lunes, 11 de julio de 2011

Perder el tiempo es permitir que nos distraiga la soledad, sentir pena por lo que perdemos, desear lo que no tenemos.

Quieres poseer el tiempo.
Eres el tiempo,
el dueño de los espasmos del tiempo.
La ola que duerme
bajo el mar embravecido.
El dolor te ha hecho duro,
pero la música te emblandece el corazón.
No tienes nada en absoluto que pueda valer
lo que vale un sueño enloquecido
de adolescente inmortal…
Furia o amor
son la misma maldición:
un hombre que se crucifica frente a un espejo invisible.

domingo, 3 de julio de 2011

no pretender ser nadie (por mal camino he de aprender)

Me descubro hoy como el tripulante
de una nave fantasma.
El mar se parte en dos
para que los sueños de un anciano
pasen y se refugien al otro lado del desierto.
No sé qué es ni cuándo seré
ni en dónde estaremos cuando nos volvamos a encontrar.
Sé que soy yo, pero no sé lo que soy.
Sólo lo sospecho.

Soy una intuición de libertad.

sábado, 25 de junio de 2011

this is about freedom













lunes, 30 de mayo de 2011

En el marco de la breve historia de un individuo


El alma de los hombres está en constante movimiento. La puerta que separa mi carne del infinito. El auto que acelera hacia una montaña en llamas. Un adolescente encerrado en un cuarto diminuto, sin pasta para el tabaco y a punto de morir de soledad. Los amigos que ya no volverás a ver nunca. El gato que se frota contra las piernas de Sandy. Las uñas rojas de la secretaria en cinta. Y notas que la chica que se ha subido al autobús y se pavonea frente a ti está perfecta para follar y abrazarla un par de horas en la cama, pero ¿quién va a querer salir con un falso estudiante, sin seguridad médica, sin trabajo, sin futuro en el magisterio del éxito profesional? Subes al vehículo y le entregas tu tiquete estudiantil al gordo que está al volante. ¿Es eso una erección? ¿Lo es? ¿Lo es? El deseo es una mezcla de semen y soledad, y entonces observas el rostro de la colegiala entre las figuras inútiles de los demás pasajeros. Un túnel infinito entre tus cojones y su clítoris es suficiente razón para echarse a llorar. Medellín es una dama que fuma cigarrillos mientras se sumerge en gasolina. Las calles son como sombras absurdas en un bosque poblado de criaturas y edificios siniestros. Tu erección es lo único que podría contradecir tu falta de fe en el amor y la compañía. Tu sufrimiento no existe, pero tampoco la felicidad, y ya es hora de crecer un poco, trabajar, tener un perro o quizá algunos hijos. Te sientes solo en la universidad, pero siempre estás solo. Vienes a casa y lloras un poco y luego recuerdas tu sueño. La imaginación lo es todo. Tu cuerpo es una pobre carroña, pero mientras haya imaginación estás salvado. ¿Cómo se crea de la nada una forma bella? Hurgas en tu espíritu. Fumas un cigarrillo. Sabes que la soledad será larga y más te vale aprovecharla. Dios es quien besa mi boca en el espejo. ¿Cuánta soledad serás capaz de soportar antes de volverte loco? La felicidad se esfuma y en su lugar sólo queda el espíritu: la lucidez. Comprender tu vida a través de la imaginación es saber lo que podría llegar a ser aunque no lo sea nunca. Y bajas del autobús y caminas por Medellín y todo parece azul neutro, o margarita, pero nadie te espera en ninguna parte. El perro que arrastra su culo sobre el piso de la enfermería. Una mujer. Una imagen. Un punk de cresta roja que bebe cerveza y piensa en los aeroplanos. Saber que se está caminando en la dirección correcta, pero sin saber a dónde. Incertidumbre. ¿Cuántas flores guarda mi alma? Procuro buscar la soledad y la desestabilización. El amor es infinito, pero el pánico es más efectivo en algunos momentos. Tres jabalíes blancos que flotan sobre la selva espumosa de tu espíritu. Me niego a utilizar mi inteligencia, a riesgo de que el infinito se convierta en orgullo. Todas las mañanas veo el mismo demonio junto a mí. No tolero a mis amigos, que esperan algo que yo jamás les podré dar. ¿Qué tan fuerte puede ser un sueño?

viernes, 28 de enero de 2011

La curación por el espíritu, de Stefan Zweig



En un tiempo en donde la ciencia y la razón lo son todo y en donde además pululan las personas repulsivas en el poder y los que creen o sospechan que algo anda mal se convierten en estiércol social o en comidilla para la desazón, para el fracaso, para la autoflagelación; en un tiempo así no queda otra opción que salvarse por medio del espíritu.

Esa es la tesis de Stefan Zweig en un libro de 450 páginas que escribió para no suicidarse antes de tiempo. ¿Cómo sabe uno cuál es la verdadera hora de nuestra muerte? Cuando ya no se puede hacer otra cosa que matarse. ¿Cómo sabe uno que aun no se puede volver loco? Cuando ya no se puede hacer más que sucumbir al pánico y la desesperación. ¿Y qué viene después?

Rta: el comienzo de algo, de cualquier cosa.

