios sementales. Frida Kahlo es una santa. Lucha Reyes es una leyenda. Janis Joplin es un ángel caído y Simón de Beuvoir una semidiosa.
Todo esto para hablar de una sola diva del hembrerío: Françoise Sagan.
Lo primero que voy a escribir es que Sagan lo tenía todo para convertirse en heroína: triunfó en un mundo de hombres cuando apenas tenía 18 años, se acostó con damiselas y caballeros por igual, se hiso narcodependiente a los 33, protagonizó escándalos y se murió en la miseria. Si el índice de lectura en este país fuera un poco más alto Sagan tendría un club de admiradoras en Facebook y las niñas con edad de querer follar leerían sus novelas con fruición y desparpajo. Sagan consiguió lo que pocos escritores con su primer libro: hacerse con la respeto de todos los lectores galeses de su generación. Un éxito precoz y dañino para algunos que sí tuvieron que trabajar por su prestigio, pero un talento que no podía pasar desapercibido para otros, que después de leer las 140 páginas de “Buenos días, tristeza” (narradas por una adolescente que yo siempre me imaginé como mi vecina de 14 años, pero que al final tuve que reemplazar por la cara de Jean Seberg en celuloide) declararon al pequeño monstruo de las letras francesas como una integrante más en el hall de la fama, junto con Sartre (que se la comió en su apartamento del rue Le Regrattie ), Mauriac (que sólo se quiso acostar con ella mientras pensó que era un niño), Camus (que nunca se la comió porque le dijeron que tenía sífilis) y otros artistas como Balthus y el pornófilo de Robbe-Grillet.
Así empezó el ascenso de Sagan con su cara de hermafrodita. Luego comenzó a caer. Derrochó fortunas y escribió. Fue a la cárcel y escribió. Vino a Colombia (en donde casi se muere de sobredosis) y escribió, hasta que colgó las zapatillas a los 69 años mientras vivía de la caridad de sus admiradores y el gobierno estatal intervenía sus derechos de autor como multa por ingresos no declarados.
Ahora me temo que gracias a mí las feministas hayan encontrado una nueva santa sin canonizar. Por eso repito, ninguna heroína fue feminista. Todas ellas se revuelcan en sus tumbas.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Sagan Vs el feminismo
lunes, 30 de agosto de 2010
Literatura del odio: Vian en la comuna 13

Hacer las maletas es una expresión común, no figurativa. Significa que uno se va. Iba a empezar este párrafo escribiendo: “mañana hago las maletas y me voy de este país de mierda que es Colombia”, pero me di cuenta de que era una vaguedad. ¿Qué maletas? Si las meninas se pudieran cargar en maletas me compraría una. Las uñas no necesitan maleta, ni el pelo ni los piojos. Aquel que necesita equipaje paga más por kilo en el avión. En otro tiempo tuve siete cajas llenas de libros, pero ¿y qué? nadie debe cargar un equipaje que pese más de lo que soporta su culo cuando se sienta.
En mi caso me quedo con los piojos.
Decía que iba a empezar el párrafo de marras diciendo una imprecisión. Cuando me vaya levanto mi culo y me llevo mis piojos. Pero nunca lo digo en serio. Soy desmedradamente (iba a escribir desmadradamente, pero sé que este blog lo leen las niñas y los menores de edad) honesto. Soy desmadradamente embustero. (¡Al diablo con las niñas y con los menores de edad). Y también soy contradictorio, pero lo realmente cierto es que nunca digo una mentira a menos que se trate de un asunto de vida o muerte. Por ejemplo: desde que comencé a escribir mi primera novela creo en la mentira más bonita del universo: Dios existe. Los evangelistas también existen. Uno de ellos escribió Lolita. Otro escribió la saga de los Sartori. El último que descubrí escribió una novelita negra a la que le puso como nombre una promesa de desprecio: escupiré sobre vuestra tumba.
(Por cierto, el mecías vendrá y nos hará el anilingus a todos.)
Dice el evangelio que el odio no es una enfermedad colombiana como pensábamos todos nosotros. La estupidez sí, de Jota Mario para abajo (hacer clic en el vínculo o irse a que den por culo). Pero el odio no, porque se transfiere de hijo de puta a hijo de puta sin discriminaciones de ningún rango. El evangelista se llama Boris Vian, Vian de Viaña, de la casa de Galicia o Navarra. De las montañas de Burgos, y nos explica su mensaje por medio de una parábola: un negro albino llega a una ciudad y se pone a trabajar en una tienda de libros. Su hermano menor fue asesinado a manos de tres blancos. El negro planea vengarse, y como es inteligente y ha leído unas cuantas cosas, aguarda con paciencia. Pronto conoce a dos hermanas hijas de un ricachón. Las viola y las mata. Así se venga de los asesinos.
¿Qué te parece?
¿Quieres entender la realidad colombiana? ¿Por qué Medellín está plagado de matarifes? Lee a Boris Vian. Lee El cobrador, de Rubén Fonseca. Hay días en que yo mismo quisiera salir a matar, pero no tengo los cojones, ni amigos poderosas para salir ileso de la cárcel. Los pobres de la Comuna 13 sí que tienen cojones, y ya empezaron a cobrar lo que les deben. Les deben la escuela, la casa, la nevera. Les deben el sexo con las teenagers de RCN. Les deben todo… etc
lunes, 2 de agosto de 2010
"Si vas a matar a alguien procura que no esté bien relacionado" (Una vela encendida para Kurt Vonnegut)

Quienes lo conocieron no encontraron en él un evangelio ni una doctrina, ni una escuela literaria para neófitos ni mucho menos un método de aprendizaje solícito. Encontraron a un hombre convertido en mito, pero que al mismo tiempo ostentaba la figura y la personalidad de alguien al que los años lo fueron haciendo cada vez más frágil y humilde, hasta el punto de mimetizarlo entre la morralla de cualquier pueblo o ciudad de América. Y cuando el anciano murió nadie que no hubiera leído sus libros ni oído sus conferencias derramó ni una sola lágrima por él, ni encendió una vela para alumbrar su imagen ni se bebió un litro de licor en su memoria. Algunos de sus lectores póstumos le rindieron tributo de la mejor forma en que pudieron. Otros más adelantados releyeron sus obras para reencontrarlo allí y recordar la finura de su humor, pero siguieron con su camino, porque el maestro nunca quiso convertirse en guía de nadie, sino acompañar a los que le conocían como un amigo que nos escucha sin juzgar nuestros actos, que nos cuenta sus mejores historias y que luego se va para que al final recorramos nuestra propia ruta de libertad.
