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domingo, 21 de noviembre de 2010

Viaje al final de la noche, de L. F. Céline



Era un tipo que fue soldado en la primera guerra mundial y luego trabajó en una colonia francesa de África hasta que se quiso cortar la pija y después se fue para Nueva York. Ésa es la primera parte de Viaje al final de la noche. 300 páginas de genialidad pura. Aquel adolescente que haya superado sus ganas de suicidarse por desamor o porque vivir no tiene ningún sentido para él encontrará en la escritura de Céline una razón mucho más importante para reconsiderar su patetismo: hay que suicidarse para no volverse un cabrón. Hay que suicidarse para no convertirse en un chulo so guarro como la mayoría de los hombres, que crecen y jalan y llenan el mundo de críos infelices y con hambre.

Querer vivir significa no crecer. Querer vivir significa convertirse en todo lo que la gente odia: un hombre honesto, libre, pendenciero. Un perro de mala sangre. Un perro romántico. Un zorro dispuesto a jugarse el pellejo por un bocado santidad. O por una conquista de las que sí sirven para algo, como cuando vemos que nuestra vida da asco y decidimos cambiarla. Eso sí es algo por lo que vale la pena seguir viviendo. En la vida nos enseñan a desear una chorrada de mentiras imprescindibles por las que creemos que vale la pena continuar, pero no es más que un montón de basura: un título, una mujer, una ideología y un juego de llaves para todo lo que resta y que por lo demás nos da miedo perder. Calzonazos. Hay que deshacernos de toda ésa herencia de falacias, dice Céline. Es mejor matarse antes que llegar a eso. Vivir solo es una posibilidad cuando decidimos no seguir el camino de los demás, sino el nuestro.

Ésa es una gran conquista.

Algunos ponen a prueba su resistencia para alcanzar las cosas más pequeñas que existen. Diñan todo lo que tienen por una causa insignificante, un sueño, una verdad. Por ejemplo, el personaje principal de Viaje al final de la noche es un galo antisocial que sabe que alcanzar un sueño es una conquista siempre y cuando el sueño sea inalcanzable. Despertar un día y lograr amar a una sola mujer por más de dos horas. Eso es un sueño inalcanzable. Y él lucha por sus sueños, pero antes debe enfrentar las circunstancias que lo rodean: una guerra mundial, el nacionalismo de las mujeres que se folla, la pobreza de su país, su propia miseria. La miseria de los demás, que es un charco de egoísmo y mezquindad en el que se zambullen todos los pobres. Y también la estupidez de Francia, que es otro charco, pero más grande, y estipulado solamente para los franceses.

Hasta en eso somos egoístas los hombres. Todos tenemos que lidiar en el charco de nuestro propio país, y si se puede en nuestro propio pueblo, porque en las ciudades no hay trabajo ni universidad ni sexo para los provincianos.

Pero el hecho es que a Ferdinand, que es como se llama el personaje, le valía un cojón su propio país, y por eso desertó de la guerra y se fue para África, a trabajar en una factoría en medio de la selva en donde debía intercambiar productos con los aborígenes. Allá también se cansó. Su trabajo no le inspiraba ni una paja. Entonces decidió echarse a morir y casi casi volverse loco. El imperio francés no era más que el dominio de unos blancos infames, representantes de todo lo europeo, sobre el salvajismo y la idiotez de unos cuantos negros muertos de hambre. Y Ferdinand vio eso, pero a la vez le valió lo que vale la inteligencia y la filosofía en estos días: nada, un culo. Se fue, no por indignación, sino porque no soportaba las condiciones de miseria en las que vivía, y cincuenta páginas más adelante ya estaba en Nueva York enamorado de una churriana.

Después se hace doctor y vuelve a París a trabajar en los arrabales. Y hasta aquí va mi lectura de Céline. En estos días uno no puede leer un libro de más de 600 páginas sin dejar de lado que hay otros siete títulos esperando. Han pasado más de 30 años de comer, berrear, perseguir sueños, en fin, vivir, y sigo sin ser un lector juicioso. En todo caso, siempre se me olvida todo lo que leo, así que lo que falta de la historia se lo dejo a la diligencia de los blogueros curiosos.

