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domingo, 28 de agosto de 2011

a propósito de los falos y las vaginas y otras desavenencias



Reflexionar sobre el sexo y los falos y las vaginas es algo que muy pocas personas hacen. Los que se dedican a reflexionar sobre el sexo, por lo general, son señores y señoritas que casi nunca lo han practicado como quisieran. Lo mismo quienes escriben filosofía de la vida: ellos escriben sobre lo que no tienen. Escribir sobre el amor es padecer su ausencia. Escribir sobre la libertad es no tenerla. Los que escriben sobre penes y vaginas lo hacen porque la vida les negó la oportunidad de utilizar sus aparatos sexuales, de otra manera no estarían escribiendo, sino follando.

Por otro lado, nuestras partes íntimas muy pocas veces nos invitan a la reflexión, sino a todo lo contrario, y esto es también lo más bonito del mundo: la naturaleza salvaje. Lo dice alguien que cada día escribe menos y vive más, y al que por tanto ya no le queda otro pretexto para garrapatear palabras que intentar ganarse algunos pesos para su sustento. De lo contrario no afirmaría lo siguiente: reflexionar sobre el sexo es igual a perder el tiempo. Tener sexo es ganarle algunos segundos a la vida. Tener sexo y sentir amor por la persona que nos acompaña, sea hombre o mujer, es alcanzar lo más escurridizo que existe: la felicidad.

Tres premisas para vivir.

Ahora sigamos perdiendo el tiempo.

Digamos que queremos comenzar una nueva vida en la que el sexo sea algo tan puro como sentarse bajo la lluvia en un parque descampado, o en donde el hecho de aceptar una propuesta de amor sea lo mismo que entregarse a un placer inocente. ¿Qué hacemos? Por lo general, nada. La madurez nos llama a levantar algunas defensas contra los peligros, y una cosa es cierta: el sexo es peligroso, el amor es peligroso, la vida es un peligro. Por eso debemos actuar con cautela y hacer un llamado a la razón cada vez que nos damos cuenta de que un simple coqueteo, por obra y gracia de la inercia sexual, está por convertirse en una cópula. Uno se tiene que proteger contra los riesgos físicos y emocionales, y es entonces cuando los adultos se comienzan a convertir en unos pobres cabrones.

La madurez sexual es eso: convertirse en un cabrón, y ser adulto significa convertirse en un cobarde.

No obstante, a lo largo de la historia los cabrones siempre fueron vistos como los chivos diabólicos que se tiraban a las damiselas en el bosque. No es así en nuestra época. Ser un cabrón significa pensar que se puede ver por encima de los propios instintos, e ignorarlos. Ser un cabrón también puede ser el hecho de estar seguro de quiénes somos, cuando solo nos conocemos en las circunstancias que nos han rodeado siempre. La verdad es que no hay nada más complejo que lo que somos, y una cosa es ver por encima de los instintos y otra muy distinta es ignorarlos y hacerlos a un lado de nuestro camino y creer que de esta manera nos estamos convirtiendo en nuestros propios dueños.

Falso.

Nadie es dueño de lo que siente, ni siquiera de lo que piensa. Nos gusta creer que sí, pero eso es imposible. Lo único de lo que somos dueños es de nuestra muerte, y la mala fortuna de haber nacido mortales nos hace temerla y desear la eternidad. La noticia de última hora es que la muerte es más una amiga que un verdugo implacable, y su presencia está implícita en el acto amoroso, en el orgasmo, así como en el concepto de la eternidad. Tener sexo es morir un poco, y es acercarse un poco a la eternidad. El sexo es la muerte. La vida es lo que sigue después del sexo. La eternidad es un instante irrecuperable. El orgasmo es tal vez el único momento de infinitud al que los hombres podemos aspirar.

