viernes, 25 de septiembre de 2009

polifonía de un extraño personaje


En la tarde del domingo 20 de septiembre del año que corre, con el segundo volumen de una edición en castellano de La guerra y la paz bajo el brazo, un joven aprendiz de escritor caviló durante algunos instantes frente a una mesa atestada de libros.

-Un hombre que se inclina por buscar su propia verdad es, por antonomasia, un hombre solo-, se dijo.

Y sonrió.

Recordar ese tipo de ideas siempre fue una tarea difícil, pero ya no lo era tanto. Dentro su armario, en una mustia caja de cartón, guardaba centenares de diarios que le permitían retroceder un número estimable de años, desplazarse sobre el tiempo como en una pista de patinaje y verse a sí mismo una década atrás, cuando era más joven y tenía sueños que incluían un grado más alto de esperanza y arrojo. Entonces, echarse en decúbito supino sobre el catre de su cuarto con un cigarrillo encendido entre los dedos para leer innumerables notas escritas por él mismo era una actividad constante. Su propósito explícito era no olvidar. No obstante, este ejercicio nemotécnico, tan elemental y privado como una masturbación, no era infalible a los problemas de la vida diaria, y entonces su tarea más ardua consistía en mantener sus ideas a flote como un faro luminoso en medio de un mar de circunstancias triviales, aunque molestas. Durante todo su crecimiento (físico, mental, emocional) en su vida sobrevino cualquier cantidad de situaciones para evitar que leyera libros e hiciera las veces de parásito inútil frente a su familia. Tenía poco dinero. Apenas lo suficiente para comprar otra novela en la bagatela más próxima. Los cubículos de los sellos editoriales eran una amenaza y una tentación. Pero más allá, entre las colecciones de Acantilado y Norma y el Fondo de Cultura Económica, se aposentaban librerías para estudiantes pobres como él, en las que trabajaban ancianos calvos y distinguidos con quienes podría sostener una charla sencilla mientras incurría en el respectivo escrutinio de sus tomos y ejemplares.

Por un momento, la sensación de encontrarse en medio de una multitud caló lo suficiente para formar un efecto parecido a la aflicción o el desconsuelo. Parejas que caminaban tomadas de la mano y hordas de adolescentes pletóricos se desplazaban a su alrededor como una nube de moscas. Entonces se dijo: «Un hombre que se inclina por buscar su propia verdad es, por antonomasia, un hombre solo», e inmediatamente el alivio de una respuesta ingeniosa desatascó el nudo que se hacía en su garganta. Logró pensar claramente en lo que haría. Enfiló por una callejuela que se formaba a su izquierda y se detuvo frente a “El Callejón de la Palabras”, según refería el rótulo de la tienda. Comenzó a inspeccionar los libros con un cuidado quirúrgico que tal vez no merecían, pensó. «No todos, al menos». En cuestión, los títulos pertenecían a su lista de textos juveniles, en una época en que la luz del sol acostumbraba tomarle por sorpresa en su cuarto después de una noche de lectura casi maniaca. Con su dedo índice continuó observando los lomos deslustrados de los ejemplares. Quiso pensar en un registro de libros necesarios que encabezaría, antes que nada, toda la obra de George Perec, luego el 1984 de Orwell, después las Hojas de hierva de Walt Whitman y tras eso el Ariel de José Enrique Rodó.

Entonces sintió la presencia de alguien.

Al volver la cara tardó un poco en reconocer el rostro del hombre. Al principió creyó que era una jeta demasiado común, incluso familiar. Su aspecto daba la impresión de haberle conocido antes, como si en el pasado hubiese visto una fotografía semejante a la figura del individuo en cuestión. Pero luego acertó en recordarle.

-Don Ricardo…-dijo el aprendiz.

Su nombre era Ricardo Cano Gaviria y era el autor de uno de los libros más hermosos que se habían escrito acerca de la muerte del filósofo alemán, Walter Benjamín.

-¿Si? –inquirió el maestro.

Quería decirle todo lo que pensaba acerca de su obra. Quería hablarle de los problemas con que tropezaba diariamente y de la locura y del peligro que abrigaba el oficio de escribir diariamente sobre una mesa desvencijada y de la desesperación que sentía cuando debía hablar de su futuro profesional y de los planes que se supone debía tener para su vida después de la universidad y de los proyectos y de su falta de voluntad…

-Yo… leí su libro.

En la cara del escritor se dibujó una sonrisa de clemencia.

-…que bueno –respondió antes de girarse.

Ni un alivio, ni una palabra de ánimo, ni un lenitivo para el dolor.

-Así muere un sueño-, pensó el aprendiz.

Luego, el secreto mejor guardado de la literatura colombiana se alejó y se perdió en la multitud. Aram se quedó mirándolo hasta que su espalda desapareció del todo y un leve rubor le coloreó la frente y los pómulos. Observó la hora en su reloj. «Al diablo con Cano Gaviria», pensó. «Que coma mucha mierda». Y empezó a caminar en dirección al auditorio del festival en donde –lo acababa de recordar- tendría lugar un simposio acerca de los opúsculos y las monografías que los colombianos deberían leer para entender a su patria. Pocos minutos después escucharía a joe Broderick decir con honestidad y vehemencia: «Este país es inentendible», y un poco más adelante: «lo único cierto es que el año entrante va a ser peor». Entonces sonrió por segunda vez en aquel día. Le gustaron aquellas frases. Le hicieron reír de la misma forma en que lo hacía cuando escuchaba los discursos descollantes de Cristóbal Peláez, el director de uno de los mejores grupos de teatro de la ciudad.

Pensó en un índice de cosas necesarias que cualquier hombre debería hacer antes de morir.

1º Escuchar a Cristóbal Peláez.
2º Escuchar a Joe Broderick.
3º Leer a Fernando Gonzales.
4º Aprender a bailar.
5º Memorizar un poema de Cesar Vallejo.
6º Tomar clases de cocina.
7º…
8º…

Al salir del auditorio vio que entre el público que vaciaba la sala se encontraba Cano Gaviria conversando con una adolescente; quizá una universitaria. A la sazón de dicha imagen vislumbró una idea que jamás había pensado antes, aun cuando resultaba demasiado lógica en aquel momento: a la mayoría de los escritores no los motiva ni el dolor ni la desesperación para crear una obra maestra, sino la posibilidad de que una mujer bonita los lea y se enamore de ellos.

Esa noche tomó nota de aquello en su diario.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Los guías del desfiladero



Para Elías Canetti la patria era una biblioteca abigarrada en la que él pudiera descansar de la presencia molesta de los hombres. Para Bertolt Brecht la patria era cualquier lugar porque en cualquier parte se puede uno morir de hambre. Para un amigo mío que no es escritor la patria es la vagina de la mamá. Yo me adscribo a la definición de Jesús Zárate Moreno: la patria es no estar solo, y como la soledad es que nadie me lea, por eso decidí abrir este mísero blog.

Y porque para escribir bien se necesitan agallas.