Matadero cinco o la cruzada de los niños, de Kurt Vonnegut:
En 1945 cuatro soldados de la Infantería de los Estados Unidos quedaron aislados de su escuadrón durante la batalla de Bulge, al sur de Bélgica. Uno de ellos era Kurt Vonnegut, un cadete de 23 años que lucía un par de botas desastradas y que había sido enrolado un año atrás en Indianápolis. Vonnegut hacía viajes en el tiempo, a lo Wells, pero nunca necesitó de una máquina decimonónica para escudriñar su destino. Vonnegut sólo necesitaba cerrar los ojos y aparecer en una época de su vida distinta a la anterior, montado sobre una mujer con tetas de parturienta, en un motelito de Ilium, en Nueva York, o haciendo el papel de rata de laboratorio en un planeta desconocido, dentro de una celda adecuada para su especie, después de haber sido secuestrado por un platillo volador. Pero en 1945, después de la batalla de Bulge, Vonnegut aun no sabía que tenía esa dote particular, y dos de sus compañeros fueron abaleados por la espalda mientras se intentaban entregar a las tropas enemigas. Los sobrevivientes, Vonnegut y un tal Roland Weary, fueron capturados mientras se batían a cuchilladas y daban vueltas entre la nieve. Vonnegut es un apellido alemán, pero él era americano. El comando que los encontró sí era alemán, y los trasladó hasta una vieja casa de piedra, ubicada a unos dos kilómetros de allí. Desde el emplazamiento formaron una fila con otros prisioneros y marcharon hasta un camino poblado por una marea de soldados heridos y enfermos. La marea de combatientes era inmensa, pero se hiso más grande en la medida con que encontraban tropas tributarias en los caminos aledaños. Cuando arribaron a la frontera alemana Weary tenía los pies como dos masas sanguinolentas y Vonnegut ya había ido y vuelto en el tiempo lo suficiente para saber que años después compartiría cautiverio en un zoo extraterrestre con una de las actrices porno más famosas de la época. Pero eso sólo sucedería años después, tras haberle sembrado su semilla a la mujer con tetas de parturienta y haber tenido, como consecuencia, dos hijos estúpidos. Por entonces, Vonnegut apenas conocía a algunas churrianas europeas dispuestas a mamárselo por comida o por un cigarrillo o por menos que eso. Vonnegut tenía 23 años y no sabía lo que era el amor, ni siquiera sabía lo que era el patriotismo. Alguien le calzó unas botas y le puso un rifle automático en las manos y le dijo que debía disparar contra todo aquel que no ondeara su bandera. Entonces lo embarcaron y llegó a Francia y luego a Bélgica y ahora estaba ahí, en la frontera alemana, esperando en una estación de ferrocarril con la secreta maldición de saber cómo morirían todos sus compañeros.
Y recordó una canción que le subió el ánimo y que cantó con voz apagada:
Estoy sentado en mi celda de la cárcel,
Con los calzoncillos llenos de mierda.
Y mis pelotas rebotan contra el suelo,
Y veo el miembro sangriento.
Debido al mordisco que ella me dio,
¡Oh!, jamás volveré a follar con una polaca.
Y el chico sonrió. Luego fue embarcado en un tren cuyos vagones sólo tenían una pequeña claraboya para respirar. Durante varios días la claraboya fue el único contacto que el grupo de prisioneros tuvo con el resto del mundo. Por ella se sacaban las tasas llenas de excremento y las botellas que todos utilizaban para mear. Vonnegut permaneció de pie durante todo el trayecto, yendo y viniendo por la línea del tiempo, como un cohete que surca el cielo y rebota en el horizonte hasta el infinito. Un instante son todos los instantes, se decía. Mi muerte sucederá, sucede y sucedió, respectivamente. El paisaje se hacía cada vez más frío y Vonnegut sabía hacia dónde se dirigía la locomotora, sabía cuántos de allí perderían la vida y cuántos regresarían a su país; sabía que su destino era sobrevivir y entendía, por último, que su único deber era escribir su historia: Matadero cinco o la cruzada de los niños.
Un título magnífico.
120 páginas PDF.
Léelo o muere.
martes, 20 de julio de 2010
lunes, 19 de julio de 2010
El humor de la melancolía, de R. H. Moreno Durán

Si yo fuera R. H. Moreno Durán le hubiera puesto a mi libro de cuentos un título más pestífero, como El olor de tus depravaciones. Pero es normal que una editorial prestigiosa como Alfaguara no permita que el rótulo escogido por uno de sus autores aluda a la flema genital que le da al buen sexo el olor que todos conocemos: pescado seco + axila de orangután + olor a culo.
Eso está bien decirlo, aunque sea una vez. El sexo debería dar asco, pero en cambio nos la pone dura y nos hace enamorar de la crica más joven y menos hirsuta. Pero no hay problema. Los seres humanos somos asquerosos por naturaleza. El sexo es un asco. La vida es un asco, y aun así todos somos felices viviendo y copulando et alia.
Pero en El humor de la melancolía el autor no cree que el sexo sea un asco. La vida es un asco, pero el sexo no lo es. El sexo, por lo contrario, lo es todo y por eso se convierte en el impás de cada una de sus historias, aunque impás no sea el término que buscaba, a menos que me esté refiriendo a un anti- cuento como los de Stanislaus Bhor. Para corregirme, el intríngulis de los cuentos de Moreno Durán es el SEXO; el SEXO y el AMOR; el SEXO más el PORNO más AMOR. Una combinación letal, adornada con el humor fino de un erotómano experimentado.
Pero no se puede reducir la calidad literaria de un libro a la cantidad de pajas que nos hacemos mientras lo leemos ¿o sí?
No, no se puede. Las pajas no cuentan. Lo que cuenta es la destreza del narrador intradiegético para convertir un coito y las circunstancias que lo rodean en un albur (sic) lleno de elegancia, con línea narrativa incluida. Eso son los cuentos de Moreno Durán. Eso es El humor de la melancolía, un producto del diletantismo y la depravación, made in Colombia. Un rito de inteligencia sicalíptica. Un sueño con Wendy Guerra haciéndonos el pollo asado (a ver quién sabe cómo se hace el pollo asado) mientras recita la Divina Comedia y nos instruye y nos hace sabios.
