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viernes, 23 de septiembre de 2011

elegía de un pobre inocente



La primera vez que leí a Dino Buzzati yo era un canijo de 14 años que quería aprender a ser hombre. ¿Cómo se forma un hombre en una época triste como la nuestra? No haciéndose pajas. Eso es seguro. Pero tampoco leyendo a Buzzati ni a Papini ni a ningún otro escritor que se les parezca. Un hombre es alguien que ha ganado en experiencia lo que los años le han quitado en testosterona, y como a mí me ha tocado vivir más de la cuenta ahora soy un híbrido lleno de esmegma juvenil y empirismo espurio, por lo que puedo arriesgarme a dar algunos consejos.

1. Lean a Hemingway y a Jack London y a Cormac McCarthy.

2. Váyanse a vivir solos a un lugar en donde nadie los conozca.

3. No se suiciden hasta no estar seguros de que no queda nada en la despensa.

4. Follen con prostitutas, o con mujeres dispuestas a ser tan tristes como prostitutas.

5. Beban cerveza u otro licor.

6. Exploren sus propios abismos del alma.

7. Trabajen duro por algunos billetes.

8. No esperen que su chica los comprenda nunca.

9. Golpeen primero, siempre.

10. Es más barato comprar el tabaco por cartones.

11. Confíen en los consejos de los mayores.

12. No confíen en nadie, ni siquiera en los mayores.

13. No gasten demasiado en los casinos.

14. Cuando puedan, compren una buena navaja.

15. Mientan siempre que les pregunten sobre su vida personal.

16. Cultiven la holgazanería y el desparpajo.

17. Frente a la depresión sólo quedan dos alternativas: matarse de una buena vez o vivir intensamente cada momento de la vida.

18. Finjan bien, finjan como si de verdad les doliera vivir.

¿Vale de algo decir que todas estas recomendaciones han sido producto de mi última muerte? Le pregunté a un amigo mío sobre lo que debía hacer un adolescente triste como yo para sacarse de encima la melancolía, y él me respondió que uno debía templar el carácter y hacerse el loco si no se quiere terminar con un proyectil en la cabeza. Ahora soy un adolescente que acaba de morir…

Dixi.

lunes, 30 de mayo de 2011

En el marco de la breve historia de un individuo


El alma de los hombres está en constante movimiento. La puerta que separa mi carne del infinito. El auto que acelera hacia una montaña en llamas. Un adolescente encerrado en un cuarto diminuto, sin pasta para el tabaco y a punto de morir de soledad. Los amigos que ya no volverás a ver nunca. El gato que se frota contra las piernas de Sandy. Las uñas rojas de la secretaria en cinta. Y notas que la chica que se ha subido al autobús y se pavonea frente a ti está perfecta para follar y abrazarla un par de horas en la cama, pero ¿quién va a querer salir con un falso estudiante, sin seguridad médica, sin trabajo, sin futuro en el magisterio del éxito profesional? Subes al vehículo y le entregas tu tiquete estudiantil al gordo que está al volante. ¿Es eso una erección? ¿Lo es? ¿Lo es? El deseo es una mezcla de semen y soledad, y entonces observas el rostro de la colegiala entre las figuras inútiles de los demás pasajeros. Un túnel infinito entre tus cojones y su clítoris es suficiente razón para echarse a llorar. Medellín es una dama que fuma cigarrillos mientras se sumerge en gasolina. Las calles son como sombras absurdas en un bosque poblado de criaturas y edificios siniestros. Tu erección es lo único que podría contradecir tu falta de fe en el amor y la compañía. Tu sufrimiento no existe, pero tampoco la felicidad, y ya es hora de crecer un poco, trabajar, tener un perro o quizá algunos hijos. Te sientes solo en la universidad, pero siempre estás solo. Vienes a casa y lloras un poco y luego recuerdas tu sueño. La imaginación lo es todo. Tu cuerpo es una pobre carroña, pero mientras haya imaginación estás salvado. ¿Cómo se crea de la nada una forma bella? Hurgas en tu espíritu. Fumas un cigarrillo. Sabes que la soledad será larga y más te vale aprovecharla. Dios es quien besa mi boca en el espejo. ¿Cuánta soledad serás capaz de soportar antes de volverte loco? La felicidad se esfuma y en su lugar sólo queda el espíritu: la lucidez. Comprender tu vida a través de la imaginación es saber lo que podría llegar a ser aunque no lo sea nunca. Y bajas del autobús y caminas por Medellín y todo parece azul neutro, o margarita, pero nadie te espera en ninguna parte. El perro que arrastra su culo sobre el piso de la enfermería. Una mujer. Una imagen. Un punk de cresta roja que bebe cerveza y piensa en los aeroplanos. Saber que se está caminando en la dirección correcta, pero sin saber a dónde. Incertidumbre. ¿Cuántas flores guarda mi alma? Procuro buscar la soledad y la desestabilización. El amor es infinito, pero el pánico es más efectivo en algunos momentos. Tres jabalíes blancos que flotan sobre la selva espumosa de tu espíritu. Me niego a utilizar mi inteligencia, a riesgo de que el infinito se convierta en orgullo. Todas las mañanas veo el mismo demonio junto a mí. No tolero a mis amigos, que esperan algo que yo jamás les podré dar. ¿Qué tan fuerte puede ser un sueño?