Tal vez el sexo de los animales sea el acto más sabio de la naturaleza. Los animales buscan sobrevivir, y cuando llegan a la edad en que se puede follar se limitan a actuar con inocencia. Los hombres no somos así. Nosotros somos más complicados: vivimos un sueño en el que la razón tiene la soberanía suprema sobre cualquier otra virtud, y al sexo lo hemos reducido hasta la escala más baja: algo que estamos obligados a hacer para poder llevar una vida plena. Eso nos lo enseñó Freud. El sexo por el sexo es un arte de degenerados, y nadie quiere que lo vean como un degenerado ni como un esclavo del deseo. Hoy día pasa con el sexo lo mismo que ocurre con la lectura. Cada vez se piensa más y más en el producto de lo que hacemos, y no en el hecho de hacer las cosas por hacerlas. El sentimiento de la obligación es lo que caracteriza a casi todas las dinámicas humanas en las que se puede hallar algún placer. Buscamos a las personas sólo para no volvernos locos, y no para reconciliarnos con el mundo. Leemos porque nos dicen que leer es un buen hábito, y entre más títulos se haya leído más culto se es, ¿no? Ya ni siquiera se come por el placer de comer, sino para darle al cuerpo más vitaminas de las que necesita en cantidades graciosamente medidas, y eso lo hacemos porque creemos que así es como se debe vivir.

A mí me gusta casi todo lo que me como, y ese gusto refinado lo he formado a lo largo de muchas temporadas de hambre. Llevarse un alimento a la boca es suficiente razón para saltar de alegría. Tener sexo con alguien que realmente nos guste es para morirse de la felicidad. Transgredir la vida significa vivir lo que queremos vivir por el placer de hacerlo, sin importar lo que los demás piensen. Tener sexo por el placer de tenerlo. Leer por el placer de leer. Todo es cuestión de formarse un código de comportamiento personal, no para toda nuestra vida, sino para cada una de las facetas que debemos desarrollar dentro de ella. En el trabajo hay que ser un excelente profesional. En las cantinas, un guarro incorregible. En la cama, un animal inteligente. Lo peor que nos puede pasar es que con el tiempo desarrollemos una leve esquizofrenia, pero la esquizofrenia no es más que una alteración de nosotros mismos para descubrir lo que también somos, y en esa medida no hay que tener más miedo de ella que el que sentimos por la cara que vemos cada mañana en el espejo.

Uno puede descubrir que es un asesino en potencia, o que puede amar infinitamente. En eso debería consistir el arte de vivir, de hecho: en saber que podemos ser muchas cosas, que podemos elegir sobre lo que hacemos, que podemos prescindir de casi todo lo que tenemos y luego escoger lo que más nos gusta. Lo irónico es que líneas arriba escribí que los seres humanos no somos dueños de nada, salvo de nuestra muerte. Bueno, también podríamos llegar a ser dueños de nuestro destino, si nos lo propusiéramos. Lo que pasa es que es más fácil no ser el dueño de una carga tan pesada, porque así podemos culpar a otros de nuestra idiotez y llorar cada vez que nos sentimos como hormigas perdidas en el desierto.

El sexo es una de aquellas cosas que se suelen tomar como factores de riesgo moral y físico. De hecho, eso pasa con todos los placeres: nos sacan del camino, nos distraen de las metas más altas. Pero ¿cuál es el camino y cuáles son las metas más altas? Nada de lo que hagamos podrá cambiar el mundo, si es que eso es lo que queremos. Una vez pensé que si lograba escribir una novela maravillosa podría cambiar el futuro de mi país, pero mi país me relegó a vivir en pocilgas por más de cinco años y a morir de pena y autocompasión. Entonces descubrí que las palabras no sirven para nada más que para entretener a las mentes que se creen listas, y el escritor no puede hacer otra cosa que tratar de sacar una ganancia de ello.