Pero ésta entrada no va discurrir sobre las zonas oscuras del alma humana, más bien se va a limitar a comentar el trabajo de un escritor fundamental, de un judío escarmentado, de un santo.

El libro de Zweig se divide en tres partes. Comienza con la biografía de un alemán a quien le parece que los imanes están cargados de una energía milagrosa que puede llegar a curar. Ése es Mesmer. Luego el mismo alemán descubre que los imanes no sirven para una mierda, sino que el alivio deriva de la sugestión que él mismo logra sobre sus pacientes. ¿Por qué?, se pregunta Mesmer, pero el pobre lunático se muere antes de encontrar una respuesta.

La segunda parte está dirigida a la vida y obra de Mary Baker-Eddy, muy conocida a principios del siglo pasado por ser la fundadora de una de las sectas religiosas más prósperas en todo el mundo: La ciencia cristiana. Mary Baker decía que el mundo real era una ilusión, pero su chocho siempre estuvo lo suficientemente caliente como para meterle dulcemente los dólares que ganó con su doctrina. Todo es una ilusión, decía la madre Mary a sus discípulos, y después se murió y su cuerpo fue enterrado en un ataúd de oro de 87 quilates.

Después Stefan Zweig escribe un opúsculo sobre la figura de Sigmund Freud. Aquí termina el libro y la conclusión es que el hombre no puede reprimir los deseos de su espíritu si es que quiere evitar los estados de histeria nerviosa. ¿Pero entonces qué debe hacer el hombre? Seguir los deseos de su inconsciente. ¿Y cuál es ése inconsciente, en dónde está? Ese es el espíritu de los hombres. No se sabe cómo coño llegó ahí, pero está formado de maldad y bondad al mismo tiempo. Nos puede hacer follar con amor o con perversión, con mística o con la verga henchida de maldad y morbo.

MORBO MORBO MORBO: relamo mis los labios.

Eso somos nosotros. Los dioses están locos.

jueves, 20 de enero de 2011

McOndo, la antología



Si algo hemos aprendido de Alberto Fuguet y de McOndo S.L. es que los escritores post-boom pueden escribir como Jaime Bayly sin sentir vergüenza. Eso no tiene discusión. También comprendimos que los movimientos literarios son sólo un lugar común en el que se encuentran uno o dos escritores sobresalientes y una suma mayor de parroquianos dispuestos a vender el alma por una publicación. Esas son dos cosas. Lo que además de todo pudimos asimilar es que si un aprendiz de escritor quiere llegar a crear una obra maestra debe hacerlo con un estilo totalmente distinto al del mainstream del momento. El ejemplo más claro de esto es el que cimentó la obra de Roberto Bolaño, que vivió al margen de toda su generación mientras Santiago Gamboa perseguía la sombra de la vieja escuela y se iba de putas en parís y se hacía pupilo de Julio Ramón Ribeyro. Eso en el caso colombiano. Por otra parte, el resto de quienes en el 96 apostillaron su nombre a la antología de Fuguet y Sergio Ramirez se encontraron en una encrucijada de perspectivas: el pop, la cocaína, la ciudad, el desencanto, pero jamás lograron encontrar la médula que proponía su propia forma de hacer literatura. Sólo uno: Rodrigo Fresán, que es el caso argentino y que aparece en ésta línea discursiva precisamente para confirmar mi teoría de que las vanguardias son sólo un grupo de polisones que se embarcan en un velero mercante, le venden su culo al mejor postor, y luego zozobran, dejando uno o dos sobrevivientes.

La generación de McOndo hiso un gran trabajo. Les dijo a los nuevos escritores cómo era que no se debía escribir, pero hasta eso está bien si pensamos en la dialéctica histórica. Ahora los que quedamos sabemos que es mejor rehuir todo tipo de colectividad si queremos dar con una sola página que valga la pena. Antes que asociarse en compuestos gremiales se hace necesaria la segregación. Un verdadero escritor no se forma dentro de un velero mercante, que es la forma en que Fuguet decidió establecerse a sí mismo y a su obra, sino que se lanza al mar montado sobre una cáscara de nuez en la que sólo caben él y sus sueños, y una estufa y un colchón. Claro que para un grupo de individuos sin espíritu de renuncia la única manera de sobrevivir en la selva de las editoriales es uniendo sus fuerzas, y es ahí en donde aparece McOndo con su brazo unificador, que de paso le zanjó al mundo el problema de la identidad hispanoamericana con una respuesta clara: los escritores hispanos no tienen identidad, sino que son los hijos huérfanos de una madre que los parió en una alcantarilla de residuos culturales, entre los miasmas de España y Estados Unidos y las deyecciones que el narcotráfico ha esparcido en México y Colombia.

¿Cuántos árboles se talan al día para que se pueda imprimir un tiraje considerablemente alto de libros basura? Una pregunta lanzada al aire. Pensemos en McOndo. Se sabe de marras que los novelistas escriben lo que pueden, lo que está dentro de sus posibilidades. No lo que quieren. Sin embargo, un mal novelista que logra ser publicado es ya un criminal ecológico y un contaminador de cerebros en masa, pues en el sólo hecho de contratar con una editorial se puede entrever el uso indiscriminado de papel para copiar y la amenaza de un número indeterminado de libros que no vale la pena leer en el mercado.