lunes, 9 de noviembre de 2009

El bodegón de las cebollas



Me despertaba triste en las mañanas, dentro de un cuarto en penumbras. Mi habitación sólo tenía una ventana, que siempre estaba cubierta por una cobija gruesa de lana. Solía caminar en círculos por los mismos lugares cada vez que sentía que iba a morir (morir de desesperanza y pena, o de dolor y miedo o de todo junto). Medellín nunca me abrió sus puertas y mis únicas posibilidades ondeaban entre la criminalidad y el suicidio. Había dejado la universidad por segunda vez. Faltó muy poco para prodigarme por completo a la indigencia. Pasé por todo tipo de situaciones abyectas, y sobreviví precisamente porque sabía que, si la cosa empeoraba, todavía me podía matar. No tenía nada ni a nadie que me acompañara o me diera un consejo. Mis días transcurrían entre los libros de Henry Miller, el café, mi caja de cigarrillos Starlite y mis diarios, en donde escribía cosas como ¿por qué me pasa esto a mí? hasta que se me entumecía la mano y me ponía a llorar en mi cuarto o en el baño, después de masturbarme. Entonces descubrí que existía un tipo de literatura para desesperados, a la que pertenecen autores que también llevaron una vida a salto de mata en sus países de mierda y a los que nadie nunca les ofreció su conmiseración ni su lástima. Yo leí a Thomas Bernhard de la única forma en que se puede leer a un escritor de su calibre sin envilecer su obra: en medio de la miseria. De aquel tiempo extraje el siguiente capítulo, para que el lector abatido por la amargura sepa que su abandono y su sufrimiento se deben, en parte, al grado de desenjalme de su cerebro (ya que, sin excepción, cuando conseguimos por primera vez la libertad que tanto anhelamos, ésta se nos presenta en forma de dolor), pero también al gravamen de un Estado que odia a los hombres libres y en general a todo individuo que decida no hacer parte de su sistema.

Corrección (fragmento Nº1)