(Nota: Podría ser cualquier mujer. Todas guardan una sabiduria secreta en el coño y el espíritu, como afirma la Pinkola.)
El problema es que, usualmente, los escritores como Moreno Durán no constituyen un plato fuerte para las editoriales. Las editoriales son como chulos o proxenetas que aceptan en el negocio únicamente a escritores con buenas oportunidades de ser vendidos, y un escritor vendible es un escritor con buena imagen, fácil de digerir, que se deja follar por el lector sin interrogarlo, sin cuestionarlo ni darle un golpe en la cara, y que luego es desechado como basura. R. H. es algo distinto. R. H. es la puta experimentada que no se lo da a cualquiera, pero que es tan buena en lo que hace que ni los prostíbulos más visiados (Alfaguara, Planeta, etc) le pueden negar una licencia de trabajo para que folle en sus casas.
¿Te gustó mi analogía, bitch?
El humor de la melancolía es un libro condenable, y por eso es bueno. Todo libro que contenga las palabras ano glande y boca en su justa proporción es condenable, y vale la pena leerlo.
jueves, 8 de julio de 2010
El pecado de Onán

Escribir sobre el pecado es un acto de narcisismo o una autoflagelación. En mi caso son ambas cosas. Lo primero se corresponde con lo segundo, y viceversa. Recuerdo algunos despropósitos de los que tomé parte o fui protagonista en mis años de adolescente imbécil, y no me enorgullezco, aunque tampoco quisiera borrarlos de mi vida, porque sé que, de cierta forma, uno siempre está en deuda con su pasado. Pero también tengo experiencia en delitos morales de los que me puedo vanagloriar, como cuando fui de vacaciones a la finca de mi tío Nepomuceno, en Chigorodó, y mantuve una relación íntima con mi prima. Ésa fue la primera navidad que pasé lejos de casa, expuesto al clima caluroso y lúbrico de la costa antioqueña, y también fue la primera vez que hice el amor en un potrero, a la luz de las estrellas, como un conejo en celo que se agita bajo la mirada de un depredador.
Claro que, dadas las circunstancias, el único depredador factible era mi tío, pero él no estaba ahí. Nuestro testigo presencial fue un burdégano que dormía la mona en un ángulo del establo y entreabría los ojos con estupefacción o con indiferencia. Tal vez con lo último mucho más que con lo primero, aunque la inapetencia sexual de los burros no sea su virtud más famosa. El hecho es que, con el tiempo, mi tío comenzó a notar ciertos cambios en la forma de caminar de mi prima, y en el mes de enero tuve que salir de su rancho y volver al sur del país. Pero ésa no fue la primera vez que pequé, ni la última; lo hice muchas otras veces, cuando me quedaba solo en casa y me quitaba la ropa y me masturbaba frente al espejo de la cómoda de mis padres, o cuando miraba por la rendija de la puerta mientras la empleada de servicio se desvestía en su cuarto. Aprendí a pecar con la misma naturalidad con que cagaba o hacía otras cosas normales, pero no le contaba mis pecados a nadie, por intuición. Cuando pasé por el segundo sacramento católico (la primera comunión) le dije al cura que me confesaba: «Padre, perdóneme porque soy muy mentiroso», y salí de allí con la consciencia limpia, porque sabía que ésa era la moral que imperaba en mi familia y en todo el país, una moral farisea e hipócrita, que intenta controlar la conducta de cada individuo, pero que lo único que logra es aumentar el cinismo de los que apedrean pecadores en la plaza pública mientras su alma se pudre en el tedio y la náusea.
La moral es maniquea. Las cosas son buenas o malas. El ser humano es bondadoso o perverso. Ninguna religión ha aceptado nunca la complejidad del hombre, y cuando una persona, de por sí sujeta a ciertas pasiones, es adoctrinada bajo los parámetros de una ley implacable, sólo se puede convertir en dos cosas: o en un feligrés plagado de conflictos personales, débil a la tentación y mártir de la culpa, o en un monstruo, capaz de cometer los crímenes más perversos, pero ávido de las misas y las ostias.
En otras palabras, lo que se obtiene es a un sector de la sociedad conformado por pobres desgraciados y otro integrado por gente infame. Son muy pocos los jóvenes que logran separarse de una herencia así. Para conseguirlo se tiene que haber vivido mucho, se tienen que haber leído muchos libros, emprendido varios viajes, se tiene que haber visto el grado de bajeza al que podemos descender antes de lograr hacernos de una especie de equilibrio ético. Con frecuencia, los que hacen esto suelen tener una vida más feliz (o quizás más llevadera) que la de sus padres, pues las personas con fama de correctos y virtuosos casi siempre son huraños y agrios, mientras que aquellos que se permiten caer en la tentación moderada, son mucho más alegres, y pueden ser tan correctos y virtuosos como los primeros, si se lo proponen.
Las pasiones que componen nuestro pathos no se pueden reprimir. Pecar es un arte que requiere tacto y medida, no contención. Por eso, cuando uno ve a un tipo feliz como el padre chucho, se pregunta: ¿Cómo se puede tener la cara tan idiotamente risueña y a la vez lucir una moral tramoyista? Algo debe estar fallando, y la solución no se limita al hecho de que exista una excepción que confirme nuestra regla. La respuesta es bífida, como la pulcritud de las mujeres: Uno, los millones de pesos que gana chucho con su programa y sus misas. Y dos, la vida secreta que suelen llevar los gazmoños como él, que terminan ardiendo en las llamas del infierno por su impenitencia, aunque en público no maten una mosca.
Pero la verdad es que cualquier persona podría asarse en el infierno, fuera del hecho de que exista o no un castigo eterno para los pecadores. Tal vez el infierno sea nuestra pesadilla más terrible, o el segundo eterno entre un disparo y la muerte de la persona que amamos. Tal vez el infierno sea el miedo al fracaso o la soledad. Incluso, podría llegar a ser lo que menos imaginamos, como una habitación cerrada en la que no sucede absolutamente nada. No se sabe, pero lo cierto es que cualquier alma puede entrar en el tártaro para purgar los crímenes más violentos. Y no es un problema de hipocresía clerical, o al menos no en su conjunto. Es un problema de rechazo y repudio, de negación sistemática hacia la malignidad del ser. Es una visión fanático del delito, al que representan como un magma infranqueable y ajeno que nadie debe cruzar, pero que se traspasa igualmente, con obcecación, porque, aunque sea difícil de creer, es muy fácil matar (basta con enceguecerse de la rabia o de los celos), es muy fácil violar (basta con tener la minga erecta y una grupa de adolescente indefensa), es muy fácil atracar (basta con ser pobre y haber nacido en Colombia). La diferencia la marcan los que sí aceptan su naturaleza mórbida, y la comprenden, y los que suelen juzgar al protagonista de un escándalo sexual, o de cualquier otro acto indebido, aun sabiendo que ellos podrían hacer exactamente lo mismo.
