martes, 18 de mayo de 2010

el indulto de un violador



La belleza candorosa de una impúber es la némesis de Roman Polanski. La sinécdoque de un anfiteatro poblado por sátiros incautos e impulsivos es un plano completo de Roman Polanski. La celda más apetecida por todos los presidiarios del mundo es el chalet suizo de Roman Polanski. La simiente que le extrajeron de la vagina a Samantha Geimer en 1977 provenía, definitivamente, del escroto de Roman Polanski.

Todos los hombres tenemos a un pequeño Polanski en el centro de los cojones, y en el caso de que el lector inhábil no sepa de lo que le estoy hablando, haré una reconstrucción de los hechos para la fortuna del pobre mequetrefe.

La hazaña tuvo lugar en la residencia del actor Jack Nicholson, en donde el director de cine franco-polaco accedió carnalmente a la joven Samantha Geimer, de 13 años de edad. El cineasta conoció a Geimer en una fiesta informal, en donde ésta respondió a las insinuaciones del acusado de forma “ambigua” y le acompañó en un viaje por carretera hasta una mansión ubicada en la Mulholland Drive de Los Ángeles. En la escena del estupro se encontraron varias botellas vacías de licor y una cámara fotográfica. Los padres de la víctima entablaron una demanda contra el director, quien fue recluido durante 42 días en una prisión estatal con el fin de que le fueran practicados los exámenes psiquiátricos correspondientes. Tras ser puesto en libertad condicional, Polanski huyó hacia Europa y se refugió en Francia. Algunos años después, Samantha Geimer retiró su demanda. Sin embargo, la justicia estadounidense consideró que la afectada no estaba en la habilidad de dictar el curso de un caso criminal, ni de examinar las pruebas que se presentaron en la acusación. Por este motivo, Polanski fue detenido hace siete meses en el aeropuerto de Zúrich, en Suiza, cuando se disponía a recibir un premio en homenaje por el conjunto de su obra, y ahora espera su extradición hacia una prisión del estado de California.

Resta decir que este correo pondrá en guardia a todo el gremio feminista de la capital departamental más mafiosa de noroccidente colombiano. Su iconoclastia fálica casi siempre las pone en contra de cualquier numen de burro garañón, como la que me inspira a mí para escribir.

Pero aun así, mis señoras, voy a fungir como abogado del diablo, para que me puedan insultar.

El primer argumento en defensa del viudo de la sabrosísima Sharon Tate (la hipérbole es para escaldar los ánimos) es que ninguna ley moral puede detener a un artista cuando ante sus ojos encuentra un objeto digno de su interés, porque el sentido de su vida está basado en la búsqueda de la belleza, y sólo un idiota tendría por prioridad su civismo puro ante la posibilidad de la hermosura. El segundo argumento consiste en que el artista no sólo posee la capacidad de crear la belleza, sino de contemplarla, y en el caso de una doncella en la cumbre de su esplendor, de convencerla para tupirle al miriñaque sin tener que llegar al acto sucio de la violación. El tercer argumento es el siguiente: no todas las niñas de 13 años son beatas respetables. Lo digo yo, que me he enterado de los casos más escandalosos de precocidad infantil que han tenido lugar en mi pueblo mugriento.

Por otro lado, ya que soy de la de Antioquia, y es ésta una de las pocas universidades públicas con la anuencia del Ministerio de Educación para formar guiñapos del new journalism oficial, podríamos practicar un ejercicio de equilibrio periodístico.

Todo sea por la imparcialidad.

Gracias a la imaginación y a la mano de la literatura, estableceremos un punto de comparación que nos ayudará a cubrirnos con el manto de la esquiva objetividad.

Esta es la situación: un niño de trece años es llevado en auto hasta una mansión opulenta. Su protectora es una actriz francesa de apellido Binoche. En la residencia, su anfitriona le propone entrar con ella en el jacuzzi. Se desnudan, se besan y protagonizan una escena de nanofilia procaz. ¿Qué cosa podría hacer un zagal además de sentirse agradecido si Juliette Binoche lo hubiera violado en los inicios de su pubertad? ¿Y si hubiera sido Wendy Guerra? ¿O si en lugar de una diva de nuestra época hubiera sido, gracias al milagro de la criogenia, Catherine Deneuve o la incontinente Lulú de la Caja de Pandora?

No nos vayamos a los extremos: sexo con menores de edad no siempre significa que hubo una violación. La senadora Gilma Jimenez dice que sí, pero es porque ella nunca folló antes de los 35.