“…dondequiera que hubiera vivido en los últimos años, en Inglaterra o en Austria, en el país inglés, con gran decisión y presencia de ánimo, en el país austríaco, con gran afecto y amor, aunque también con desprecio y aversión igualmente grandes, con esa mezcla de desconfianza y decepción que siempre había sentido, en las fronteras del odio, hacia su patria, fronteras que había traspasado también, con mucha frecuencia, con una inteligencia desusadamente aguda, porque el hecho de que, por una parte amaba a Austria, porque era su país de origen, era tan evidente como el hecho de que la odiaba, porque, durante toda su vida, sólo lo había maltratado, y siempre, cuando necesitaba de ella, lo había rechazado, ella no dejaba que se le acercara un ser como Roithamer, seres, personas, caracteres como Roithamer no tienen en el fondo nada que hacer en un país como en su y mi país natal, en un país así son incapaces de desarrollarse y tienen además, continuamente, conciencia de esa incapacidad para desarrollarse, un país así necesita hombres que no se revelen contra la desvergüenza de un país así, contra la irresponsabilidad de un país así y de un Estado así, de un Estado que, como decía siempre Roithamer, era un peligro público y estaba en total decadencia, en el que no reinaba más que unas condiciones caóticas, si es que no las más caóticas, ese Estado tiene una infinidad de hombres como Roithamer sobre la conciencia, una historia totalmente vil y abyecta, esa perversidad y prostitución permanentes en forma de Estado, como decía siempre Roithamer y, por cierto, sin pasión, con la seguridad, en él innata, de un juicio que no se basaba en más que en la experiencia, y Roithamer nunca había admitido otro valor que el de la experiencia, como decía siempre, cuando se había llegado al límite de la tolerancia, en relación con ese país y con ese Estado, no se podía explicar, decía, con unas palabras casuales, la vileza y la abyección y el peligro público que representaba ese Estado, sin embargo, para un análisis y un trabajo científico sobre ese tema le faltaba tiempo, porque estaba concentrado, decía, en su tema principal, las ciencias naturales y el Cono, y tampoco era él una cabeza, decía, que se agotara en ataques políticos, nunca se había agotado, decía, en ataques políticos o políticogenerales, para eso había otras cabezas, más indicadas, esa nucas y frentes para los ataques políticos, sin embargo, decía, de vez en cuando se había visto obligado a utilizar su capacidad de juicio con respecto a su país de origen y a su Estado de nacionalidad, o sea, con respecto a Austria, ese país, el más incomprendido del mundo, ese país con el mayor grado de dificultad de la historia universal, y se exponía de vez en cuando al riesgo de expresar su opinión sobre Austria y sus austríacos, sobre ese Estado arruinado como ningún otro, sobre ese pueblo arruinado como ningún otro, en el que, además de las deficiencias mentales en él innatas, decía, no quedaba más que hipocresía y, por cierto, hipocresía en todas las fronteras posibles del Estado y de la política nacional, este, en otro tiempo, corazón de Europa no era, según Roithamer, más que un resto de liquidación de la historia intelectual y cultural, una mercancía estatal no vendida, sobre la que el ciudadano no tiene más que una segunda o una tercera o una cuarta o, en cualquier caso, nada más que una última opción, ya que sus primeros años habían hecho comprender a Roithamer, como me habían hecho comprender a mí, la imposibilidad de crecer y desarrollarse en este Estado y este país, cuales quiera que fueran los auspicios, este país y este Estado, así Roithamer, no son nada para el desarrollo de un intelectual, aquí todos los indicios de fortaleza intelectual se convierten en seguida en todos los indicios de debilidad intelectual, aquí todos los esfuerzos por avanzar, prosperar y progresar son inútiles, por todas partes, a donde quiera que se dirigen los ojos o la inteligencia o los esfuerzos, no se ve más que el hundimiento de todos los esfuerzos por avanzar, prosperar y progresar aquí, por desarrollarse, el hombre austríaco, ya en el momento de su nacimiento, es un hombre fracasado y debe comprender claramente, decía, que tendrá que renunciar a sí mismo si se queda en este país y en este Estado, cualesquiera que sean los auspicios, debe decidir si quiere, quedándose ahí, parecer, envejeciendo fatigosamente y sin llegar a nada, perecer en su propio Estado y en su propio país, presenciar con los ojos abiertos, en su propia mente y en su propio cuerpo, ese terrible proceso de extinción, si quiere aceptar un desarrollo descendente durante toda su vida, quedándose en este Estado y en este país, o si quiere irse y marcharse tan pronto como pueda y, mediante ese pronto irse y marcharse, salvarse, salvar su inteligencia, salvar su personalidad y salvar su naturaleza, porque, si no se marcha, así Roithamer, perecerá en este país, y si no es un hombre vil, se convertirá en este país y en este Estado en un hombre vil, y si no es de naturaleza abyecta ni infame, se convertirá en este país y en este Estado en un ser de naturaleza vil y abyecta y en una criatura vil y abyecta, y por eso hace falta, desde el principio mismo, desde los primeros procesos del pensamiento, salvarse de este país y de este Estado y, cuando antes vuelva la espalda a este país y a este Estado un hombre con facultades intelectuales, tanto mejor, un hombre así tiene que decirse que hay que huir, dejar atrás todo lo que es este Estado, lo que constituye este país, irse a cualquier parte, aunque sea el fin del mundo, no quedarse en ningún caso donde nada puede esperar y, si puede, sólo lo más miserable y lo que destruya la inteligencia y lo que vacía la cabeza y lo que obligará continuamente a la mezquindad y la vileza, y que, aquí, todo lo aplasta continuamente, lo denigra y lo niega continuamente, y que aquí, en su país austríaco, estará expuesto siempre a una vil incomprensión y una vil calumnia y, por tanto, a la decadencia y, por tanto, a la muerte y, por tanto, a la aniquilación de su existencia. Si lo vemos con claridad, veremos que para Roithamer no había otra posibilidad que dejar esta su patria, que no merece en absoluto ese título honroso, porque la llamada patria no fue para él en realidad, como para tantos otros salidos de ella, nada más que el castigo más terrible de su existencia, durante toda su vida, por el acto inocente de haber simplemente nacido, alguien como Roithamer siente constantemente que su patria lo castiga por algo que no puede evitar, porque ningún hombre puede evitar su nacimiento, pero Roithamer tuvo que comprender ya muy temprano y, de hecho, en su más temprana infancia, que pasó con sus hermanos en Altemsan, que tenía que irse y, en lo posible, rápidamente y sin rodeos, para no hundirse como, en fin de cuentas, se hundieron sus hermanos…”