Cambio mil coños por un poco de amor, de Gonzalo Pineda

Luchar contra la injusticia es el sofisma más efectivo del periodismo. También es el sofisma del ejército nacional y del activismo político. Todos necesitan luchar contra algo para tener, como mínimo, una certeza en su vida: la de que existe otro fin aparte de pichar como enfermos. Pero no se necesita estar enfermo para pichar como ratas; se necesita plata, éxito y un par de libros bien escritos. De esa manera también se puede luchar contra la injusticia, como Martín Caparrós y J. M. G. Le Clézio, cuya enseñanza es la siguiente: se puede ser depravado y a la vez escribir para salvar el mundo. Amén.
Todo al mismo tiempo, como en una buena orgia.
Se hace periodismo, se habla de ética y se llega a casa a lamer el orto de nuestra amante. Así trabajan los reporteros de hoy.
¡Dios los bendiga!
Ahora ya sabemos por qué García Márquez decía que el periodismo es el oficio más bonito del mundo. Con el periodismo te puedes hacer famoso, puedes ganar premios, puedes convertir la miseria de una prostituta comida por todas las vergas de la ciudad en oro puro… y además te puedes comer a la prostituta, sin ascos. Todas nuestras madres fueron putas.
Pero, volviendo a lo que es mío, el mundo de la prensa no es todo un paraíso marxista. También está dividido en estratos. Arriba están las plumas de buena familia; digamos un Faciolince, que está montado en la tramoya del intelectualismo light. Bajo Faciolince (no se sabe si bajo su hombro, bajo su suela o bajo su ombligo, a la altura del falo) están los periodistas ambulantes, los free lance, de la escuela de Indiana Jones, que escriben sus reportajes con la mochila al hombro. Hollman Morris es el ejemplo más cercano. Luego, bajo los cojones de Morris, se encuentran los analistas políticos, que creen que su trabajo es más serio que el de los demás y completan un 69 indisoluble con sus colegas de la sección económica. (Ésta jerarquía me salió un poco porno ¿no?). Por último están los comentaristas deportivos, con el músculo de la polla a reventar. Y lo demás es basura.
¿Falta alguien? Si.
Más basura.
El ausente que mira al grupo y se masturba. Se corre encima de todos. El ausente que escribe crónicas para un periódico amarillista. El ausente que no quiere salvar el mundo; todo lo contrario, que quiere cagarce en el mundo y en la puta madre que lo parió.
El ausente se llama Gonzalo Pineda y su oficio lo aprendió en la calle, fuera de las academias. Fue un periodista empírico, pero de eso ya hace mucho tiempo. De haber continuado estudiando periodismo me hubiera gustado escribir crónicas rojas como Pineda. Me habría gustado revisar el cadáver de una víctima, preguntar por los detalles del delito, inquirir a los testigos, describir con frialdad lo que sucedió. Mi vida sería mucho más emocionante y tendría algo qué contar en mis borracheras.
Jamás me aburriría.
Pero Pineda fue el hombre, no yo. Un hombre con la verga bien puesta para escribir sobre la suciedad medellinense. Un crápula con conocimientos de retórica procaz, medianamente respetado por sus colegas y por su mujer, que entre otras cosas era una follona sin remedio a la que el escritor se vio en la obligación de dedicar su obra maestra: Cambio mil coños por un poco de amor.
Yo no sé por qué Pineda cambiaría mil coños por un poco de amor. Eso no lo responde en ninguno de sus relatos, ni en los metarelatos del apéndice final. Acaso la ancianidad lo volvió marica. Puede ser: la inmoralidad es una estatua hermosa que se labra con los años (aquí quiero mandarle un fuerte abrazo a Fernando Vallejo) y puede que nuestro autor, al final de su vida, haya descubierto su lado femenino.
Lo bueno es que nunca leyó a Thomas Mann. Ergo, nunca viajó a Venecia a buscar un efebo. Murió en su tierra, en Medellín, que es la capital nacional de la pedofilia.
En Cambio mil coños por un poco de amor Gonzalo Pineda logró lo que jamás logrará un corresponsal de la casa de nari, o del mundial o del Ministerio de Hacienda, y es convertir un trabajo periodístico en arte, como Capote en A sangre fría, sin guardar proporciones.
El problema con los colombianos es que nunca reconocen a sus genios cuando están vivos. Por eso Pineda nació y creció y se reprodujo con su esposa cachonda, pero nadie lo vio pasar.
Afortunadamente nos dejó un libro, su único libro, el tipo de libro que me gustaria obligarle a leer a todo el puto mundo con una Colt amartilada entre los riñones.
Así es.
martes, 18 de mayo de 2010
el indulto de un violador

La belleza candorosa de una impúber es la némesis de Roman Polanski. La sinécdoque de un anfiteatro poblado por sátiros incautos e impulsivos es un plano completo de Roman Polanski. La celda más apetecida por todos los presidiarios del mundo es el chalet suizo de Roman Polanski. La simiente que le extrajeron de la vagina a Samantha Geimer en 1977 provenía, definitivamente, del escroto de Roman Polanski.
Todos los hombres tenemos a un pequeño Polanski en el centro de los cojones, y en el caso de que el lector inhábil no sepa de lo que le estoy hablando, haré una reconstrucción de los hechos para la fortuna del pobre mequetrefe.
La hazaña tuvo lugar en la residencia del actor Jack Nicholson, en donde el director de cine franco-polaco accedió carnalmente a la joven Samantha Geimer, de 13 años de edad. El cineasta conoció a Geimer en una fiesta informal, en donde ésta respondió a las insinuaciones del acusado de forma “ambigua” y le acompañó en un viaje por carretera hasta una mansión ubicada en la Mulholland Drive de Los Ángeles. En la escena del estupro se encontraron varias botellas vacías de licor y una cámara fotográfica. Los padres de la víctima entablaron una demanda contra el director, quien fue recluido durante 42 días en una prisión estatal con el fin de que le fueran practicados los exámenes psiquiátricos correspondientes. Tras ser puesto en libertad condicional, Polanski huyó hacia Europa y se refugió en Francia. Algunos años después, Samantha Geimer retiró su demanda. Sin embargo, la justicia estadounidense consideró que la afectada no estaba en la habilidad de dictar el curso de un caso criminal, ni de examinar las pruebas que se presentaron en la acusación. Por este motivo, Polanski fue detenido hace siete meses en el aeropuerto de Zúrich, en Suiza, cuando se disponía a recibir un premio en homenaje por el conjunto de su obra, y ahora espera su extradición hacia una prisión del estado de California.