Más aun cuando se decide escribir para un público de universitarios suicidas y deprimidos.

Pero ahora voy a ir al grano.

En el mundo existen dos tipos de hombre: los ganadores como Álvaro Uribe Vélez y los perdedores, que son todos aquellos que nunca lograron ser los Nº 1 en nada. Yo pertenezco al gremio de los que hicieron del fracaso su pasatiempo y luego su vicio. Cada fiasco es un peldaño más en nuestro descenso hacia el infierno. Allá nos esperan los grandes perdularios de la historia: Melville (escribiendo sobre una mesa de fuego), Proust (enjuagándose las manos en un río de lava) y Lwory (emborrachándose con el vino de la casa y eructando vapores de azufre por la boca). Todos ellos fallaron en repetidas ocasiones durante su corta estancia dentro del mapa histórico de nuestra última era. Sus vidas estuvieron condenadas a toda clase de pestes purulentas y plagas insólitas: el amor los hizo pedazos, la libertad los alejó de los hombres. Finalmente, y sólo tras pasar como simples outsiders de la pléyade contemporánea de sus respectivas épocas y de haberse convertido cada uno en un festín para larvas y gusanos, ganaron el título de maestros y guías en la enfilada ruta del autodidacta.

Se preguntará entonces el zagal taciturno (al término de una masturbación rutinaria tras la lectura de un nuevo capítulo de Las edades de lulú) el por qué de esta palmaria injusticia. La respuesta es simple: los tres, Melville & Compañía, se inclinaron por buscar su propia verdad, y no existe nada más claro que las consecuencias de una búsqueda a ciegas por un desfiladero de desesperación y pequeñas alegrías, de vehemencia y delirante lucidez, como sólo pueden ser las exploraciones por la selva oscura y encizañada de la vida (que es exclusivamente eso: una manigua impenetrable). Y ya que el mundo acostumbra ver a los hombres que intentan horadar en su secreto como pobres bastardos, a estos tres mártires de la literatura occidental no les quedaba otro camino distinto al de los perdedores irremediables.

Hrabal también fue un bastardo.

Mark Twain fue un perito en corrupción y obscenidad.

Vonnegut es un pobre mentecato.

Y todo se debe a que ninguno de ellos cedió un centímetro del terreno que habrían ganado a fuerza de lecturas insomnes y cuartillas garrapateadas para buscar el sentido de la vida y el destino humano.

Eso es ser un escritor honesto.

Pero hoy día el concepto de escritor ha perdido su mejor atributo. El sacrificio y la penalidad dejaron de ser características gremiales. Ser un novelista colombiano, por ejemplo, significa entrar en la lista de Best-sellers nacional junto a John Pinchao y Óscar Tulio Lizcano, asistir a cócteles con la bazofia política y cultural de este país, adquirir estatus social, ser entrevistado por modelos mamertas que no saben quién fue William Saroyan y estar siempre al servicio de los gustos ramplones del marketing. Por lo tanto, uno se hace la misma pregunta que el autor de Tormenta de mierda en uno de sus últimos ensayos: “¿Entonces qué es la escritura de calidad?”. Y después de meditarlo muy bien terminamos por darnos la misma respuesta que él: “Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura es básicamente un oficio peligroso. Correr por el borde de un precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere, y los libros, y los amigos, y la comida”.

Insisto: eso es ser un escritor honesto.

¿Y acaso cree el lector amodorrado que para escribir una obra maestra se necesita un título universitario? Esa es la versión de los que analizan la literatura desde un telescopio y se apoltronan en sendos puestos académicos, aguardando la oportunidad en que la editorial de su claustro los convierta al fin en los hombres respetables que siempre soñaron ser (ab aeterno) por obra y gracia de una investigación que hable, a título de ejemplo, de la manera como El proceso de Kafka se relaciona directamente con Crimen y castigo, de Dostoievski. O de la forma como el Frankenstein de Shelley prefigura la industrialización y la miseria del capitalismo. O del modo en que el adolescente inexperimentado debe leer a James Joyce sin caer en gazapos de principiante.

Yo les voy a decir cómo se debe leer a Joyce.

A Joyce se le debe leer en una pensión de mala madre, sobre un colchón manchado con herrumbres de meadas y eyaculaciones de otros inquilinos.

A Joyce se le debe leer en las madrugadas frías de los parques y en las habitaciones de hotel de las prostitutas del centro de Medellín.

A Joyce se le debe leer en los casinos, en los callejones oscuros, en las casas de expendio, en los albergues disolutos y en las cantinas funestas.

Cuando llegué a esta ciudad roñosa todo lo que traía era una maleta en la que guardaba tres camisas y dos pantalones, y mi posesión más preciada era una edición mexicana del Ulises. Entonces no tenía la más mínima certeza de lo que quería hacer con mi vida, pero la literatura me acompañó como una amante fiel durante todos estos años. La razón de mi viaje era estudiar actuación en la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia. Luego la vida me enseñó que uno no elige lo que quiere, sino que las cosas para las que estamos destinados nos encuentran y nos transforman.

Pasaron muchos años y comencé a estudiar periodismo.

Ahora no soy actor.

Ni quiero ser periodista.

Quiero ser escritor.



Post- scriptum: A propósito del incidente presentado el pasado jueves 10 de septiembre, me pronuncio de la siguiente manera: Van Gogh perdió una oreja y pintó la Noche estrellada. Rimbaud perdió su pierna derecha y escribió El barco ebrio. Farinelli perdió sus testículos y cantó como nadie el Lascia ch'io pianga. Esperemos que al pobre e imberbe militante que perdió su mano izquierda en aquel día fatídico le depare un destino no menos glorioso que el de El manco de Lepanto... aunque lo dudo.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Sardanápalo o la inmortalidad de un falso Mesías



Colombia es una república imbécil, pero además de eso es una patria corrupta e infame. Según aquel eunuco argentino que descubrí en la polvorienta biblioteca municipal de mi aldea sórdida (y que no quiero decir quien es, pero tenía una imaginación más poderosa que todo vuestro racionalismo marica junto) ser colombiano sólo era posible mediante un acto de fe. Yo no tengo fe en nada; mucho menos en mi país. Para tener fe en algo primero se debe amar lo que uno quiere, y mi único anhelo, fuera de una sonrisa vertical y unos senos desnudos de mujer, es salir volando de esta nación decrépita en el primer despacho de cocaína que salga rumbo a los Estados Unidos.

Claro que para eso me tendría que hacer amigo de un paramilitar poderoso.

O mejor aun, de un político podrido y execrable como los que poblaron la Cámara de Representantes el día en que se aprobó el referendo para la reelección de Sardanápalo.