La sexualidad hace parte del camino tanto como cualquier otra cosa. Quien busca la vida, inevitablemente se topa con el sexo. Eso es tan natural como entrar en el bosque y encontrarse con un árbol o con una alimaña. Quienes se niegan a entrar en la espesura de la manigua por lo general son personas que se esconden detrás de sus oficios o de su solemnidad o de su ética para no correr ningún riesgo. Son necios, y deberían ser crucificados. Buscan la respuesta a su vida en la religión o en el cine o en los libros que escribieron los sabios, cuando el único sentido de la vida está afuera, en la calle, y no ven que los libros son sólo una ayuda, porque ninguna edición del Tao ni de la Biblia nos puede enseñar a amar sin correr el riesgo de sentir dolor, o a practicar el coito como maestros, o a silbar una tonada mientras caminamos de regreso a casa. Todo lo que es fundamental en la vida se aprende en el acto, y nunca por medio de la palabra escrita. Aprender a silbar es fundamental, ligar es fundamental. Me atrevería a decir que quien no sabe silbar con despreocupación es porque tampoco sabe ligar, ya que estas dos características van indisolublemente adheridas a la vida de los hombres sencillos y felices. Todo el mundo sabe que tupirle a miriñaque es una de aquellas cosas que podemos hacer muy bien, así que, ¿por qué no hacerlo cuantas veces se pueda? En la práctica está la verdadera destreza del artista, y para vivir hay que aprender a ser un artista del trapecio, alguien que es capaz de guardar el equilibrio en cualquier circunstancia, por más duras y abrumadoras que nos parezcan.

Por supuesto, el coito no es duro ni abrumador. Lo duro y abrumador realmente consiste en la tarea de llevarse a alguien a la cama. Esa es la principal fuente de odio e insatisfacción que existe en el mundo. En el fondo, todos los problemas económicos y políticos y sociales que han tenido lugar en los cinco continentes del globo se deben a hombres que nunca tiraron como hubieran querido, y que nunca fueron amados por nadie porque eran asquerosos y estúpidos. Pienso en Mancuso o en don Berna, o en Pinochet. Hombres hambrientos de sexo y poder que se negaron a aceptar su condición de perdedores, y que luego se convirtieron al evangelio de la infamia para adquirir respeto; ellos fueron los que ocasionaron la Segunda Guerra Mundial, la invasión a Iraq y Afganistán, las múltiples masacres que han ocurrido en los países atrasados.

La gloria no sería un premio apetecible si no prometiera la gracia del sexo fácil. Eso lo saben muy bien los políticos y militares, y algunos deportistas famosos. También lo intuyen otras personas, como los integrantes de los grupos al margen de la ley que habitan en las universidades públicas. La mayoría de los estudiantes que alimentan estos grupos son imberbes que nunca han tenido novia ni han follado como debieran, y buscan su propia gloria, aunque sus ideales estén más orientados al sacrificio y la redención social que a la riqueza material. Defienden ideas fácilmente rebatibles, se esmeran por alcanzar una fantasía utópica, pero son incapaces de crecer más allá de lo que les permite el peso de su propia ideología. En esa medida, una cosa se hace clara: no importa si lo que guía a los hombres son sus ideales o las ganas de hacerse repugnantemente ricos e importantes, la ambición siempre será obtener aquello de lo que se ha carecido, y en este caso ya sabemos lo que es.

Todo el mundo quiere ligar.

Ahora ya no sé que más podría decir acerca de los falos y las vaginas. Veo que ni siquiera estoy utilizando las citas y los argumentos que caracterizan a un verdadero ensayista. El ensayista es alguien que busca convencer a sus lectores de lo que dice, y para eso utiliza locuciones y referencias a obras maestras que le dan autoridad, pero yo no pretendo convencer a nadie de nada. Cuanto más, quisiera continuar escribiendo palabras sólo por el hecho de hacerlo, y decir algunas cosas que me parecen importantes. Por ejemplo: es bueno coger con la barriga llena. Aunque no haya amor de por medio, eso también se parece a la felicidad.