Sólo una cosa, el mejor sitio para leer es aquel lugar en donde no hay esperanza ni miedo, ni amigos ni nada. Sólo una calle fría y oscura, al final de la noche.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Bagatela para una crusificción



Odio a los negros, a los judíos, ¿a quién más odio? ¡Ah, sí! También odio a los homosexuales, a los colombianos, a los paisas sobre todo. A los paisas los odio más. Los odio porque todo lo resuelven con tiros de pistola y con sobornos y con más odio. Esa es la razón de mi ira. Pero odio muchas cosas más aparte de la gente que vive en Antioquia: odio a las mayorías asquerosas, al animal de las cien mil cabezas, al mito de la democracia eficaz y el Estado cuasi-perfecto. Superchería idealista. Fantasías hegelianas. Lo único que en realidad vale es el individuo en sí, y no cualquier mequetrefe solitario: un individuo capaz de enfrentarse él solo al poder de una masa que lo supera en número. Un héroe. Esa es una buena denominación. Un payaso dispuesto a crucificarse.

¿Por qué creer en la verdad de una mayoría que es incapaz de entender otras verdades, que es incapaz de poner en duda su propia verdad, que es incapaz de reírse de su verdad? Está bien: ellos tienen la razón y los pobres diablos como yo tenemos que acatar las decisiones de la multitud. Hasta ahí llega la democracia. Las muchedumbres no reflexionan nunca sobre sus convicciones. Les basta ganar los comicios e imponer sus ideas, traspasarlas, sistematizarlas en un modelo de educación, pero no merecen ningún respeto. Soplapollas. Lameculos. Son incapaces de soportar a alguien como yo, que los irrita, o a alguien como Celine, que les encona las hemorroides. Son incapaces de soportar a Vallejo y a Houellebecque. A Boris Vian, a Ambroice Bierce. Les emputa. Los encabrona el hecho de que alguien ponga en duda la seriedad de su doctrina política, de su ideología humana. Puede que tengan la razón. Eso no lo duda nadie, pero actúan como autómatas de mierda.

Esa es mi verdad.

Bastardos.

Ustedes mataron a Celine y despreciaron su obra. El genio y la controvertida vida del mejor escritor francés del siglo XX superó su entendimiento. Yo también superé el entendimiento de cierta damisela que me twitteó para declararme su mala leche, pero eso no se compara en nada con la aptitud del autor de Viaje al fin de la noche, que escogió hacerse anti-semita, colaboracionista y hitleriano en un momento en donde todo el gremio artístico de los países que participaron en la guerra contra Alemania estaban convencidos de su posición moral. Está bien: fue un mal momento para transgredir la lucha contra el fascismo, pero eso no significa nada en términos literarios. La obra de Celine sigue echando chispas, y aquel gaznápiro que la demerite o la eluda por la bandera política del artista que la garrapateó no se puede considerar otra cosa que un pobre cabezadeverga.

Celine, más que fascista, fue un anarquista, mi querido lector cabezadeverga.

Por eso es que no tolero a la gente con convicción. Los odio a todos. La democracia colombiana les da demasiado poder. La izquierda con convicción refuta la obra de Borges. Lo acusan. Lo empapelan. Lo censuran por sus simpatías con la ultraderecha latinoamericana. Los diestros, en cambio, son más apaciguados: saben que García Márquez es un idiota, un adlátere de Castro, un costeño esmirriado, pero lo siguen leyendo y no caben en su asombro. En ese sentido, me cae mejor la derecha. En ese sentido me cae mejor Borges que cualquier otro escritor comprometido con las causas sociales y el proletariado.

El acto artístico nada tiene que ver con la moral. Wagner es la prueba de eso, pero así trabajan los hombres con convicción: forman partidos de asco y luego se encargan de convencer a más gente y luego se toman el poder. Luego se vuelven intocables. Administran el modo en que se debe pensar. Rechazan toda aquella expresión que no sea aceptable para su moral y su doctrina. Rechazan a Celine. Rechazan a Stanislaus Bhör. Me rechazan a mí, que sólo soy un bloguero triste con una mente superdotada y 30 centímetros de mondá.

La respuesta a ésta conducta se encuentra en la dialéctica histórica: la insuficiencia mental de las mayorías colombianas se debe a un proceso en el tiempo que finalmente redundó en la estupidez. La finalidad de la historia humana no es un Estado perfecto, sino nuestra autoliquidación. Esta es la introducción para otro envía que aparecerá en unos días, titulado Celine se caga en vuestra puta madre, en donde se hará una crítica bastante cercana al ditirambo de la obra más famosa del escritor facho más importante de Francia.

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