Ahora parece que el mal de los cerdos quiere cobrar la cabeza de nuestro rey. No es atípico que el mal de un cerdo contagie a otro cerdo; lo extraño es cuando este tipo de infecciones le ocurren a un personaje público en una comarca como la nuestra, en donde todos los días gorgotea la hediondez de una olla podrida aderezada con asesinatos traslapados y corruptela estatal. El pueblo es inocente, por no llamarlo como lo que es: una muchedumbre asnal. El pueblo no sabe, y la mayoría de las veces cree en todos los despropósitos que medios de comunicación cutres y ominosos como RCN disparan desde sus improntas periodísticas. Eso, según el señor Elías Canetti, es la manipulación de un poder sobre la masa. Además, según George Orwell, es una medida de seguridad propia de un Estado totalitario.


Eso, según mi criterio político, es una gonorrea biliosa que ha inoculado a todo el país.

Por eso la mayoría de los ciudadanos colombianos quiere reelegir a Sardanápalo. Por eso algunos mentecatos siguen conmovidos por su afección porcina. Por eso es que el referéndum reeleccionista que pronto estará aprobado en la Corte Constitucional no será otra cosa que una invitación cínica para que la plebe descabece a la democracia.

Sin embargo ¿para qué luchar por una causa que estuvo perdida desde el principio? Todos sabemos que la Constitución colombiana estaba destinada a convertirse en una perra de cabaret. ¿Cómo va a sobrevivir un código de leyes tan hermoso en un país tan atroz? Para nadie es un secreto que el mismo fisco enlodado con el que se aprobó la primera reelección de Sardanápalo será destinado a asegurar su permanencia en el poder, y que nadie diga, por ejemplo, que ignoraba que los congresistas ídem que fueron investigados por la corte suprema de justicia hace poco menos de un año votarían una vez más por su capataz.

No obstante, lo que también sabemos es que no es bueno inmortalizarse en el poder, ya que para personajes como nuestro presidente, que (sobra decir) es un alumno eminente de la crápula dictatorial latinoamericana, existe un silogismo fundamental para manejar a una nación y coronarla con los laureles del primer mundo:

1° Premisa: todos los países subdesarrollados necesitan ensanchar su economía por encima de todo, incluyendo la democracia.

2° Premisa: Colombia es un país subdesarrollado.

3° Premisa: Colombia necesita ensanchar su economía y sacrificar su democracia.

Lo mismo pensó Pinochet en los 17 años en que desangró al país de Neruda y Bolaño. Lo mismo pensó Fujimori cuando concentró toda su sevicia en la caza de Abimael Guzmán. Lo mismo creyó Rafael Leonidas Trujillo, el chivo, mientras violaba a las hijas de sus subalternos en su casa de campo.

Pero como reírse de su propia desgracia es la única medida que puede tomar un hombre desesperado por la idiotez de la bancada política de su terruño, lo bueno de todo este asunto es que ahora podemos incluir a nuestra propia candidata en la lista de las reinas Sudamericanas más déspotas y tiránicas. El presidente Sardanápalo se hará de un lugar prominente en el mismo panteón de la fama por donde pasó la señorita Bolivia, Mariana Melgarejo, quien ganó la corona en 1874 gracias al concurso de talentos en donde demostró que podía tomar cantidades navegables de alcohol junto a Holofernes, su caballo; la señorita Ecuador, Gabriela García Moreno, quien murió a machetazos en la puerta de un burdel a la tierna edad de 54 años no sin antes haber asesinado a su primera hija con leche de burra envenenada; y la señorita Venezuela, Juana Vicenta Gómez, el bagre, quien demostró ser la reencarnación del libertador Simón Bolívar naciendo y muriendo en las mismas fechas del nacimiento y deceso del estadista.

Felicitaciones señor presidente, su legado pasará a la posteridad.

jueves, 3 de septiembre de 2009

baranda para mirar el cielo

Mi casa es pequeña y pobre.
Dos puñados de arroz
Son todo mi alimento.
Y soy feliz.

***

La nieve cubre las montañas
y el fuego de la hoguera
calienta mis manos y mis pies.
No estoy solo.
Mi hijo me acompaña.
Mi padre y mi madre me acompañan,
y mis hermanos también.
Fumaré mi pipa mientras
ellos duermen
y esperaré el amanecer.

domingo, 30 de agosto de 2009

"lo bueno de haber sufrido tanto es que al final morimos como perros"


En la mañana del 27 de agosto de 1950, pocos meses después de haber recibido el Premio Strega por su libro El bello verano, el poeta italiano Cesare Pavese se suicidaría ingiriendo 12 sobres de somníferos en un hotel de Turín. Para ese momento, Pavese ya se había convertido en una de las plumas más respetadas de Italia. Había publicado nueve novelas y dos libros de poesía. Había renunciado al éxito que le confería la crítica norteamericana. Había escrito las mejores páginas de un diario que no vería la luz editorial sino hasta 1952, dos años después de su muerte. Pero lo que nunca logró nuestro escritor, aunque así lo habría querido tanto, fue librarse de esa angustia que consume a los artistas cuando perciben como un augurio la futilidad de su existencia. Eso fue lo que mató a Márai y a Salgari. Lo que mató a Quiroga y a Mishima. Lo que mató a Hemingway y lo que indiscutiblemente me matará a mí si una niña con rostro de ángel y conciencia pervertida no me salva una y otra vez (de marras) hasta morir en una cópula desenfrenada en mi octogésimo cumpleaños.

¿Capisci, mie ragazze?

Empero, continuando con el protagonista literario de esta reseña inútil, podríamos aseverar que Pavese no sólo se mató debido a aquel estado de desdicha que los alemanes deprimidos llaman weltschmerz, ni a la otredad que Octavio Paz definió como una individualidad irremediable entre los seres.

Pavese, al igual que muchos otros, se suicidó por amor.

Todos, en algún momento, morimos por amor.

En su diario personal, el autor de El camarada y los Diálogos con Leuco logra algunas de las frases más desgarradoras que se han escrito en la literatura europea del siglo XX. Todas sus reflexiones están cargadas de un sentido absoluto, enfrascadas en una lógica que, si bien no se aplica a la vida corriente de muchos hombres, sí logra fondear los abismos del ser humano, sus angustias, su desazón, su fracaso existencial. En cada página se puede encontrar una sentencia que detiene el tiempo entre el libro y el hombre, y obliga al afligido y desocupado lector a pensar en la metafísica de su condición, en el sinsentido de una vida voluble e imperfecta, e inevitablemente condenada al látigo de la equivocación y la culpa. “Lo bueno de haber sufrido tanto es que al final morimos como perros”, escribe la pluma del poeta, sabiendo que al final lo único que nos salva del dolor es la ironía mordaz y el humor negro, la capacidad de atacarnos a nosotros mismos sin compasión, porque en el fondo, él lo sabe: no valemos nada, ni merecemos el más mínimo respeto. Para Pavese existir es casi lo mismo que padecer. En él solo existe el desasosiego de una supervivencia infeliz por lo cambiante, lo fútil y lo miserable. La frase que titula su diario reza El oficio de vivir, oficio que nos invita a equivocarnos, a ganar y a perder, a escalar montañas cargando grandes rocas como Sísifo, a aprender las reglas del juego antes de que el juego nos triture, a saber que la “felicidad sería perfecta de no ser por la huidiza angustia de hurgar en su secreto para volverla a hallar mañana y siempre”, o a comprender, quizás, que la “felicidad está en esa angustia. Y una vez más retorna la esperanza de que acaso mañana bastará el recuerdo".

viernes, 28 de agosto de 2009

no hacerse un exitoso fracasado o un profesional triste (poemas escritos en clase)

Mientras camino por el sendero
reviso mi bolsa.
En ella guardo un cambio de zapatos
y aceite para mi lámpara.
No tengo más compañía
que los árboles de esta selva
y el sol que se alsa frente a mí
e ilumina mis pasos.