Jaime Bayly escribe como un mariquita demasiado lúcido para prestarle atención a la calidad literaria de sus libros. Fuguet escribe como un mariquita que sí se preocupa por la forma y el contenido de sus libros, pero ninguno ha logrado nada verdaderamente laudable en el oficio de Capote y Henry James…

¿continuará?

sábado, 18 de diciembre de 2010

Condones, goteras diplomáticas y otros archivos orgánicos, por Beatriz Preciado



Es posible que un día recordamos el 7 de diciembre-cuando Julian Assange, el creador de Wikileaks, fue arrestado en Londres-como el inicio de una batalla sangrienta (tan definitoria de nuestra época como lo fueron en el siglo XVI la colonización de América o las guerras de religiones en la Europa central) entre la antigua comprensión democrática y liberal del poder y su relación con los medios de comunicación de masas y el inicio de una nueva teoría de la democracia como un acceso público , no restringido, a la información ya las tecnologías de producción de verdad.

Es interesante detenerse en los insólitos cargos contra Assange, que podrían dar lugar a una eventual extradición a Suecia o en Estados Unidos. Assange no ha sido detenido por sus actividades al frente de Wikileaks, como fue anunciado por el Congreso americano desde que se hicieron públicos en julio los documentos sobre la guerra en Afganistán, sino por "ofensa sexual", y fue reclamado por las autoridades suecas por dos acusaciones de "coerción ilegal, acoso sexual y violación". Scotland Yard afirma: "Los cargos se refieren a dos encuentros sexuales que, según las dos denunciantes, empezaron de manera consensuada pero que dejaron de ser consentidas cuando Assange no utilizó condón".


No sé si Scotland Yard ha puesto de acuerdo con Benedicto XVI, pero un condón no había tenido nunca tanto valor geopolítico. Aunque Kafka nos enseñó que lo importante no son los cargos sino el mismo proceso de acusación, tal vez hay que preguntarse por qué el gobierno sueco y Scotland Yard han escogido entre todas las posibles acusaciones la figura de la violación y el corolario del condón para encarcelar Assange.
Les propongo que interpretamos la acusación contra Assange como la materialización jurídica de una metáfora sexopolítica. Dicho de otro modo, los gobiernos nacionales han expresado como una "violación" contra la soberanía sexual del cuerpo individual (de dos mujeres suecas) la amenaza que para los límites de los cuerpos políticos de los estados nación ha supuesto la posible difusión pública de más de 250.000 cables diplomáticos a través de Wikileaks. Este desplazamiento se debe a la imposibilidad de trazar los límites orgánicos de los actuales estados nación. Resulta más operativo reclamar que lo que ha sido violado es el cuerpo individual (y, evidentemente, cuando se trata del cuerpo, sólo puede ser el femenino).


Los estados nación actuales son ficciones decimonónicas con unos límites que se ven comprometidos por el mismo acceso a la globalización. En el capitalismo neoliberal dominado por relaciones financieras de carácter global y por ingentes intercambios de signos inmateriales, dígitos e información, los límites del cuerpo del estado nación no pueden ser marcados de manera efectiva ni ser contenidos por sus fronteras territoriales. Por decirlo de otra manera: los estados nación funcionan hoy como las líneas aéreas: cultivan, mientras vuelan, la ilusión nacional-Aeroméxico sigue sirviendo enchiladas con carne y Air France nos invita a vino de Burdeos para que el viajero siga creyendo que pisa suelo nacional a pesar de ser en las nubes-. Hacer público en internet el detalle de los intercambios diplomáticos (que no sólo muestra el lamentable estado de las cocinas, sino que también demuestra que las enchiladas son made in USA y que el vino de Burdeos proviene de las cepas sintéticos de Dubai) deshace la ilusión de la soberanía nacional y descubre los menús globales de las diplomacias nacionales.


El cuerpo de las dos mujeres suecas es el cuerpo elegido para simbolizar la sustitución del cuerpo del estado nación-puro, casto, inviolable-que Assange (o Wikileaks) habría ultrajado. De ahí la importancia simbólica del condón. Follar con condón, en este juego de sustitución de cuerpos políticos, equivale a haber obtenido los cables diplomáticos (una especie de fluido seminal de los gobiernos) y mantenerlos en secreto, preservando la fuga de la información en el espacio público. Esto habría sido "sexo consentido", mientras que poner en circulación la información de manera pública es amenazar la inmunidad honor del estado nación y, de paso, la del cuerpo femenino. He aquí el delito: Wikileaks lo ha hecho con el estado nación sin consentimiento y sin condón. Y la violación: Wikileaks está reconfigurando las relaciones entre los espacios privados y públicos, entre la propiedad y lo común, entre la verdad y el secreto, entre política y pornografía. El paso del Assange violador en Wikileaks terrorista será simplemente una cuestión de extensión del dominio de la metáfora.

por BEATRIZ PRECIADO.
Universidad Paris VIII
(traducción del catalán al español)
ARA 12/14/2010

Artículo disponible en: e-sevilla.org

domingo, 5 de diciembre de 2010

El oficio más bonito del mundo



Lo realmente bueno de éste invierno es que unos pocos elegidos hemos podido recuperar la buena salud. Ya no hay tanta bilis, ni dispepsia, ni furia por culpa de la sentina de basura que Sardanápalo quería esconder con un tercer mandato presidencial. La lluvia logró hacernos creer que estamos en Venecia o en Holanda, o en cualquier lugar más tranquilo y saludable que ésta república bananera, en donde se debe tomar la decisión de no escribir sobre política si se quiere conservar el buen funcionamiento del sistema digestivo.