Resta decir que este correo pondrá en guardia a todo el gremio feminista de la capital departamental más mafiosa de noroccidente colombiano. Su iconoclastia fálica casi siempre las pone en contra de cualquier numen de burro garañón, como la que me inspira a mí para escribir.
Pero aun así, mis señoras, voy a fungir como abogado del diablo, para que me puedan insultar.
El primer argumento en defensa del viudo de la sabrosísima Sharon Tate (la hipérbole es para escaldar los ánimos) es que ninguna ley moral puede detener a un artista cuando ante sus ojos encuentra un objeto digno de su interés, porque el sentido de su vida está basado en la búsqueda de la belleza, y sólo un idiota tendría por prioridad su civismo puro ante la posibilidad de la hermosura. El segundo argumento consiste en que el artista no sólo posee la capacidad de crear la belleza, sino de contemplarla, y en el caso de una doncella en la cumbre de su esplendor, de convencerla para tupirle al miriñaque sin tener que llegar al acto sucio de la violación. El tercer argumento es el siguiente: no todas las niñas de 13 años son beatas respetables. Lo digo yo, que me he enterado de los casos más escandalosos de precocidad infantil que han tenido lugar en mi pueblo mugriento.
Por otro lado, ya que soy de la de Antioquia, y es ésta una de las pocas universidades públicas con la anuencia del Ministerio de Educación para formar guiñapos del new journalism oficial, podríamos practicar un ejercicio de equilibrio periodístico.
Todo sea por la imparcialidad.
Gracias a la imaginación y a la mano de la literatura, estableceremos un punto de comparación que nos ayudará a cubrirnos con el manto de la esquiva objetividad.
Esta es la situación: un niño de trece años es llevado en auto hasta una mansión opulenta. Su protectora es una actriz francesa de apellido Binoche. En la residencia, su anfitriona le propone entrar con ella en el jacuzzi. Se desnudan, se besan y protagonizan una escena de nanofilia procaz. ¿Qué cosa podría hacer un zagal además de sentirse agradecido si Juliette Binoche lo hubiera violado en los inicios de su pubertad? ¿Y si hubiera sido Wendy Guerra? ¿O si en lugar de una diva de nuestra época hubiera sido, gracias al milagro de la criogenia, Catherine Deneuve o la incontinente Lulú de la Caja de Pandora?
No nos vayamos a los extremos: sexo con menores de edad no siempre significa que hubo una violación. La senadora Gilma Jimenez dice que sí, pero es porque ella nunca folló antes de los 35.
¡Baise moi!
miércoles, 12 de mayo de 2010
sangre de perro
Desperté con la verga erecta y bruñida por las secreciones nocturnas de esmegma. Desde hace cuatro meses mi lubricidad de filósofo cachondo es lo único que no ha trastocado la marihuana. 20 % de filósofo y 80 % de cachondo, para ser preciso. Decidí dejar la universidad por tercera vez para escribir una novela, pero la vida es extraña, y en el ínterin que queda entre mi decisión de abandonar el estudio académico y el momento de su inevitable continuación no he podido hacer otra cosa más que mantener la calma. Mientras tanto, leo todo lo que puedo. En otro tiempo llevé una lista de escritores suicidas en mi cartera. Cuando me entusiasmo con un libro (caso, por ejemplo, de El pudor del pornógrafo, de Alan Pauls) nunca he podido evitar escarbar en los recovecos más oscuros de la vida de su autor. La razón: el morbo, pero también la necesidad de comparar la vidorria de un bastardo anónimo como yo con la vida de un bastardo que se hiso famoso gracias a su obra. Caso en particular: Kafka, el más claro de todos. Pero también Hemingway y Bolaño. Entonces la tarea es leer los libros que ellos leyeron y practicar los vicios que los mataron. Adoptar los horarios en que se sentaban a trabajar, masturbarse con la misma asiduidad de su eminentísima lujuria y hasta dejar de lado cualquier tipo de labor que nos pueda significar un buen fajo de billetes para ganar lo mismo que ellos alcanzaron, que no es mucho. A lo más, una mujer. Y una que los quiere por lo que hacen (o lo que son capaces de hacer) y no por lo que son. Eso explica por qué un retaco como Salman Rushdie consiguió a sus cinco esposas negras. O cómo una fémina de 17 años accedió a recibir entre sus piernas el miembro octogenario de Bukowski. O la razón por la cual todas las hijas de la generación del expresionismo abstracto satisficieron a Pollock mejor que a un dictador poderoso. Pero ésta no es la conclusión de una línea de razonamiento vulgar, sino ínfimamente realista. El arte santifica a su autor con el sexo. Ipso facto.
Claro que el hecho de morir y dejar obra no es indispensable para hacerse santo, y si lo es entonces nuestra canonización no pasa de ser una distinción inútil. Si algo elimina la muerte es la carne, y la carne es lo que más nos interesa en este blog. Mejor es buscar la gloria por obra y gracia de la Divina Providencia, y eso sólo se consigue manteniendo una buena relación con Dios y con el diablo, que son lo mismo. Eso lo aprendí hace una semana, cuando encontré El conde demediado de Ítalo Calvino en uno de los anaqueles sucios de la única biblioteca a la que tengo acceso y lo devoré en una mañana. Ese mismo día me crucé con un amigo, con el que entablamos una conversación acerca del tipo de mujer que haría menos miserable la vida de un artista. Yo le dije que, fuera cual fuera, debía ser menor de 15 años. Él me respondió que esa era una ventaja, pero que estaba lejos de convertirse en prioridad. Entonces le dije que debía ser una dama cuando esté vestida y una meretriz cuando está empelota, pero él me alegó lo mismo. Finalmente, mi amigo me dijo que lo único indispensable en una mujer dispuesta a convertirse en la novia de un artista es que tenga las manos pequeñas. ¿Para qué?, pregunté yo. Para que nuestra verga parezca más grande, respondió él. Y desde ese momento ambos nos dedicamos a buscar mujeres con manos de muñeca china en internet.