Pronto vendrá la noche.
La luna es mi consuelo.
Pensaré en una bella palabra que contenga
todo el universo.

***

Un hombre dormía
en el portal de mi puerta.
Me dijo que venía de un país lejano.
Yo lo hice pasar.
Ambos somos vagabundos, le dije;
tu caminas por valles y montañas,
yo divago por los abismos de mi alma.

***

El sol comenzó a caer
y el anciano respiró hondo
-las únicas palabras
que merecen existir
son aquellas mejores
que el silencio
-.

***

Por el bosque se acerca
un hombre.
Las sombras de los árboles
protegen su piel.
Yo lo he visto partir
mil veces.
No pasará mucho tiempo
antes de que vuelva
al campo de batalla
de su espíritu.

domingo, 23 de agosto de 2009

"No has vivido / hasta no haber estado en una / pensión de mala muerte", Chinaski.



Todo pasado, por más miserable que parezca, es siempre mejor que el triste y confuso presente. Todo pasado se puede reinventar una y otra vez, y lo que entonces marcó nuestra vida con una impronta de sufrimiento, por vía de las lagunas etílicas o por el auxilio de la simple y humana tendencia a la auto-consolación, se puede convertir en una mentira piadosa para alegrar nuestra decrepitud senil. Aun no olvido, por ejemplo, cuanta estupidez y valentía templaban mi carácter antes de que comenzara a estudiar en esta universidad de la desilusión. Vivía solo en un cuarto con goteras y una cama de tubos de aluminio con las patas a punto de abrirse de par en par. En la pensión había 9 habitaciones y un solo baño, y los inquilinos no se podían demorar más de quince minutos en la ducha so pena de que la mano nervuda y sigilosa de la casera cerrara el paso del agua y uno se viera en el aprieto, o más exactamente en el apuro, de tener que envolverse en su toalla con el jabón (y tal vez el semen) adherido a la piel para terminar de bañarse a tazones de agua en la alberca de la terraza. Esa era la ley que gobernaba, y todos la seguíamos a pie juntillas por dos razones elementales: el alquiler era barato y las pajas podían durar menos de lo que se creía; lo suficiente para salir invicto y laureado por nuestra presteza sexual.

Tenía 21 años y amaba la literatura. La pregunta obvia para cualquier mente sagaz sería cómo me mantenía vivo en esta ciudad pérfida si no tenía trabajo y la mayor parte de mi tiempo la ocupaba leyendo libros ajados a la luz mortecina de una bombilla, a verbigracia, o escribiendo en cuadernos escolares páginas enteras sobre cosas que, entonces creía por razones próximas a la lealtad conmigo mismo, no podía olvidar jamás. Lo cierto es que mi vida en aquel entonces tenía todas las características de una existencia parasitaria, y creo que eso nunca fue una molestia siempre y cuando recibiera la mensualidad que me enviaba mi madre desde la lejana y montañosa provincia en donde crecí.



La pensión quedaba en un cuarto piso, sobre una calle abarrotada de talleres de mecánica y cantinas. Yo nunca permanecía allí el día entero. En la mañana, si contaba con la suerte de encontrar un lugar vacío en la estufa de gas, preparaba en una olla negrusca comida suficiente para no flaquear hasta la noche. Bajé 10 kilos en tres meses. Mis pantalones me empezaron a escurrir. Después salía escaleras abajo y enfilaba hacia el centro. Por las calles de Medellín caminaba sin pretender llegar a ningún lugar; entraba en las bibliotecas, me sentaba en una banca de parque, charlaba con la crápula de nuestro querido y poco colonial down-town. Luego volvía a casa cuando el estómago comenzaba a gruñir y, tras un aperitivo de lentejas avinagradas, leía en mi habitación, acostado sobre esa cama que en cualquier momento se iba a desbaratar, hasta que llegaba la noche y entonces volvía mis pasos hacia los tenderetes de los buhoneros de la carrera Bolívar, bajo la vía del metro, en donde compraba mis libros y fantaseaba con la posibilidad de no ser acuchillado.

Era 1998.

La libertad era lo que más importaba.

Al principio de cada mes podía darme el gusto de sentirme seguro y en paz con mi casera. En cuanto recibía la suma que me enviaba María desde Subundoy pagaba el alquiler del cuarto y compraba el mínimo indispensable para cuatro semanas en granos y sal. Lo mejor de vivir solo es que se puede hacer de cualquier forma. Lo peor es que siempre se termina por desesperar. No obstante, aprendí que existen dos tipos de desesperación: aquella que sentía frente al desahucio de mi pobreza y de la ciudad solitaria por donde caminaba sin sentido y esa otra que se instala en el pecho en cuanto nos damos cuenta de que en algún giro de la vida nos olvidamos de nuestros sueños más recónditos y queridos.

Entonces morimos por primera vez.

Mi primera muerte ocurrió cuando entré en la universidad y lo olvidé todo: mis ideas, mi esperanza, mi libertad. De pronto entendí por qué se había suicidado Andrés Caicedo, el autor de Calicalabozo, con 60 pastillas de Seconal. Caicedo se mató porque prefería que se lo comieran los gusanos a crecer, estudiar y verse a sí mismo desde la atalaya de una longeva madurez intelectual como la caricatura de un escritor seducido por el fatalismo juvenil.

Pero mi muerte no fué definitiva.

Me abrí paso entre las fosas y comprendí un secreto esencial. ¿Cual fué? Lo dice un viejo adagio chino: sólo habiendo muerto se entra en la vida.

...

El desaliento y la angustia consumen mi corazón. Aborrezco la aparición del día, que me invita a una vida, cuya verdad y significación es dudosa para mí. Paso la noche agitado por continuas pesadillas.

Fichte.

martes, 18 de agosto de 2009

"Aquí me pongo a cantar / al compás de la vigüela..."