Yo no escribo sobre política porque no es posible hacerlo sin correr el riesgo de dictar una cátedra. No importa cuántos argumentos inteligibles se utilicen en un discurso, todo adoctrinamiento implica un poco de idiotez del que escucha y algo de perspicacia del que habla, y a mí no me importa convencer a los mentecatos de ésta universidad ni mucho menos prohibirles que crean en algo para que no se suiciden. Si alguna vez denuncié la corrupción del gobierno de Sardanápalo fue en un momento de debilidad, como cuando los pecadores se sienten culpables y buscan a Dios. Buscamos un ideal o algo en que creer cuando nos sentimos miserables, y como la mayoría de los periodistas son unos miserables, entonces se dedican a creer en el hecho de que pueden arreglar el mundo por medio de su trabajo, del servicio social, de la investigación. Ellos creen en la justicia, en las convicciones éticas, en el paradigma de la redención, y si alguien les dice que nada de eso existe se vuelven locos como changos y les da por culearse entre todos.

Yo no los puedo culpar. También yo pensé así antes de convertirme en un hombre perfecto, y también me volví loco y me dieron ganas de culear cuando descubrí la verdad. Lo que sucede es que a veces me siento solo y me dan ganas de tener una charla lúcida con alguno de mis colegas, pero ninguno de ellos duda de su apostolado. Cambiarles la forma de pensar es una sandez y una pérdida de tiempo, pero a veces quisiera que reaccionaran para dejar de ser un pobre genio incomprendido. Un erudito. Un sabio insomne. Alguien que no puede dormir porque no tiene eso que llaman “tranquilidad de consciencia”, ni cree en nada. Un agnóstico.

(La única verdad es que no existe una verdad JIJIJIJIJIJIJIJIJIJIJIJIJIJIJIJIJIJI)

Lo irónico es cuando los periodistas se sienten en la autoridad moral para repudiar las acciones que van en contra de la ley. Juzgarse mejor que alguien porque se es más bueno que él es el error moral más popular del cristianismo. Y ahora ni siquiera es un error de índole moral, sino de carácter cívico. La moralidad y el civismo impiden el desarrollo de la inteligencia humana. Los periodistas no sólo creen en Dios, en la lucha contra la injusticia (y con eso ya se sienten totalmente seguros de sí); también creen en la obediencia del ciudadano y en las leyes de la república democrática. La ley es su doctrina fundamental. El periodismo colombiano sufre de un exceso de buena fe en la ley, de amor hacia la legislación y la democracia representativa.

En realidad, los reporteros del mañana están sujetos a demasiadas cosas para hacer un periodismo serio. No yo, por supuesto, que decidí crear el género del Periodismo Delincuencial. Estoy convencido de que el problema de las estudiantes del oficio más bonito del mundo es que le han estado apuntando al ideal que no es. Le han estado apuntando a la Justicia, cuando la idea es hacer todo lo contrario: defender la injusticia, amparar a los poderosos. No hay mejor forma de llenar de rabia a una masa de hombres y mujeres sin cerebro que haciéndoles creer que no existe la posibilidad de ecuanimidad en éste país. Así estallan las revoluciones, las revueltas, las subversiones. Hoy día ya no se puede trasgredir casi nada.

Post – scriptum: me impacienta que revistas serias como Semana no se hayan dado cuenta de mi punto de vista, a pesar de haberle enviado múltiples misivas a su director, y hoy vengan a publicar un artículo tan injusto contra los Nule y el ex congresista Germen Olano.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Viaje al final de la noche, de L. F. Céline



Era un tipo que fue soldado en la primera guerra mundial y luego trabajó en una colonia francesa de África hasta que se quiso cortar la pija y después se fue para Nueva York. Ésa es la primera parte de Viaje al final de la noche. 300 páginas de genialidad pura. Aquel adolescente que haya superado sus ganas de suicidarse por desamor o porque vivir no tiene ningún sentido para él encontrará en la escritura de Céline una razón mucho más importante para reconsiderar su patetismo: hay que suicidarse para no volverse un cabrón. Hay que suicidarse para no convertirse en un chulo so guarro como la mayoría de los hombres, que crecen y jalan y llenan el mundo de críos infelices y con hambre.