Otra cosa que habría que saber acerca del sexo es que no siempre es una experiencia gratificante. Inicialmente, pertenecemos a una generación en donde el coito no es un tema vedado, sino que es algo que cualquier persona conoce porque lo ha visto o porque le han contado o porque lo ha hecho. Se nos enseña que debemos ser responsables con nuestra sexualidad, pero a la vez se nos bombardea con miedo y vejación, y muchas veces la primera relación sexual resulta ser una decepción muy lejana a la fantasía erótica que imaginamos porque carece de espontaneidad y amor, pero sobre todo porque la precede el miedo.

No hay nada que se asimile tan fácilmente como el miedo. Nuestros padres lo aprendieron muy bien, y nos lo transmitieron como una baba en la sangre. El miedo es lo que hace que la mayoría de las personas se pierdan en sus propias vidas y se conformen con ser lo que les piden que sean. Todo el sistema está hecho para decirte lo que deberías ser, y mientras más se cree en una aparente independencia, más hundido se está en el autoengaño y el desatino. Nadie puede saber lo que realmente quiere hacer con su vida si no otea todas sus opciones, y por lo general siempre hay opciones, sólo que a nosotros nos enseñaron que para triunfar no quedan más que algunas pocas: hacerse profesional, trabajar y amasar fortuna, ascender de clase. Ésa es la regla con que miden nuestras capacidades, y aquellos que no alcanzan el nivel de las expectativas con que nos postulan para alcanzar el mañana (un mañana que se disuelve en un presente de constante esfuerzo y trabajo) son llamados fracasados, y aquellos otros que no se adaptan y quieren escapar de ése parámetro simplemente no lo hacen porque les aterra lo desconocido; es decir, la senda del perdedor. Se quedan chapoteando y retorciéndose y moviendo las bronqueas como peces fuera del agua. Follan mal, porque nadie que viva en la mentira puede follar bien, y mueren rodeados de hijos que repetirán su condición de cobardes.

La honestidad es un requisito ineludible para tener buen sexo. Los que son honestos mueren con una sonrisa en la cara, y tiran hasta el último día de sus vidas. Sé que mis palabras parecen las sentencias de alguien que conoce al dedillo todo lo que dice, pero eso sólo es así porque son las palabras de un escritor. Lo mismo valdría si alguien se me acercara en la calle para refutar lo que digo. No me importa. Sólo yo creo en lo que digo: bailo solo, rio solo, canto solo y con eso me basta para continuar deslizando frases en esta línea textual que no me lleva a ningún lado, pero que le brinda consuelo y sentido a mis días.

Recordaos: semen retentum venenum est

martes, 18 de mayo de 2010

el indulto de un violador



La belleza candorosa de una impúber es la némesis de Roman Polanski. La sinécdoque de un anfiteatro poblado por sátiros incautos e impulsivos es un plano completo de Roman Polanski. La celda más apetecida por todos los presidiarios del mundo es el chalet suizo de Roman Polanski. La simiente que le extrajeron de la vagina a Samantha Geimer en 1977 provenía, definitivamente, del escroto de Roman Polanski.

Todos los hombres tenemos a un pequeño Polanski en el centro de los cojones, y en el caso de que el lector inhábil no sepa de lo que le estoy hablando, haré una reconstrucción de los hechos para la fortuna del pobre mequetrefe.