Corrección (fragmento Nº 2)

“La felicidad no es obligatoria.”

lunes, 2 de noviembre de 2009

Memorial de agravios II (La promesa de una resistencia)



Se comienza por leer algunos libros; luego nos damos cuenta de que le hemos vendido el alma al diablo. Pero el infierno nunca es tan borrascoso y difuso como el futuro de un universitario triste y confundido. Eso se aprende después de haber sobrevivido a las tragedias más patéticas de nuestra juventud (y que luego se repiten en la vejes, aunque la mayoría de los estudiantes novicios de este plantel crean que su madurez apócrifa los mantendrá exentos de cualquier fiasco) y de haberlo perdido todo a cambio de la poesía y el arte, y de las películas que nos acompañaron en medio de la desesperación y de la vida precaria que decidimos llevar para salvar nuestra alma del paraíso de los exitosos y los ganadores.

Soy un hombre de impulsos. Una vez, en una sala de urgencias de Putumayo en donde mi abuela agonizaba, le dije a un tío con quien habíamos compartido sus cuidados médicos: «Me voy para la casa ¿Nos vemos por la noche?», y al día siguiente estaba en Bogotá, con mi novia de 15 años. Por cinco días no supe nada de mi casa, ni de la abuela, hasta que poco después mi abuela murió y mi novia me dejó por un estudiante de antropología.

Repito: soy un hombre de impulsos. Me gusta la espontaneidad, y si existe algo que no soporto es vivir de acuerdo a los horarios de cumplimiento que destacan al habitante de academias. Por lo general, un hombre que distribuye bien su tiempo en lapsos destinados a distintas actividades será recompensado con la integridad física y mental; tendrá una novia bonita a la que también le gusta dormir sobre los laureles del triunfo y la gloria; con el tiempo sacará en alquiler un buen apartamento, terminará con su novia, se acostará con una mujer distinta cada mes, comprará un Renault Twingo y se hará profesor de planta de su facultad e integrará uno de los mejores y más destacados grupos de investigación.