La única meta a la que puede aspirar un hombre preeminente es a morir con lucidez, y como los cerebros aguzados no los venden en tronquitos ni los dona la Oficina de Bienestar Estudiantil, sino que se forman a punta de alcohol y de libros inscritos dentro del Index Librorum Prohibitorum, por ejemplo, o de masturbaciones inocuas en medio de sesiones de estudio insomne, o de arte, o de ejercicios de retórica procaz, entonces esta declaración de inconformismo, emplazada hasta hoy por motivos que a usted no le importan, no tiene otra razón de ser que la de sugerir un cambio substancial en la manera como algunos jovencitos casquivanos de esta universidad piensan que debe ser la vida, por un lado, su sociedad, por el otro, su futuro profesional, su experiencia adquirida en el campo de sexo lúbrico y el amor, su felicidad, su éxito y hasta su posterior desempeño como padres y madres de una nueva generación de seres humanos tristes y sin esperanza. Este no es un manifiesto estético, ni político, ni existencial; es un escupitajo ponzoñoso sobre el rostro de todos aquellos que confían sus mas profundas esperanzas a la racionalidad que el siglo XX se encargó de deslegitimar con sus dos guerras cruentas, al fanatismo ideológico que hoy embota las mentes de cientos de marchantes imberbes contra el gobierno corrupto de nuestro país, a la formación académica como el medio más seguro para adquirir respetabilidad social mediante doctorados infames basados en investigaciones superfluas. Este es el tabernáculo de los que todavía leen a pesar de que en su casa nunca ha habido libros ni biblioteca, de los que confían en la locura y la imaginación sin que les importe su atuendo, ni el colchón mohíno sobre el que duermen, ni los zapatos rotos en época de lluvia, ni la billetera sucia que solo guarda poemas; de los que se deprimen cuando se saben solos como un perro, de los que sonríen hambrientos frente a la vitrina del pan, de los que se masturban cada día pensando en la niña más inteligente de su clase, de los que sueñan con que en otro tiempo posterior a éste trascenderán la historia gracias a su arte. Bienvenidos al único espacio para hombres y mujeres que no saben lo que quieren, pero que le apuestan a lo que Beckett llamó una búsqueda ciega por darse un sentido, y como no es nuestra culpa que en una nación donde la mitad del congreso tiene las manos manchadas de sangre la juventud se pierda en el devaneo fútil de la vida y se decida muchas veces por hendirse las venas con una navaja Gillette, pues yo personalmente he decidido darles a todos ustedes, mis queridos y lúgubres lectores, una voz de aliento en estos tiempos convulsos. Ustedes no están solos: LOS INCAPACES SOMOS MÁS. Así que no os pongáis tan cabizbajos. Una cosa buena tengo por deciros para sobrevivir a la desesperación: nec spe, nec metu.

martes, 9 de junio de 2009

los cuadernos del aprendiz



-¿Le gusta Dostoievski? Es muy humano, pero muy amargo.
-Me gustan los escritores humanos que son amargos. Me gustan los platos fuertes, la carne cruda y roja, a lo Dostoievski. En literatura no me gusta la floristería. Las rosas las prefiero en ensalada.


Jesús Zárate Moreno


(2007)

7 de junio, jueves.

En mi sueño yo era Joseph K. y tenía la cara manchada de sangre. Le exigía al dueño de la taberna información sobre el castillo. Lo tomé por el cuello de su camisa y estuve a punto de partirle la cara, cuando una fuerza magnética entró por la trastienda del negocio y se dirigió hacia mí. La fuerza atrajo toda la sangre de mi rostro hacia arriba y la dejó flotando en el aire. Poco a poco mi sangre tomó la forma de la calavera de un toro y salió de la taberna atrayendo más sangre hacia sí. Todas las casas del pequeño pueblo se vinieron abajo y en el cielo se formó una llovizna cruenta.

24 de julio, martes.

Perder el camino es muy fácil cuando estás rodeado de imbéciles. Lo difícil es volver a él. No importa cómo: abrirse paso a puñetazos; que la gente te quiera o te odie es una diferenciación inútil.

13 de agosto, lunes.

Esta es la tragicomedia de mi país: un vendedor desesperado que pasa frente a mi cuarto gritando «limones, limones, ¡hijueputa, que vendo limones!».



25 de noviembre, sábado.

Saber que la vida no tiene sentido y que el amor y la soledad son sólo transiciones entre un estado y otro, entre una mujer real y las adolecentes rusas de una revista pornográfica, y a pesar de eso asaltar los días para encontrar las horas que dedicamos al trabajo necio de leer y escribir, encontrándonos siempre con la misma ausencia de razón… ese es el camino, señor Garoglanián.



2 de diciembre, domingo.

Soñé que un paramilitar me disparaba en la cabeza.

4 de diciembre, martes.

No esperar nada de la vida ni de nosotros mismos, ni de la gente que te rodea y ve en ti algo particularmente agradable…

5 de diciembre, miércoles.

¿Qué nos ofrece la vida a cambio de todo nuestro dolor? Nos ofrece cansancio, una esposa que ya no es la muchacha bonita que conocimos, unos hijos inútiles que quieren convertirse en artistas ¿Por qué entregarle todo nuestra creatividad literaria a la vida? Por las cosas más pequeñas, que a la larga son lo único que merecen la pena: una amiga que se desgonce sobre nosotros y nunca hable después del coito, un libro que sea nuestro analgésico contra la desesperación, una comida frugal, una caminata nocturna por las calles de Subundoy…

16 de diciembre, domingo.

Tienes un problema grave, amigo.
Te encuentras solo y sin dinero;
cambiaste tu último peso por un libro de Ernest Hemingway.
Le has prometido a tu madre
que la visitarás pronto
y a tu antigua novia
que la verás en navidad.
Todos tus amigos están lejos
excepto Hernán,
y Hernán está igual o quizá
peor que tú.

22 de diciembre, sábado.

Soñé que estaba hambriento y caminaba llorando por los pasillos de mi facultad.

(2008)

4 de enero, viernes.
(Subundoy)

Tu soledad es un hecho irremediable. El hombre suele estar rodeado de personas que no significan nada en absoluto, conversa con ellas, a veces comparte algo de su vida, pero al final estas personas nunca ocupan un lugar en su corazón. Se está solo casi todo el tiempo, aun cuando nos acompañan y nos tratan bien y nos permiten comportarnos como bestias cada cuanto, en la cama con una mujer o a la mesa con la familia.



8 de enero, martes.

Tengo dos días en Medellín. Casi muero de desesperación al llegar. No dormí bien; el día amaneció gris. Siempre que vengo de Putumayo siento como si me hubieran arrancado algo y me encontrara vacío y muerto. Hoy, para colmo, el cielo está pardo y llovió durante toda la mañana. Tengo un libro de poemas de Hölderlin que aun no empiezo a leer y algunos trabajos pendientes para la universidad. Esta es mi situación: soy un estudiante pobre y hundido hasta el fondo, sin disciplina, sin trabajo, sin título profesional y no más de cinco mil pesos para la despensa.





9 de enero, miércoles.

Soñé que estaba en la cama con Audrey Hepburn y Mary Louise Brooks actuando en una película porno.




13 de enero, domingo.