Escudriñando por ahí me encontré con ésta, ideal para un fauno como mi amigo:
O ésta:
O ésta otra:
Mi amigo, a quien voy a llamar X, tiene sangre de perro en las venas. Ésa es la razón por la cual nos entendemos tan bien. El día en que lo conocí, la más rijosa de mis nueve hermanas había comenzado a trabajar como secretaria en una bodega de café y cacao, y X intentaba avasallarla. Pero no voy a entrar en detalles sicalípticos. El hecho es que mi fracaso literario no ha sido menos hilarante para mi amigo que su búsqueda de sexo con niñas, ya que al final, me dice, lo único que nos queda es el buen humor y un poco de talento para saber contar con finura nuestros peores fiascos.
En consecuencia, mis queridos y sufrientes lectores, hoy comienza una nueva temporada de insultos en la web. Espero que el tufo político que por estos días despiden las bocas de los candidatos a la presidencia no desaliñe mi escritura. El porno corre por cuenta de la casa.
Aram.
miércoles, 14 de abril de 2010
el suicidio de los amantes
La mierda se circunscribe alrededor de la vida de los poetas. Eso fue lo que le pasó a Carlos Framb, por ejemplo. Su país lo acusó de homicida por el hecho de abreviar el sufrimiento de su madre, y como él mismo intentó quitarse la vida, el Estado lo condenó, y lo trató como a un delincuente enfermo al que es necesario sancionar y corregir dentro de un patio penitenciario. Entonces arreció una tormenta de mierda sobre el bardo. Por eso, si uno se intenta matar y calienta el agua de la bañera para desangrarse sin dolor, o si deglutimos hasta el fondo un coctel de veneno para ratas, o si nos practicamos una mala hipoxifilia en la habitación de un burdel, entonces, en el desafortunado caso de no morir, viviremos para convertimos en criminales.
Pero el suicidio siempre es una opción, como lo ilustran los siguientes casos:
Este es Stefan Zweig y la mujer que se encuentra a su lado es Charlotte Altman, su esposa y antigua secretaria. Ambos murieron en la misma fecha y en igual condición. Un día antes de que sus cuerpos fueran descubiertos, los Zweig se dirigieron a la oficina de correos de Petrópolis, en Brasil, y enviaron varias cartas de despedida para sus amigos. Luego volvieron a su casa y se encerraron en su cuarto, del que salieron al día siguiente envueltos en un par de mortajas blancas. Junto a la pareja fue descubierto un frasco vacío de barbitúricos y una carta en donde el maestro explicaba lo ocurrido.
Estos son André y Dorine Gorz. Sus cuerpos fueron hallados el lunes 24 de septiembre de 2007 en su casa de Vosnon, en Francia. Dorine sufría de una enfermedad degenerativa que obligó a André a dejar su trabajo en el Nouvel Observateur de París para ocuparse por completo en sus cuidados. Un año atrás fue publicado Carta a D. Historia de un amor, en donde el filósofo detallaba algunos episodios de su vida conyugal y reiteraba el amor que lo unía a su esposa, con quien vivió a lo largo de 58 años. En la puerta de los Gorz se encontró una nota en donde se solicitaba la presencia de los gendarmes para efectuar el levantamiento de los cadáveres.
Este es Arthur Coestler junto a su esposa, Cynthia Jefferies. Ambos murieron en el salón principal del piso superior de su casa. Tres días después de su muerte, su empleada doméstica encontró una hoja de papel en la que Arthur había escrito: Por favor, no vayas al piso de arriba. Telefonea a la policía y diles que vengan a casa. El cuerpo del escritor se encontraba arrellanado en su sillón, con una copa de coñac en la mano, mientras que el de Cynthia reposaba sobre un sofá gris, junto a una botella de whisky. Arthur sufría del mal de Parkinson y de una variedad de leucemia que lo estaba matando lentamente. Ese mismo día, un veterinario amigo le dio muerte a su perro, quien acompañó a la pareja por más de una década.
Este es Carlos Framb, y la mujer que está a la izquierda de la fotografía es su madre, Luzmila Alzate. El sábado 20 de octubre de 2007 fueron encontrados en su apartamento del barrio El Estadio, en Medellín, tras haber ingerido una dosis letal de morfina mezclada con yogurt. La madre del poeta contaba con 82 años y sufría de dolores continuos por artrosis deformante, cefalalgia y ceguera por degeneración de la retina. Dos días después, Carlos despertó en una habitación del Hospital San Vicente de Paul y su madre fue enterrada en un cementerio ubicado a unas cuantas calles de allí. Al haber sobrevivido en su intento de suicidio, el autor de Antínoo fue demandado por el delito de homicidio agravado y siete días más tarde fue trasladado en una camioneta policial a un calabozo de la fiscalía.
El libro en el que Carlos Framb narra sus peripecias contra el sistema penal colombiano salió a la luz en Mayo del 2009. No fue un éxito editorial, pero se vendió bien. Un año atrás, el poeta tuvo que echar sobre la mesa todas sus cartas para lograr quedar exento del delito que se le inculpaba. El abogado demandante acusó al detenido con el argumento de que éste habría inducido a su madre al suicidio. Carlos Framb reiteró a lo largo del juicio que la decisión de quitarse la vida había sido tomada en un mutuo acuerdo entre ella y él, y para justificarse esgrimió tres explicaciones: en el caso de la señora Luzmila Alzate, afirmó que ésta se encontraba gravemente enferma (como lo reiteró en audiencia pública su médico de cabecera). También arguyó que su madre padecía de una profunda depresión con rasgos de bradipsiquia y que los dolores físicos que sufría en sus músculos y huesos se habían tornado, al final de su vida, completamente insoportables.
En Colombia, este acto se llama homicidio por piedad y su condena oscila entre los seis meses y los tres años de cárcel. Carlos Framb pagó 150 días encerrado en una celda de la Cárcel de Yarumal tratando de demostrar su inocencia. Tras un juicio reñido, en el que se apeló a todo tipo de tácticas y pericias judiciales, Framb fue puesto en libertad condicional durante dos años. Y hace exactamente dos semanas se cumplió el término de su condena.
Ahora, antes de continuar, les voy a contar otra historia.