Esa es la vida de un vencedor. Para el mundo no habrá nunca un mejor ejemplo de lo que significa la palabra plenitud. ¿Pero en dónde quedan los adolecentes incapaces y los bibliófilos que trabajan en la clandestinidad de su cuarto y los que sueñan con convertirse en poetas? ¿En dónde, querido y ocupado leyente, los que saben que las mejores lecciones para la vida no se reciben dentro de un salón de clase sino que se aprenden memorizando los poemas de Pessoa y leyendo las novelas de Thomas Berhart? Todos ellos son el hazmerreír de un profesional. En mi facultad, por ejemplo, abundan los hombres que se ríen de las almas libres. Libertad, para ellos, es un ridículo que no se pueden arriesgar a hacer, y la razón principal de este oprobio es que la mayoría del estudiantado de nuestra Alma Mater (que por lo regular enarbolan promedios magnánimos y conservan una especie de alegría idiota en la cara) busca el respeto de la sociedad, y no su amor ni su comprensión.

Hablo por los hombres que le apuestan a una vida distinta y a una existencia guerrillera. No por mí. Yo no busco el amor de una sociedad que me impide ser libre ni la comprensión de unos compañeros de carrera que señalan como perdedor a todo aquel que busca su felicidad por fuera de la academia, al margen del mismo título profesional que ellos persiguen con ahínco.

-A esos hombres les suele ir bien en la vida-, me decía el maestro Alberto Aguirre mientras describía a la misma clase de alumno insigne a la que me refiero yo en una cafetería del centro de la ciudad. –No. Eso no es lo que quiero decir. Lo que digo es que les va bien a costa de la vida-, dijo después, y me dio una palmada en la espalda.

Entonces era yo un muchacho sin propósitos claros. Todas las personas a mi alrededor me hacían sentir como un fracasado y un enfermo por querer echarme sobre mi camastro durante todo el día a leer los poemas de Sabines. Luego entendí que la poesía no podía ser otra cosa que eso precisamente: una enfermedad exquisita, y que el único deber de un hombre prominente no era el de asistir a la clase de un profesor sin imaginación ni el de cumplir con prontitud la entrega de un trabajo superfluo de reportería periodística, sino el de trabajar cada día por conquistar nuestra propia libertad.

Conozco estudiantes con un índice de inteligencia colosal y que a pesar de eso cometen el error más común entre los universitarios: querer verse como gente grande. Su mayor preocupación consiste en atender con severidad a cada discurso de sus maestros, conseguir un trabajo para ejercitar su sentido de la responsabilidad y aniquilar todo pensamiento que pueda poner en duda su circunspección mental. Lo que ellos no saben es que, en la hora de su muerte en Nueva york, Hannah Harendt decía deberle cada una de sus posturas e ideas políticas a la imaginación excéntrica de los filósofos y los locos y no al pensamiento racional, y continuaba diciendo que la irresponsabilidad era también una tarea intelectual para probarse a sí mismo que a pesar de todos los compromisos asumidos todavía se es libre para hacer lo que se quiere y no lo que se debe.

La irresponsabilidad es otra característica del hombre libre. Y tú, mi eficaz y diligente lector ¿cuántas veces te has decidido por el no-hacer? Te reto a practicarlo sólo las veces que consideres correctas: no asistas a la ejecución de un examen, o entrega una hoja en blanco aunque te sepas todas las respuestas; no te presentes a una clase importante y acuéstate bajo un árbol para leer a Lovecraft aunque luego debas estudiar por tu cuenta; no ofrezcas esas cuatro cuartillas garrapateadas que te pidieron y que escribiste y que a pesar de eso deseas tener la fuerza para no entregar.

También el no-hacer hace parte de tu educación.

Dixi.

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