La hazaña tuvo lugar en la residencia del actor Jack Nicholson, en donde el director de cine franco-polaco accedió carnalmente a la joven Samantha Geimer, de 13 años de edad. El cineasta conoció a Geimer en una fiesta informal, en donde ésta respondió a las insinuaciones del acusado de forma “ambigua” y le acompañó en un viaje por carretera hasta una mansión ubicada en la Mulholland Drive de Los Ángeles. En la escena del estupro se encontraron varias botellas vacías de licor y una cámara fotográfica. Los padres de la víctima entablaron una demanda contra el director, quien fue recluido durante 42 días en una prisión estatal con el fin de que le fueran practicados los exámenes psiquiátricos correspondientes. Tras ser puesto en libertad condicional, Polanski huyó hacia Europa y se refugió en Francia. Algunos años después, Samantha Geimer retiró su demanda. Sin embargo, la justicia estadounidense consideró que la afectada no estaba en la habilidad de dictar el curso de un caso criminal, ni de examinar las pruebas que se presentaron en la acusación. Por este motivo, Polanski fue detenido hace siete meses en el aeropuerto de Zúrich, en Suiza, cuando se disponía a recibir un premio en homenaje por el conjunto de su obra, y ahora espera su extradición hacia una prisión del estado de California.

Resta decir que este correo pondrá en guardia a todo el gremio feminista de la capital departamental más mafiosa de noroccidente colombiano. Su iconoclastia fálica casi siempre las pone en contra de cualquier numen de burro garañón, como la que me inspira a mí para escribir.

Pero aun así, mis señoras, voy a fungir como abogado del diablo, para que me puedan insultar.

El primer argumento en defensa del viudo de la sabrosísima Sharon Tate (la hipérbole es para escaldar los ánimos) es que ninguna ley moral puede detener a un artista cuando ante sus ojos encuentra un objeto digno de su interés, porque el sentido de su vida está basado en la búsqueda de la belleza, y sólo un idiota tendría por prioridad su civismo puro ante la posibilidad de la hermosura. El segundo argumento consiste en que el artista no sólo posee la capacidad de crear la belleza, sino de contemplarla, y en el caso de una doncella en la cumbre de su esplendor, de convencerla para tupirle al miriñaque sin tener que llegar al acto sucio de la violación. El tercer argumento es el siguiente: no todas las niñas de 13 años son beatas respetables. Lo digo yo, que me he enterado de los casos más escandalosos de precocidad infantil que han tenido lugar en mi pueblo mugriento.

Por otro lado, ya que soy de la de Antioquia, y es ésta una de las pocas universidades públicas con la anuencia del Ministerio de Educación para formar guiñapos del new journalism oficial, podríamos practicar un ejercicio de equilibrio periodístico.

Todo sea por la imparcialidad.

Gracias a la imaginación y a la mano de la literatura, estableceremos un punto de comparación que nos ayudará a cubrirnos con el manto de la esquiva objetividad.

Esta es la situación: un niño de trece años es llevado en auto hasta una mansión opulenta. Su protectora es una actriz francesa de apellido Binoche. En la residencia, su anfitriona le propone entrar con ella en el jacuzzi. Se desnudan, se besan y protagonizan una escena de nanofilia procaz. ¿Qué cosa podría hacer un zagal además de sentirse agradecido si Juliette Binoche lo hubiera violado en los inicios de su pubertad? ¿Y si hubiera sido Wendy Guerra? ¿O si en lugar de una diva de nuestra época hubiera sido, gracias al milagro de la criogenia, Catherine Deneuve o la incontinente Lulú de la Caja de Pandora?

No nos vayamos a los extremos: sexo con menores de edad no siempre significa que hubo una violación. La senadora Gilma Jimenez dice que sí, pero es porque ella nunca folló antes de los 35.

¡Baise moi!