En el año 1971, Dalton Trumbo rodó junto a Luís Buñuel la versión cinematográfica de su novela más famosa: Johnny cogió su fusil. En ella se cuenta la historia de un cadete que es enviado al frente militar, en donde pierde parte de su quijada, sus dos brazos y sus piernas. Con el tiempo, el soldado se convierte en un desecho humano al que se mantiene con vida por medio de un tubo de plástico introducido en la tráquea. Johnny quiere morir, pero ni las enfermeras que le limpian a diario las secreciones de mierda ni los doctores que estudian los reflejos de su cuerpo hacen algo para ayudarlo. Finalmente, cuando una de las practicantes lo asiste e intenta asfixiarlo con el cabezal de su cama, ésta es descubierta y detenida por su superior.
Ahí se acaba la película y surgen las preguntas.
¿Tienen derecho a morir dignamente los desgraciados y los enfermos? ¿Tiene el ciudadano de a pié la opción de decidir el momento en que desea convertirse en comida para los gusanos? Séneca escribió alguna vez que era preferible quitarse la vida, a arrastrar con una existencia sin sentido y con sufrimiento. Yo pienso lo mismo, pero además creo que la vida no vale nada por sí misma, sino en función de una idea que nos devore y nos sobreviva.
Yo leí el libro de Framb, y lo encontré sereno y lúcido, como si la mano que lo hubiera escrito fuera la de alguien que ha renacido después de caminar sobre el teflón de una pesadilla herética.
Su libro, por ejemplo, fue una buena razón para seguir viviendo.
jueves, 11 de febrero de 2010
La paja rusa entre Vargas Llosa y Margaret Thatcher

Literatura y política. Arte y política. Incluso sexo. Sexo de pancarta. Todo tiene un rasgo político, pero esa es una perogrullada, una necedad. Eso lo sabemos todos los que tuvimos la desgracia de pasar por una universidad pública como la de Antioquia, o por cualquier otra universidad pusilánime como la de Antioquia. Una vez un amigo me preguntó por qué razón odiaba tanto a mi universidad. La odio, le dije, porque la amo, principalmente, y cuando se ama algo también se le odia con esmero y furor. Quien no conoce el valor de lo detestable tampoco sabe lo que es la pasión y el enamoramiento, y quien conoce ambas cosas, a la larga, se convierte en sabio. Por eso Mario Vargas Llosa, que es un hombre lúcido, no es sabio, porque si lo fuera sabría que toda su vida, desde la primera edad de su madurez política, es una idiotez insalvable. Vargas Llosa ama demasiado a su país, y eso lo llevó a cometer errores inaceptables para un escritor, como el de lanzarse por el Frente Democrático a las carnavalescas elecciones presidenciales del Perú en 1990. ¿Quién le ganó al autor de La orgia perpetua? Le ganó su oponente más cruel: Alberto Fujimori, el genocida, el mismo que será liberado cuando su hija detestable se convierta en la nueva presidenta del país. Alberto Fujimori llegó al poder con una política guerrerista, como Uribe. Alargó su mandato a guisa del bienestar del vulgo imbécil, como Uribe. Persiguió a los guerrilleros del Sendero Luminoso sin escatimar en muertes y desapariciones y sindicaciones falsas, como Uribe. Y, sin embargo, a Vargas Llosa le parece que Uribe es un gran presidente, y está claro que la nueva reelección de Sardanápalo cuenta con su guiño, aun cuando muchos no se dan cuenta de eso, incluyendo a su aprendiz más diligente, Héctor Abad Faciolince, que lo entrevistó en el Teatro Adolfo Mejía en Cartagena hace un par de semanas. Sin embargo, Faciolince no es tonto; el problema es que admira demasiado a Vargas Llosa, y eso hace que a pesar de que su venerado cara de perro sea un ultraderechista que apoya la candidatura de Piñero en Chile, cuyos principales valores éticos están en contra del matrimonio entre homosexuales, el aborto y la eutanasia, él lo siga idealizando como un alumno que teme superar a su maestro. Vargas Llosa piensa que el fin justifica los medios y que el fin último de todo gobierno es la democracia, pero la democracia es basura. La democracia, dice un amigo mío, ha dejado más muertos en este país que la peor de las dictaduras latinoamericanas. La igualdad no existe. Las jerarquías son necesarias. Colombia no va bien, como afirma cara de perro. La institucionalidad colombiana no es intachable, como él cree, ni tenemos libertad de prensa ni nuestra justicia ha funcionado para castigar a los asesinos y los políticos corruptos. Eso sólo lo puede decir un tipo al que le parece que los mejores candidatos para las elecciones presidenciales de este año en Colombia son Juan Manuel Santos, Andrés Felipe Arias y Noemí Sanín, en caso de que Sardanápalo decida no lanzarse al ruedo. Pero ¿puede una idea política demeritar la obra de un escritor? ¿Qué pasaría si leyera a Miguel Serrano o a Vargas Llosa en una oficina de la JUCO? ¿A Borges le negaron el novel por compadrar con Pinochet? Todos los escritores tienen vicios políticos. Después de todo, también son humanos. Pero cuando un escritor se convierte en un líder de opinión (concepto que es, además, tan repugnante como el de pescador de hombres) no se puede arriesgar a parecer un papanatas frente a sus lectores. Eso le pasó a Vargas Llosa. También le pasó a García Márquez y le sigue pasando, aunque no quepa la comparación y me remuerda la consciencia pronunciar su nombre, al peor escritor de nuestras antípodas: Jorge Franco, cuyas novelas en otro país sólo serían famosas si las hubiera escrito un retrasado mental.
Yo creo que si Vargas Llosa se encontrara cara a cara con Plinio Apuleyo Mendoza, moriría. Varguitas, como le llamaba su tía Julia cuando lo desvirgó en una pieza alquilada de Lima, moriría al ver los ojos lagañosos del viudo de Marvel Moreno. Eso, para los judíos, solo puede suceder por dos razones: cuando un hombre se atreve a observar la cara de Dios, por un lado, o cuando un hombre se encuentra con su doble, o sea: consigo mismo, en otra parte del globo. Lo claro es que ni Vargas Llosa ni Plinio Apuleyo son Dios, y si alguno de los dos lo fuera todo este mundo sería una broma ridícula. Ambos son idiotas, eso sí. Ambos tienen cara de perro, eso también, y en esa medida alguno de los dos morirá el día en que los una el destino.
miércoles, 10 de febrero de 2010
La carretera es infinita.