Querer vivir significa no crecer. Querer vivir significa convertirse en todo lo que la gente odia: un hombre honesto, libre, pendenciero. Un perro de mala sangre. Un perro romántico. Un zorro dispuesto a jugarse el pellejo por un bocado santidad. O por una conquista de las que sí sirven para algo, como cuando vemos que nuestra vida da asco y decidimos cambiarla. Eso sí es algo por lo que vale la pena seguir viviendo. En la vida nos enseñan a desear una chorrada de mentiras imprescindibles por las que creemos que vale la pena continuar, pero no es más que un montón de basura: un título, una mujer, una ideología y un juego de llaves para todo lo que resta y que por lo demás nos da miedo perder. Calzonazos. Hay que deshacernos de toda ésa herencia de falacias, dice Céline. Es mejor matarse antes que llegar a eso. Vivir solo es una posibilidad cuando decidimos no seguir el camino de los demás, sino el nuestro.

Ésa es una gran conquista.

Algunos ponen a prueba su resistencia para alcanzar las cosas más pequeñas que existen. Diñan todo lo que tienen por una causa insignificante, un sueño, una verdad. Por ejemplo, el personaje principal de Viaje al final de la noche es un galo antisocial que sabe que alcanzar un sueño es una conquista siempre y cuando el sueño sea inalcanzable. Despertar un día y lograr amar a una sola mujer por más de dos horas. Eso es un sueño inalcanzable. Y él lucha por sus sueños, pero antes debe enfrentar las circunstancias que lo rodean: una guerra mundial, el nacionalismo de las mujeres que se folla, la pobreza de su país, su propia miseria. La miseria de los demás, que es un charco de egoísmo y mezquindad en el que se zambullen todos los pobres. Y también la estupidez de Francia, que es otro charco, pero más grande, y estipulado solamente para los franceses.

Hasta en eso somos egoístas los hombres. Todos tenemos que lidiar en el charco de nuestro propio país, y si se puede en nuestro propio pueblo, porque en las ciudades no hay trabajo ni universidad ni sexo para los provincianos.

Pero el hecho es que a Ferdinand, que es como se llama el personaje, le valía un cojón su propio país, y por eso desertó de la guerra y se fue para África, a trabajar en una factoría en medio de la selva en donde debía intercambiar productos con los aborígenes. Allá también se cansó. Su trabajo no le inspiraba ni una paja. Entonces decidió echarse a morir y casi casi volverse loco. El imperio francés no era más que el dominio de unos blancos infames, representantes de todo lo europeo, sobre el salvajismo y la idiotez de unos cuantos negros muertos de hambre. Y Ferdinand vio eso, pero a la vez le valió lo que vale la inteligencia y la filosofía en estos días: nada, un culo. Se fue, no por indignación, sino porque no soportaba las condiciones de miseria en las que vivía, y cincuenta páginas más adelante ya estaba en Nueva York enamorado de una churriana.

Después se hace doctor y vuelve a París a trabajar en los arrabales. Y hasta aquí va mi lectura de Céline. En estos días uno no puede leer un libro de más de 600 páginas sin dejar de lado que hay otros siete títulos esperando. Han pasado más de 30 años de comer, berrear, perseguir sueños, en fin, vivir, y sigo sin ser un lector juicioso. En todo caso, siempre se me olvida todo lo que leo, así que lo que falta de la historia se lo dejo a la diligencia de los blogueros curiosos.

Sólo una cosa, el mejor sitio para leer es aquel lugar en donde no hay esperanza ni miedo, ni amigos ni nada. Sólo una calle fría y oscura, al final de la noche.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Bagatela para una crusificción



Odio a los negros, a los judíos, ¿a quién más odio? ¡Ah, sí! También odio a los homosexuales, a los colombianos, a los paisas sobre todo. A los paisas los odio más. Los odio porque todo lo resuelven con tiros de pistola y con sobornos y con más odio. Esa es la razón de mi ira. Pero odio muchas cosas más aparte de la gente que vive en Antioquia: odio a las mayorías asquerosas, al animal de las cien mil cabezas, al mito de la democracia eficaz y el Estado cuasi-perfecto. Superchería idealista. Fantasías hegelianas. Lo único que en realidad vale es el individuo en sí, y no cualquier mequetrefe solitario: un individuo capaz de enfrentarse él solo al poder de una masa que lo supera en número. Un héroe. Esa es una buena denominación. Un payaso dispuesto a crucificarse.

¿Por qué creer en la verdad de una mayoría que es incapaz de entender otras verdades, que es incapaz de poner en duda su propia verdad, que es incapaz de reírse de su verdad? Está bien: ellos tienen la razón y los pobres diablos como yo tenemos que acatar las decisiones de la multitud. Hasta ahí llega la democracia. Las muchedumbres no reflexionan nunca sobre sus convicciones. Les basta ganar los comicios e imponer sus ideas, traspasarlas, sistematizarlas en un modelo de educación, pero no merecen ningún respeto. Soplapollas. Lameculos. Son incapaces de soportar a alguien como yo, que los irrita, o a alguien como Celine, que les encona las hemorroides. Son incapaces de soportar a Vallejo y a Houellebecque. A Boris Vian, a Ambroice Bierce. Les emputa. Los encabrona el hecho de que alguien ponga en duda la seriedad de su doctrina política, de su ideología humana. Puede que tengan la razón. Eso no lo duda nadie, pero actúan como autómatas de mierda.

Esa es mi verdad.

Bastardos.