Se pueden leer las máximas de Rochefoucould y prestar especial atención a la número once que reza: Las pasiones generan a menudo otras opuestas: a veces la avaricia produce la generosidad y la generosidad la avaricia; muchas veces nos decidimos por debilidad y somos temerarios por timidez. ¿A qué se refiere este moralista de la Francia renacentista? Se refiere a todos los hombres que travestimos nuestra cobardía en tenacidad y nuestra inseguridad para desempeñarnos en la vida en arrogancia y obstinación. ¿De qué otra manera puede vivir una persona si no es con una máscara?

9:45 p.m.

¿Y qué tal si me arranco esta máscara de una vez? Mi nombre es Aram Garoglanián. Cuando era un niño siempre tuve consciencia de que algo en mí era distinto de los demás. Mi primera masturbación ocurrió detrás de una puerta cuando no había nadie en casa y yo acariciaba mis nalgas con culpa. Me enamoraba fácilmente de cualquier mujer. Le temía a la oscuridad, pero el infierno siempre fue una habitación poblada de anfibios. Tenía accesos de ira. Odiaba a algunas personas y podía herirlos sin ningún remordimiento. Y, sin embargo, era un buen niño. A ratos se me daba bien la bondad. Me formé como un hombre contradictorio y la vida hizo el resto. Poco a poco descubrí que no era un galán; mi imagen, la que formó mi madre y mi padre y mis hermanos mayores, se hizo pedazos en el momento de entrar a la escuela. Descubrí por primera vez que mi cabeza sufría una desproporción con respecto al resto de mi cuerpo, que mi sonrisa no era la más distinguida y que mi estado físico no era el mejor.

Odié los espejos.

Poco a poco me convertí en una pequeña víctima de la sociedad. ¿Por qué a mí? solía pensar acostado en la cama de mis padres ¿Qué les he hecho yo? Finalmente me resigné y me hice débil. Mi carácter no tenía ninguna funcionalidad. Cuando entré al colegio era blanco de todo tipo de chistes. Pero después cambiaron las cosas. Los tiempos ya no eran los mismos, y todos aquellos que me hirieron con sus insultos quedaron relegados a un plano menor que el mío. Me hice un marihuanero temerario y cambió todo a mi al rededor. De repente, ya no era una víctima sino todo lo contrario: un ganador. Nadie se burló de mí. Nadie dijo nada más contra mí. Conocí gente interesante. Conseguí una novia bonita. Fui duro con los débiles.

17 de enero, jueves.

Soñé que Anna Ajmátova y yo leíamos un libro del joven Boris Pasternak en una estación del metro de Medellín.





18 de enero, viernes.

Escribe Mark Kramer cerrando su artículo “Reglas quebrantables para periodistas literarios”: La verdad está en los detalles de las vidas reales. ¿Cómo leer esta frasecita inofensiva sin percibir toda su potencia traslapada? La metonimia, amigo Garoglanián, mostrar la parte por el todo, el hombre común que prefigura una realidad mucho más grande y difícil de explicar.



19 de enero, sábado.

Jesús Zárate hace parte de ese grupo de autores literarios que murieron antes de ser reconocidos por la crítica como maestros en su arte. Lo que le pasó a Giuseppe Tomasi de Lampedusa cuando en 1959 le fue otorgado el Straga -el máximo galardón literario concedido a las plumas italianas- dos años después de su muerte, fue el mismo sino que repitió Zárate Moreno en 1972 al llevarse el premio Planeta con su novela póstuma La cárcel que sus hijos enviaron al certamen del concurso cinco años después de que su autor muriera en Bogotá. Junto con Pedro Gómez Valderrama, Zárate internacionalizó una literatura que hasta entonces se había quedado resguardada en la provincia. Nació en Málaga y creció en un ambiente campesino sin que aquello le impidiera agarrar los libros y leer. Fue un empedernido de Camus, de Gide, de Sartre y de toda la ola surrealista que empañó a París a principios del siglo XX y salpicó a la mayoría de países latinoamericanos. La cárcel ganó el premio Planeta y se agotó en una semana. De la novela se vendieron más de 55.000 ejemplares en toda Europa, ganándose el derecho a ser reimpresa 4 veces más entre noviembre y diciembre del mismo año en que fue publicada. El mundo reconoció en la fina ironía de Zárate Moreno a un maestro literario y, sin embargo, en este país de borregos y falsos próceres de las letras nadie menciona su nombre.



21 de enero, lunes.

¿De qué me arrepentiría si esta noche fuera la última? De no haber abandonado la universidad antes de que arruinara mi imaginación y mi amor por el arte. De no haber besado ni recibido bofetones como corresponde a un verdadero Humphrey Bogart. De no haber salido nunca de Colombia. De no haber leído los siete tomos de En busca del tiempo perdido. De no haber sodomizado a una mujer con rostro de ángel ni haber novelado todas las historias de mi tío Ismael. De no haber golpeado a alguien en la cara ni haber dejado que me rompan la nariz. De nunca haber arriesgado mi vida y nunca haber reunido valor para dejarlo todo. De nunca haberle dicho a Hernán que lo aprecio. De haber temido a la libertad.

6:30 p.m.

Vanesa, cuántas veces
te he acompañado por el parque
del pueblo,
escuchando tus sueños de adolescente
provinciana, sin saber…
¿qué será de ti cuando tu flor de
insidiosa pequeñez
se estremezca por los
vergazos cariñosos de tu
marido?

27 de enero, domingo.

Lo más difícil de conseguir es el recuerdo indeleble de aquello que tanto quieres para comprender al fin que ni el pánico, ni la tristeza, ni mucho menos la felicidad son estados oportunos.

30 de enero, miércoles.

Un ciclista demasiado viejo (Cochise. Tal vez el jardinero). Un hamaquero de barba gris y abundante estómago. Una prostituta que fue reina de belleza. Un buhonero sentado en la 52 bajo la vía del metro. Un zapatero enamorado de su trabajo. Un turista chino con los dedos nudosos que gusta de tocar los genitales de los niños. Un taxista ciego. Un escritor de 22 años. Un periodista Beat Nick. Un enano muerto por el ejército nacional. Un policía cornudo amigo de los sobornos. Un estudiante pobre que lee a Apollinaire y se masturba con regularidad. Un enfermo de sida con cara de demonio. Una película de Antonioni. El amor es un juego macabro. El sexo implica formación y madurez. El tiempo es una goma que se estira (Cortázar). La vida está llena de pequeñas decisiones. Todo gran hombre es producto de una gran casualidad. Las mujeres están hechas para acompañar a los genios. El bronceado del escote sobre las tetas de la maestra. Natalia a punto de romperme la cara. El actor de ojos saltones que me siguió hasta el departamento. Un happening dentro de un ring de boxeo. Una pila de libros en llamas. La paja rusa entre Macedonio Fernández y Juana de Ibarvauru.