No existe una meta,
ni un punto final o de llegada.
Toda la vida es
una sola preparación.
La cumbre es al camino.
El amor y las historias son el camino.
La buena comida es el camino.
La virtud es el camino,
y la maldad.
El camino nunca acaba.
Se extiende en la medida
con que avanzamos.
La libertad consiste
en continuar por el camino
y no detenerse nunca.
viernes, 25 de diciembre de 2009
el negocio que nos hundirá en la miseria

Cuando tenía nueve años mi padre entró en mi cuarto y dijo: «la humanidad da asco».
-¿Qué cosa? –pregunté yo.
-Que todos los hombres dan asco, incluyendo a tu madre, a tus hermanos y a ti y a mí.
Ese día, mientras veía la televisión, mi padre se había enterado de que el general Harold Bedoya se lanzaría como candidato presidencial para las segundas elecciones de la década de los 90. Cuando vio la noticia, lo único que pudo hacer Takoohi fue buscar a la única persona que se encontraba con él en la casa y decirle: «la humanidad da asco. Moriré tranquilo si aprendes para siempre esa lección. Todos los hombres dan asco, incluyendo a tu madre, a tus hermanos y a ti y a mí».
Quince años después, cuando murió mi padre, mis hermanos y yo decidimos utilizar aquella frase para grabarla en su lápida:
AQUÍ LLACE TAKOOHI GAROGLANIÁN,
CUYAS ÚLTIMAS PALABRAS FUERON:
«LA HUMANIDAD DA ASCO»
1957 – 2009
En realidad, lo último que dijo mi padre fue que tenía mucha sed, pero entonces no podíamos darle ni un sólo vaso con agua. Hablo en plural porque todos los Garoglanián estábamos presentes en aquel momento. Los líquidos de la vejiga del buen Takoohi le habían hinchado tanto el estómago que parecía que en cualquier momento fuera a estallar y a lavar la habitación entera. Como nadie le llevó nada de tomar, mi padre comenzó a salirse de control y a lanzarnos injurias, hasta que finalmente, con su gancho izquierdo, me dio una trompada que me sacó sangre por la nariz.
Hoy día tengo una nariz de boxeador apaleado. Además, creo saber lo suficiente de la vida para reafirmar que la humanidad, efectivamente, da asco, incluyéndome a mí y a mis hermanos, y para comprobároslo os voy a contar otra historia.
Nadie sabe con exactitud cuan infames pueden ser los hombres. Imaginaos un país mucho más corrupto y vandálico que Colombia, con más paramilitares y menor presencia del Estado. ¿Menuda exageración? Pues según la última carta que recibí de Jessy, Xavier y Camile Garoglanián, no. Existen esos sitios, aunque parezcan salidos del hoyo más oscuro de occidente. Si os dijera que empresas como Nokia, Ericcson, Sony, Bayer, Intel, Motorola, HP, Hitachi e IBM son responsables del peor genocidio conocido hasta hoy en el mundo entero desde las masacres de Ruanda en el 94 ¿qué os parecería?
Creedme, la humanidad da asco.
La historia que os voy a contar comienza, por tanto, en un país detestable que no es el nuestro. En ese sitio existen hombres ricos con mentalidad de pobres y pobres con mentalidad de miserables, como aquí. Un día los paramilitares de ese país descubrieron que podían financiar el terrorismo y la guerra por medio de un mineral, así que empezaron a comprar grandes cantidades de cascajo por un precio de hambre para revenderlo mucho más caro en el mercado internacional. Quienes trabajaban en los yacimientos del mineral eran niños y hombres de mediana estatura. En lo que respecta a las mujeres, su único oficio consistía en permitir ser violadas y mutiladas por la milicia paraestatal.
¿Alguna vez habéis comido gorila o elefante? Os voy a compartir un dato interesante. En 1856, tras su viaje por el oriente, Gustave Flaubert recibió del chef de los Reyes de Prusia una receta para cocinar las patas de un gorila a la moscovita. Hay que comprar las patas peladas. Lavarlas, salarlas y dejarlas en adobo durante tres días. Cocer en una cacerola con tocino y verdura durante siete u ocho horas; escurrirlas, secarlas, espolvorearlas con pimienta y engrasarlas con manteca derretida. Rebosarlas luego con miga de pan y ponerlas durante una hora a la parrilla. Servirla con salsa picante y dos cucharadas de jalea de grosella.
-Lo mismo se podría hacer con las piernas de un hombre –dijo mi primo Rabo en cuanto le enseñé la receta.
Yo estoy seguro de que sí, aunque ninguno de los dos tendría las agallas para servirse una rebanada de anca.
Pero aun no he terminado con mi historia. Imaginaos que en aquel país detestable las cosas se pusieron tan mal que las personas comenzaron a cazar gorilas y elefantes para alimentarse. Os lo digo en serio. Con rifles ingleses y escopetas de origen americano derribaban cualquier blanco a la redonda. Un sólo elefante previamente abaleado, descuartizado y pelado hasta los huesos podía alimentar a 65 familias en una semana, lo cual constituía un lapso relativamente largo en un lugar en donde la vida cuesta tan poco o se entrega a cambio de nada.
Ahora, también debéis saber que el mineral que se extraía del subsuelo de aquel país se llama coltan y que tanto las empresas multinacionales como los gobiernos adscritos a la mesa de la ONU lo necesitan para crear, por un lado, los artefactos de comunicación que se venden por todo el mundo y, por el otro, cohetes espaciales mucho más poderosos y misiles inteligentes. ¿Ya vais ordenando las fichas? Nuestra época también está cargada de paradojas infames. ¿A que no sabéis, por ejemplo, quien compra los celulares y las computadoras que se crean con el mismo coltan que las multinacionales compran de forma ilegal a paramilitares sanguinarios? Os lo dejo de ese tamaño para que lo penséis con calma, pero arrimaré una pista: es el único animal que copula de frente y no sólo por detrás.
El final del cuento consiste en lo siguiente: después de extraer todo el coltan y no dejar ni un solo niño vivo ni una mujer virgen e intacta, las empresas descubren que existen pequeños yacimientos en Venezuela, Brasil y Colombia. ¿Alguno de ustedes se ha preguntado por qué el general Hugo Chávez militarizó sus fronteras con nuestro país? Saquen sus propias conclusiones; de todos modos el mundo se va a acabar este 31de diciembre a las doce de la noche.
Fin.