Ustedes mataron a Celine y despreciaron su obra. El genio y la controvertida vida del mejor escritor francés del siglo XX superó su entendimiento. Yo también superé el entendimiento de cierta damisela que me twitteó para declararme su mala leche, pero eso no se compara en nada con la aptitud del autor de Viaje al fin de la noche, que escogió hacerse anti-semita, colaboracionista y hitleriano en un momento en donde todo el gremio artístico de los países que participaron en la guerra contra Alemania estaban convencidos de su posición moral. Está bien: fue un mal momento para transgredir la lucha contra el fascismo, pero eso no significa nada en términos literarios. La obra de Celine sigue echando chispas, y aquel gaznápiro que la demerite o la eluda por la bandera política del artista que la garrapateó no se puede considerar otra cosa que un pobre cabezadeverga.

Celine, más que fascista, fue un anarquista, mi querido lector cabezadeverga.

Por eso es que no tolero a la gente con convicción. Los odio a todos. La democracia colombiana les da demasiado poder. La izquierda con convicción refuta la obra de Borges. Lo acusan. Lo empapelan. Lo censuran por sus simpatías con la ultraderecha latinoamericana. Los diestros, en cambio, son más apaciguados: saben que García Márquez es un idiota, un adlátere de Castro, un costeño esmirriado, pero lo siguen leyendo y no caben en su asombro. En ese sentido, me cae mejor la derecha. En ese sentido me cae mejor Borges que cualquier otro escritor comprometido con las causas sociales y el proletariado.

El acto artístico nada tiene que ver con la moral. Wagner es la prueba de eso, pero así trabajan los hombres con convicción: forman partidos de asco y luego se encargan de convencer a más gente y luego se toman el poder. Luego se vuelven intocables. Administran el modo en que se debe pensar. Rechazan toda aquella expresión que no sea aceptable para su moral y su doctrina. Rechazan a Celine. Rechazan a Stanislaus Bhör. Me rechazan a mí, que sólo soy un bloguero triste con una mente superdotada y 30 centímetros de mondá.

La respuesta a ésta conducta se encuentra en la dialéctica histórica: la insuficiencia mental de las mayorías colombianas se debe a un proceso en el tiempo que finalmente redundó en la estupidez. La finalidad de la historia humana no es un Estado perfecto, sino nuestra autoliquidación. Esta es la introducción para otro envía que aparecerá en unos días, titulado Celine se caga en vuestra puta madre, en donde se hará una crítica bastante cercana al ditirambo de la obra más famosa del escritor facho más importante de Francia.

viernes, 5 de noviembre de 2010

25 años del holoCAUSTO

La marihuana: Memorias del olvido Por: ANTONIO CABALLERO



La primera vez que fume marihuana fue… ¿cuándo fue? No me acuerdo. La marihuana destiñe la memoria: no deja más que unos borrones blanquecinos, vagos como nubes, signos con tiza desdibujados sobre un tablero negro de pizarra.

Pero sí sé que la primera vez que fumé marihuana no era marihuana, sino haschisch, o hachís, o kif, como lo llaman en Marruecos, de donde provenía el de mi ceremonia iniciática. El haschisch de los moros es la misma sustancia que en India llaman charas, y es más potente que la ganja y que el simple bhang. Es la resina pura de la cannnabis índica, subespecie de la sativa que, a su vez, etcétera, etcétera. En fin: las notas eruditas se las pueden saltar. Digo que la primera vez que fumé marihuana no era marihuana porque en París, donde yo vivía por entonces, no la había. Había kif marroquí, que se fumaba en pipa. No me gustó. Recuerdo el humo azul, tirando a verdoso, curiosamente horizontal. Era invierno, hacía frío. El sabor caliente y metálico de la pipa me secó la garganta. Me dio algo parecido a la náusea. Me acosté tiritando.
Meses más tarde, en Colombia, fumé marihuana de verdad, hierba de la Sierra Nevada. O sea —nota erudita—, bhang, que se obtiene por la trituración de hojas, tallos y semillas. Me encantó el olor, me gustó el sabor, y el crepitar de las semillas que a veces estallaban en el interior del grueso varillo de papel de Biblia. Recuerdo que —sí, señores: recuerdo: porque la marihuana borra la memoria, pero a la vez la exalta, como exalta y agudiza los sentidos a la vez que parece adormecerlos y embotarlos: el tacto, el gusto, el olfato, el oído (la vista no)—, recuerdo que en ese tiempo podía uno encontrar en todas las esquinas de Bogotá, como hoy encuentra mandarinas o cigarrillos de contrabando, marihuana de muchas clases: ‘uña de gato’, ‘punto rojo’, ‘Santa Marta Golden’. La vendían unas señoras rollizas y coloradas en envoltorios de papel periódico que pesaban, a ojo, media libra: áspera, dulzona y aromática. Me gustó, ya digo. Pero más que por el placer directo del sabor, el aroma y el color del humo, porque daba acceso a otros placeres. Como todas las drogas más o menos alucinógenas, la marihuana es una puerta. The Doors of Perception (Las puertas de la percepción), tituló Aldous Huxley un libro que fue famoso en aquellos años en el que contaba sus experiencias con drogas sicoactivas.