9 de febrero, sábado.
(Bogotá)

El 13 de junio de 1918, en un cuarto de París, yacía convaleciente el poeta Wilhem Albert Wladimir Alexandre Apollinaire de Kostrowitzky, Guillermo Apollinaire, víctima de la gripe española que por ese entonces azotaba a Francia. Ese mismo día, una muchedumbre enfurecida recorría las calles de la ciudad gritando consignas contra el Káiser Guillermo II (¡Abajo Guillaume!). El poeta, sin noticia alguna del armisticio que se acababa de declarar y pensando que la masa no se refería a nadie más que a él, se asomó por la ventana de su buhardilla, trastabilló y se rompió la crisma contra el piso de la calle.
Así terminaron los días del poeta francés Guillermo Apollinaire, el famoso autor de Caligramas, Alcoholes y Las once mil vergas, su obra mayor. Amigo de Picasso, Paul Eluard, Lowis Aragón y André Bretón; crítico de arte y guionista de cine; autor dramático y ensayista; artillero en el regimiento N° 38 de Nîmes y tinterillo en diversas oficinas bancarias. Su vida fue un periplo de tormentos amorosos y angustias económicas, pero al final logró lo que tanto quería: convertirse en una leyenda literaria.

15 de febrero, viernes.

Una cosa debes tener presente, y es que tal vez nunca logres escribir una obra maestra.

18 de febrero, lunes.

¿Cómo hacer efectiva mi gratitud cuando no tengo trabajo, ni título universitario y solo busco ser feliz? María, si te conformaras con ver a tu hijo haciendo las cosas que más le gustan, si mi amor te sirviera de consuelo, si en este mundo alguien me pagara por soñar…

19 de febrero, martes.

El sexo es lo más importante en la vida. Has lo necesario para conseguirlo: aparenta ser feliz.




3:30 p.m.

No existe un motivo real para preocuparse.

Puedes estar tranquilo, a nadie le importa cuando haces el ridículo.

20 de febrero, miércoles.

Fracasamos porque le damos demasiada importancia a aquello en lo que quisiéramos triunfar, así que para conseguir esa obra, ese ingenio, esa vida de hombre impecable, debemos comenzar por devaluar nuestros sueños más profundos.



9 de marzo, domingo.

Todas las mujeres son, por naturaleza, inseguras y le temen a la vida. Esa es la razón por la cual se hacen de todo tipo de artimañas para aparentar lo contrario. Hablan con voz firme, pero en el fondo su carácter es como un cristal a punto de romperse. Uno tiene cuidado al hablar con ellas porque teme perder la oportunidad de llevarlas a la cama. Y, sin embargo, no existe mejor manera de llevar a la cama a una mujer que descubriendo su lado frágil y mostrándose a sí mismo como un tipo duro y frío. Entonces la seguridad que ellas necesitan para vivir normalmente la descubren en nosotros. Dixi.



2:45 p.m.

Nadie que descubra lo idiota que es creer en el amor y pensar en la mujer como un individuo único estará solo. Por el contrario, quien ve a las mujeres como posibilidades individuales estará condenado a la pena de la estulticia sexual por el resto de su vida. Todas son la misma y están en todos lados. Son una vagina ubicua.



12 de marzo, miércoles.

Uno mismo es su peor enemigo. Uno es su peor patrón y su más grande alcahueta. ¿Alguna solución? Ninguna. Pegarse un tiro.



9 de abril, miércoles.

No hay agua.
No hay agua y huelo
a francés.
Oler a francés no tiene
nada de refinado
cuando no se está
en Francia.
En Colombia somos
pobres y viles,
pero somos limpios;
nos gusta vernos bien
para agradar a las
colegialas vírgenes.
Hasta H.H. y Macaco se ven
como hombres
respetables.

Yo huelo a francés
y no tengo nada de respetabilidad.

10 de abril, jueves
(II round)

Lo idiota y hasta cómico es que, queriendo hincarle el diente a la vida, todavía me tiemblan las rodillas y se me anuda el gaznate cuando una niña feliz se me acerca para decir hola. ¿Qué hacer entonces después de haber leído tantos libros sobre el dolor del ser humano y la levedad de su existencia? Nada ¿A quién le importa lo que escribió Pavese en las páginas de su diario? ¿A quién le importa el sentimiento trágico en la vida de Unamuno y las disquicisiones de Cioran? En el fondo sigue estando la tristeza y las horas interminables sin ningún sentido y la falta de razón. Pero por encima de eso, mi queridísimo amigo, está el sexo, y ese es un hecho irremediable…

12 de abril, sábado.

Síntomas de la pigricia: cuatro libros a medio leer, tres tardes consecutivas de poltronería, una masturbación mental por cada lolita que veo en la calle, una masturbación real sentado sobre la taza del inodoro, poco tiempo para la cocina, más de nueva horas consecutivas de sueño.

20 de abril, domingo.

¿Qué esperanza me queda si no tengo plata en el bolcillo y voy con los zapatos rotos y no tengo ni una camisa limpia?

Te queda el buen humor.

1 de mayo, jueves.

Miedo a dejar pasar más de un día sin escribir y poco a poco, sin darme cuenta, comenzar a creer que la vida puede ser mejor y hasta más tranquila si evito esta dulce condena.

2 de mayo, viernes.

El cabello de C. es crespo y es lo primero en que uno se fija cuando la ve de lejos. Luego, más de cerca, uno prefiere las tetas. Las tiene grandes como una parturienta. Las tiene tan grandes y es tan inteligente que en la universidad todos dicen que a C. la inteligencia se le bajó a las tetas. Son dos bombas de carne llenas de inteligencia.



30 de mayo, sábado.

Tengo un vecino que es calvo como una bola de boliche y se parece a Michael Foucault. Todas las mañanas se levanta a regar las plantas de su jardín y siempre que me ve sonrríe como solo lo puede hacer quien piensa en una cópula apasionada con grilletes y luego se burla de su fantacía para continuar viviendo.

2 de junio, lunes.

Tengo 22 años. Muy pronto cumpliré los 23. Antes no sabía cual era el sentido de la vida. Ahora sé que la vida no tiene sentido, que es como un laberinto donde se envejece y se muere sin ninguna razón.



10 de junio, martes.

¿Qué es la felicidad? Caminar por el centro de Medellín con el estómago lleno después de haber soportado 2 días de hambre feróz.

13 de junio, viernes.

Tarde o temprano, el pasado viene en forma de hombre que te grita desde lejos y comienza a acercarse hasta que pone su nariz frente a la tuya y te pregunta cosas que tú no puedes responder con dos y tres palabras, sino que necesitarías de toda una tarde para que al tipo que entonces ya ha pasado su brazo por tu cuello le quede bien claro que las cosas ahora son distintas, que la vida, después de tantos días y noches de dolor, finalmente te ha cambiado.



17 de junio, martes.

Querer escribir y no poder hacerlo, después de tantos años, sólo significa una cosa, que tu vida ahora es demasiado cómoda, demasiado sosegada, y ya no necesitas escribir porque hacerlo, para ti, siempre fue un acto de desesperación, y la desesperación está muy lejos de ser lo que sientes.

31 de julio, jueves.