miércoles, 12 de mayo de 2010

sangre de perro

Desperté con la verga erecta y bruñida por las secreciones nocturnas de esmegma. Desde hace cuatro meses mi lubricidad de filósofo cachondo es lo único que no ha trastocado la marihuana. 20 % de filósofo y 80 % de cachondo, para ser preciso. Decidí dejar la universidad por tercera vez para escribir una novela, pero la vida es extraña, y en el ínterin que queda entre mi decisión de abandonar el estudio académico y el momento de su inevitable continuación no he podido hacer otra cosa más que mantener la calma. Mientras tanto, leo todo lo que puedo. En otro tiempo llevé una lista de escritores suicidas en mi cartera. Cuando me entusiasmo con un libro (caso, por ejemplo, de El pudor del pornógrafo, de Alan Pauls) nunca he podido evitar escarbar en los recovecos más oscuros de la vida de su autor. La razón: el morbo, pero también la necesidad de comparar la vidorria de un bastardo anónimo como yo con la vida de un bastardo que se hiso famoso gracias a su obra. Caso en particular: Kafka, el más claro de todos. Pero también Hemingway y Bolaño. Entonces la tarea es leer los libros que ellos leyeron y practicar los vicios que los mataron. Adoptar los horarios en que se sentaban a trabajar, masturbarse con la misma asiduidad de su eminentísima lujuria y hasta dejar de lado cualquier tipo de labor que nos pueda significar un buen fajo de billetes para ganar lo mismo que ellos alcanzaron, que no es mucho. A lo más, una mujer. Y una que los quiere por lo que hacen (o lo que son capaces de hacer) y no por lo que son. Eso explica por qué un retaco como Salman Rushdie consiguió a sus cinco esposas negras. O cómo una fémina de 17 años accedió a recibir entre sus piernas el miembro octogenario de Bukowski. O la razón por la cual todas las hijas de la generación del expresionismo abstracto satisficieron a Pollock mejor que a un dictador poderoso. Pero ésta no es la conclusión de una línea de razonamiento vulgar, sino ínfimamente realista. El arte santifica a su autor con el sexo. Ipso facto.

Claro que el hecho de morir y dejar obra no es indispensable para hacerse santo, y si lo es entonces nuestra canonización no pasa de ser una distinción inútil. Si algo elimina la muerte es la carne, y la carne es lo que más nos interesa en este blog. Mejor es buscar la gloria por obra y gracia de la Divina Providencia, y eso sólo se consigue manteniendo una buena relación con Dios y con el diablo, que son lo mismo. Eso lo aprendí hace una semana, cuando encontré El conde demediado de Ítalo Calvino en uno de los anaqueles sucios de la única biblioteca a la que tengo acceso y lo devoré en una mañana. Ese mismo día me crucé con un amigo, con el que entablamos una conversación acerca del tipo de mujer que haría menos miserable la vida de un artista. Yo le dije que, fuera cual fuera, debía ser menor de 15 años. Él me respondió que esa era una ventaja, pero que estaba lejos de convertirse en prioridad. Entonces le dije que debía ser una dama cuando esté vestida y una meretriz cuando está empelota, pero él me alegó lo mismo. Finalmente, mi amigo me dijo que lo único indispensable en una mujer dispuesta a convertirse en la novia de un artista es que tenga las manos pequeñas. ¿Para qué?, pregunté yo. Para que nuestra verga parezca más grande, respondió él. Y desde ese momento ambos nos dedicamos a buscar mujeres con manos de muñeca china en internet.

Escudriñando por ahí me encontré con ésta, ideal para un fauno como mi amigo:



O ésta:



O ésta otra:



Mi amigo, a quien voy a llamar X, tiene sangre de perro en las venas. Ésa es la razón por la cual nos entendemos tan bien. El día en que lo conocí, la más rijosa de mis nueve hermanas había comenzado a trabajar como secretaria en una bodega de café y cacao, y X intentaba avasallarla. Pero no voy a entrar en detalles sicalípticos. El hecho es que mi fracaso literario no ha sido menos hilarante para mi amigo que su búsqueda de sexo con niñas, ya que al final, me dice, lo único que nos queda es el buen humor y un poco de talento para saber contar con finura nuestros peores fiascos.

En consecuencia, mis queridos y sufrientes lectores, hoy comienza una nueva temporada de insultos en la web. Espero que el tufo político que por estos días despiden las bocas de los candidatos a la presidencia no desaliñe mi escritura. El porno corre por cuenta de la casa.

Aram.

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