La marihuana abría puertas al mundo físico y al mental, a los apetitos y a las curiosidades: a la música, el sexo, a la meditación, al sonido y al sentido de las palabras; incluso puertas al hermético —para mí— reino de las matemáticas puras. Recuerdo —¿ven ustedes que sí tengo recuerdos? Y eso que hablo de cosas de hace casi 40 años— que un día, abierta mi conciencia por la hierba, supe inventar (o descubrir, no sé), una serie de números naturales hasta entonces no encontrada ni concebida por nadie. Una serie, por supuesto, infinita (la hierba abre las puertas del infinito con asombrosa facilidad; de otra droga, la mezcalina, decía el poeta Henri Michaux que es “un mecanismo de infinito”), construida sobre el crudo modelo de la de los números primos y constituida por todos los números enteros que no son divisibles ni por sí mismos ni por la unidad. Una serie impensable y que, sin embargo, pude pensar. Aunque después no encontré ningún número que cupiera en ella. Sin duda no busqué lo bastante. La marihuana tiene también eso: que uno se distrae y piensa en otra cosa, y se le olvida, y se va.

Hablo de las matemáticas, pero mencioné también la música. En esos años finales de los 60 y principios de los 70 eran muchos los marihuaneros que sólo fumaban marihuana para escuchar música. De todo: los entonces todavía jóvenes Rolling Stones, el ya viejo Johann Sebastian Bach, la inmemorial quema boliviana del altiplano, las novedosas mezcolanzas electrónicas de instrumentos occidentales made in Japon. Yo la fumaba además para ‘componer’ música, con el mérito añadido de no tener oído musical: todo lo daba la hierba por sí sola. Una noche compuse en la cabeza —letra y música— una canción de los Beatles, en inglés. Y otra tarde una sonata —sólo música, pero en alemán— de Mozart. Por no saber notación musical, ni inglés, ni alemán, todo eso quedó inédito. Y además —sí, lo reconozco: la marihuana es traicionera— lo he olvidado.

Sólo yerba

Con la marihuana se ganan cosas, y otras se pierden para siempre.
El sexo. La traba de la hierba, que refleja las tensiones y afina los sentidos, que expande el tiempo y a veces inclusive llega a inmovilizarlo, eternizando el instante, es una excelente herramienta sexual. Estoy hablando de aquellos años felices, privilegiados en la historia de la humanidad, en que el sexo no sólo era libre, por la relajación de las costumbres y el abandono de los valores familiares que tanto preocupaban a los Papas de Roma y a los presidentes de Estados Unidos, sino que además no era peligroso. Los antibióticos habían convertido la antes temible sífilis en un juego de niños, y aún no existía el sida. Todo eso duró poco, y se acabó cuando Papas y presidentes consiguieron por fin inventar y propagar el sida para meter en cintura la corrupción moral de la juventud de Occidente. Luego vendría, también de la mano de esos sombríos personajes, la ‘guerra frontal contra las drogas’: el cierre definitivo de las puertas abiertas.

Pero había más. Yo, por ejemplo, consumí buena parte de esos años de traba jugando al ajedrez. Bajo los efectos de la marihuana, una partida podía durar días enteros, como las de Spasski y Fisher. Tal vez no salía tan buena como esas —pues para jugar al ajedrez no basta con drogarse: es necesario además saber jugar al ajedrez—. Pero lo parecía. El ajedrez no es como el billar, digamos: en el billar, cuando uno juega trabado, puede imaginar deslumbrantes carambolas a tres bandas que desafían las leyes de la geometría: pero las intenta, y no salen. En cambio en el ajedrez se demora uno horas, o días, o incluso meses, en darse cuenta de que eso que parecía una defensa siciliana no era una defensa siciliana. Pero, insisto, lo parecía. La hierba crea ilusiones: puertas que tal vez no lo sean en realidad, pero que lo parecen. Visto desde la sobriedad, un enmarihuanado puede parecer un perfecto imbécil, riéndose dulce y locamente de cosas que no existen. Pero, ¿que importa que no existan, si se ríe? Vuelvo a Henri Michaux:, que en sus años tardíos abandonó la experimentación con mezcalina como inspiración de cuadros y poemas, y calificó los efectos alucinatorios de la droga de “miserable miracle”. Miserable, tal vez; pero también milagro.

Un milagro en el filo de la muerte. De nuevo hablo de ilusión: de una muerte ilusoria, pues la marihuana es completamente inofensiva (a diferencia de, pongamos por caso, la aspirina: en Estados Unidos mueren más de 500 personas al año por hemorragias inducidas por un excesivo consumo de aspirina). La muerte ilusoria de la llamada pálida. La primera vez que a mí me dio la pálida creí que me estaba muriendo, o que quizás ya estaba muerto. No podía mover ni un párpado. Me sorprendía ver que los que estaban conmigo en ese trance no me prestaban la menor atención: seguían riéndose de sus cosas de idiotas. Pero en mi sorpresa no había ni rencor ni reproche: que se rían de sus cosas mientras yo aquí me muero: ya morirán ellos también.
Luego no me morí, o al menos no me he muerto todavía. Pero conocí la muerte, como había conocido la defensa siciliana en el ajedrez, sin conocerla en realidad. El miserable milagro de la hierba transmuta la realidad en ilusión, como quien convierte el agua en vino. Y ese fue, conviene recordarlo, el primer milagro que hizo Jesucristo, a instancias de su madre, con ocasión de las bodas de Caná. Después vendrían otros, más prácticos, más utilitarios: sanar a los paralíticos, devolverles la vista a los ciegos, exorcizar a los endemoniados. Pero ese primer milagro consistió en conceder la ebriedad: en abrir puertas.