Ahora hago una pequeña reflexión: en la vida de los jóvenes, sobre todo de los adolecentes, suele haber hechos que desencadenan ciertos grados de confusión. Es normal, el adolecente, se sabe, cruza por una etapa de descubrimiento y extrema sensibilidad, pero su confusión ante todo esto que le pasa sería, en lo posible, más tolerable, si se pudiera expresar. Es decir, si cada joven tuviera de su parte todo el poder de la palabra podría convertir sus padecimientos en expresión de algo, y por tanto, tal y como en una especie de catarsis, él mismo tendría un poco más claro lo que le pasa. Es tan importante enseñarle a hablar y a manipular de una manera adecuada el lenguaje a un niño como enseñarle a caminar para que finalmente corra y se salve de sus enemigos. Los fantasmas que nos atormentan, y me incluyo a mí mismo porque yo también soy un adolecente, solo pueden ser liberados por medio de la palabra.




7 de agosto, jueves

No puedo dejar pasar este día sin dedicar algunas palabras a nuestro ejército nacional: gracias por asesinar campesinos inocentes; sin ustedes este sería un país lleno de sospechosos.

11:15 p.m.

Crecer y verse sin rumbo en la vida. No tiene caso. Los seres como yo somos de naturaleza inconforme, y es bueno vivir así, insatisfecho, aunque eso signifique cambiar continuamente de camino. ¿Acaso puede haber una mentira más grande que la de llevar un solo rumbo y pensar que ese es el correcto? Falso; solo un idiota feliz pensaría de esa forma.



9 de agosto, sádbado.

Quiero dejar claro en esta nota que yo sí creo en la democracia colombiana ¿Acaso existe algo más democrático que la muerte?

24 de septiembre, miércoles.

¿Necesitas una motivación para trabajar? Piensa en tu padre esquivando las balas del comandante Pulido; piensa en tu madre huyendo de la guerra. Piensa en tu tío Ismael arrodillado con un revólver en la boca y en tu tío Rodrigo escabulléndose por encima de los tejados de la vereda. Pero sobre todo piensa en los que no tuvieron la suerte de escapar y murieron a manos de gente bárbara.

16 de octubre, jueves.

La libertad llevada a su máxima expresión: una horda de estudiantes destruyendo el internado. Hay mala comida, pero también hay sexo. Y, sobre todo, un mecanismo: las ideas. Anarquismo juvenil; lucha contra todo lo establecido. Bakunin en el corazón de cada hombre. Destruyan los salones; quemen el oratorio; la única verdad que vale la pena comienza con la vehemencia y el resquebrajamiento. Un corazón que late con pasión vale más que todas las milicias juntas.




17 de octubre, viernes.

Tengo amigos que escriben discursos
sobre verdades incuestionables.
Yo, en mi caso, he renunciado a los sectarismos,
y a los cánones y a los dogmas.
No tengo una verdad, sino muchas
verdades,
y cada día me levanto apreciando
el paisaje que existe tras mi
ventana
de un modo distinto.
No soy uno, sino muchos,
y le doy a cada una de mis partes
su parte de razón.

8 de diciembre, lunes.

Acuérdese usted del cuento de aquel clérigo inglés que prestaba sus últimos auxilios a un bandido siciliano. Este, en su lecho de muerte, le dijo: -yo no tengo dinero con que pagarle, pero puedo darle un buen consejo para toda la vida: el pulgar en la hoja y herir para arriba-

El hombre que fue jueves

(2009)

21 de enero, miércoles.

Un consejo: que no te dé miedo decepcionarte de ese escritor norteamericano del que esperabas un corpus de obras profundamente humanas, con buenas tramas y excelente calidad literaria. No hay ninguna razón para seguir leyendo un libro que no te gusta. Miller escribió muchas páginas, y algunas de ellas valen lo suficiente para hacerse de un buen lugar en el panteón de la fama, pero eso no significa que toda su obra valga la pena. Basura. Un hombre debe leer sólo aquellos libros que lo redescubren.

22 de enero, jueves.

No importa cuan mal creamos estar, las cosas nunca son como parecen. Siempre queda una esperanza, y cuando ésta se acaba queda la tranquilidad, la serena y siempre lúcida tranquilidad del que no tiene nada a lo que aferrarse ni nada que perder. Al final, también nos queda un poco de humor que nos acompañará hasta la muerte, y el sacrificio último que es morir completamente solos en una habitación alquilada.




3:00 p.m.

Lo único que me llena de esperanza:
Un joven aprendiz de poeta
que se masturba imaginando desnuda a la
bibliotecaria
que registró a su nombre
un libro de Giuseppe Ungaretti.



23 de enero, viernes.

¿Para qué escribo? para que algún día una mujer bonita me lea y se enamore de mí.

26 de enero, lunes.

Quiero descubrir en cada libro
el secreto de todos los hombres,
en cada canción un
destino infranqueable;
deseo que el amor
se manifieste en cada una
de mis decisiones,
y que el conocimiento,
ese legado de la humanidad,
bello, infinito,
se cuele entre mis razones
como una verdad básica.

Quiero aprender y que otros aprendan de mí
sin pronunciar un solo discurso.
Quiero hacerme paciente y callado
como la naturaleza,
y que cada hombre se haga
de su propia belleza
y de su propia manera
de darce un sentido.

7 de febrero, domingo.

Algunos artistas son recordados por su obra. Otros la trascienden y se convierten en Mito. Ese el caso de Van Gogh, de Claudel o de Hölderlin. Pero existe un ejemplo adicional que es mucho más cercano: Charles Bukowsky. Este hombre decidió convertirse en escritor a la tierna edad en que su padre –un nazi de cara espantosa- aun podía desgonzarle el cráneo del espinazo, o sea muy pequeño, y sus temas eran casi siempre los mismos: el sexo de las mujeres y la violencia juvenil. Sin embargo, no fue sino hasta que pasaron varias décadas –en las que el alcohol no faltó, ni faltaron las guarichas ni las malas compañías- cuando Bukowsky decidió dejar su trabajo como cartero y hacerse a la humilde y desagradecida labor literaria. Pagó varios cuartos en los peores hospedajes de Nueva Orleans y luego en New York. Vagó –como solo lo puede hacer quien no busca nada en la vida- por las calles más oscuras y frías de la ciudad. Le gustaba la música clásica, y por eso nunca pudo ser completamente malo. La música de Mahler calmaba su espíritu homicida, aunque esta forma de criminalidad despreciable habría sido solo una de las cosas que él habría podido ser. Bukowsky pudo haber sido un yonqui, como Burroughs, pudo haber sido el chulo de una prostituta asquerosa, pudo haber sido un violaniñas o, como su padre, el esposo diabólico de una mujer fea y sumisa. El hecho, para nuestra fortuna, es que decidió ser escritor, decidió convertirce en un vagabundo ejemplar, en un dixómano consagrado, en un crápula y en un putañero honorable, y por eso debemos estar agradecidos...

Newer Posts