Abriendo puertas

The doors of perception. Una banda de músicos de aquel entonces se llamaba así, The Doors, explícitamente por eso: porque usaba drogas. Su cantante, Jim Morrison, murió luego de una sobredosis de algo.

De una sobredosis de adulteración del algo que fuera, porque las drogas no matan por sí mismas. Ni las llamadas blandas, como la marihuana, ni las llamadas duras, como la heroína. Son mucho más nocivas las drogas lícitas que las ilícitas: el alcohol, el tabaco, el válium, el prozac, la mismísima aspirina. Lo que mata en las drogas prohibidas es justamente el hecho de que están prohibidas; lo cual conduce, entre otros muchos males, a que sean adulteradas con toda suerte de sustancias, desde la cal de las paredes hasta la estricnina de las ratas, por los gángsters que manejan el negocio. Y si lo manejan gángsters es justamente porque es un negocio prohibido.

¿Y por qué están prohibidas, si son inofensivas e inclusive benignas? La marihuana, por ejemplo, no sólo es una abridora de puertas de la mente y del cuerpo, sino que tiene además toda suerte de usos medicinales. Desde hace cinco mil años, desde los tiempos del emperador Chen Nun, los chinos la han usado como analgésico para los dolores reumáticos y para curar el estreñimiento. Y actualmente, en los propios Estados Unidos que en teoría la prohiben, se usa para tratar achaques tan variados como el glaucoma y la epilepsia, la esclerosis múltiple, los calambres menstruales, la náusea producida por las quimioterapias para el cáncer, la anorexia; veinte más. Pues resulta que las drogas, aunque sean inofensivas y útiles para la medicina, están prohibidas porque son peligrosas para las autoridades. Porque son un camino de libertad, y en consecuencia se oponen al orden establecido, que está establecido sobre la pasión de prohibir: de controlar.

Son peligrosas para las autoridades: de ahí la falacia, inventada por las autoridades, de que son peligrosas para quienes las usan. Y lo son, sin duda: nada es inocuo; si no produjeran ningún efecto, no serían drogas. Pero esa falacia se ha inflado desmesuradamente hasta convertirse en absurda y criminal “guerra frontal contra la droga” en la cual se han embarcado todos los gobiernos del mundo encabezados por Estados Unidos, porque a las autoridades no les conviene que los individuos sean libres. No pueden tolerarlo, porque va en contra de su esencia. En consecuencia, el uso de las drogas, que liberan, ha sido calificado por las autoridades como un delito, como una enfermedad, como un pecado, algo que debe ser prohibido, y castigado.

Vino, pues, la guerra frontal contra la droga, decretada por el gobierno norteamericano de Richard Nixon. El consumo de drogas, por supuesto, aumentó, se diversificó, y creció el negocio. Pero esa es una historia larga y complicada. Aquí voy a hablar solamente del efecto que esa guerra tuvo sobre la marihuana que fumaba yo. La acabó.
Yo fumaba, como he dicho, hierba de la Sierra Nevada de Santa Marta, que era, decían, la mejor del mundo. La primera medida de la nueva guerra que afectó a Colombia fue la fumigación con paraquat, un defoliante que les había sobrado a los norteamericanos de la guerra del Vietnam, de las plantaciones de la Sierra. Entre estas y la fumigación fueron arrasadas nada menos que 150 mil hectáreas de bosques de la Sierra, y la hierba que allá se producía quedó envenenada durante años. Ahora sí era perjudicial para la salud. La consecuencia fue que, si hasta entonces los marihuaneros gringos compraban su hierba a los marimberos colombianos, a partir de entonces los marihuaneros colombianos tuvimos que empezar a comprar hierba norteamericana de importación: la famosa ‘sinsemilla’ de California, gracias a la cual los Estados Unidos se convirtieron pronto en lo que siguen siendo hoy: el primer productor y el primer exportador (además del primer consumidor) de marihuana del mundo.

Ese resultado me pareció perverso; y, si había sido deliberadamente buscado, me pareció diabólico. Es cierto que, con el paso del tiempo, la producción colombiana de hierba se ha recuperado considerablemente, ayudada entre otras cosas por el cambio de énfasis en la guerra antidrogas: se empezó a considerar más importante destruir las plantaciones de coca (y posteriormente también de amapola), y la marihuana fue dejada relativamente en paz. Pero consideré intolerable la idea de que mis pesos se transformaran en dólares que, a través de los impuestos de los marimberos californianos, ayudaran al gobierno de Estados Unidos a mantener la guerra. Y dejé de fumar marihuana.

Me dediqué, en cambio, a escribir contra la política de los gobiernos de Estados Unidos. Es otra droga. Otra puerta hacia la libertad.

El siguiente es un proyecto de la Alcaldía de Medellín para mejorar el índice de asistencia a las bibliotecas públicas del municipio





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