¡Baise moi!

miércoles, 12 de mayo de 2010

sangre de perro

Desperté con la verga erecta y bruñida por las secreciones nocturnas de esmegma. Desde hace cuatro meses mi lubricidad de filósofo cachondo es lo único que no ha trastocado la marihuana. 20 % de filósofo y 80 % de cachondo, para ser preciso. Decidí dejar la universidad por tercera vez para escribir una novela, pero la vida es extraña, y en el ínterin que queda entre mi decisión de abandonar el estudio académico y el momento de su inevitable continuación no he podido hacer otra cosa más que mantener la calma. Mientras tanto, leo todo lo que puedo. En otro tiempo llevé una lista de escritores suicidas en mi cartera. Cuando me entusiasmo con un libro (caso, por ejemplo, de El pudor del pornógrafo, de Alan Pauls) nunca he podido evitar escarbar en los recovecos más oscuros de la vida de su autor. La razón: el morbo, pero también la necesidad de comparar la vidorria de un bastardo anónimo como yo con la vida de un bastardo que se hiso famoso gracias a su obra. Caso en particular: Kafka, el más claro de todos. Pero también Hemingway y Bolaño. Entonces la tarea es leer los libros que ellos leyeron y practicar los vicios que los mataron. Adoptar los horarios en que se sentaban a trabajar, masturbarse con la misma asiduidad de su eminentísima lujuria y hasta dejar de lado cualquier tipo de labor que nos pueda significar un buen fajo de billetes para ganar lo mismo que ellos alcanzaron, que no es mucho. A lo más, una mujer. Y una que los quiere por lo que hacen (o lo que son capaces de hacer) y no por lo que son. Eso explica por qué un retaco como Salman Rushdie consiguió a sus cinco esposas negras. O cómo una fémina de 17 años accedió a recibir entre sus piernas el miembro octogenario de Bukowski. O la razón por la cual todas las hijas de la generación del expresionismo abstracto satisficieron a Pollock mejor que a un dictador poderoso. Pero ésta no es la conclusión de una línea de razonamiento vulgar, sino ínfimamente realista. El arte santifica a su autor con el sexo. Ipso facto.

Claro que el hecho de morir y dejar obra no es indispensable para hacerse santo, y si lo es entonces nuestra canonización no pasa de ser una distinción inútil. Si algo elimina la muerte es la carne, y la carne es lo que más nos interesa en este blog. Mejor es buscar la gloria por obra y gracia de la Divina Providencia, y eso sólo se consigue manteniendo una buena relación con Dios y con el diablo, que son lo mismo. Eso lo aprendí hace una semana, cuando encontré El conde demediado de Ítalo Calvino en uno de los anaqueles sucios de la única biblioteca a la que tengo acceso y lo devoré en una mañana. Ese mismo día me crucé con un amigo, con el que entablamos una conversación acerca del tipo de mujer que haría menos miserable la vida de un artista. Yo le dije que, fuera cual fuera, debía ser menor de 15 años. Él me respondió que esa era una ventaja, pero que estaba lejos de convertirse en prioridad. Entonces le dije que debía ser una dama cuando esté vestida y una meretriz cuando está empelota, pero él me alegó lo mismo. Finalmente, mi amigo me dijo que lo único indispensable en una mujer dispuesta a convertirse en la novia de un artista es que tenga las manos pequeñas. ¿Para qué?, pregunté yo. Para que nuestra verga parezca más grande, respondió él. Y desde ese momento ambos nos dedicamos a buscar mujeres con manos de muñeca china en internet.

Escudriñando por ahí me encontré con ésta, ideal para un fauno como mi amigo:



O ésta:



O ésta otra:



Mi amigo, a quien voy a llamar X, tiene sangre de perro en las venas. Ésa es la razón por la cual nos entendemos tan bien. El día en que lo conocí, la más rijosa de mis nueve hermanas había comenzado a trabajar como secretaria en una bodega de café y cacao, y X intentaba avasallarla. Pero no voy a entrar en detalles sicalípticos. El hecho es que mi fracaso literario no ha sido menos hilarante para mi amigo que su búsqueda de sexo con niñas, ya que al final, me dice, lo único que nos queda es el buen humor y un poco de talento para saber contar con finura nuestros peores fiascos.

En consecuencia, mis queridos y sufrientes lectores, hoy comienza una nueva temporada de insultos en la web. Espero que el tufo político que por estos días despiden las bocas de los candidatos a la presidencia no desaliñe mi escritura. El porno corre por cuenta de la casa.

Aram.

miércoles, 14 de abril de 2010

el suicidio de los amantes

La mierda se circunscribe alrededor de la vida de los poetas. Eso fue lo que le pasó a Carlos Framb, por ejemplo. Su país lo acusó de homicida por el hecho de abreviar el sufrimiento de su madre, y como él mismo intentó quitarse la vida, el Estado lo condenó, y lo trató como a un delincuente enfermo al que es necesario sancionar y corregir dentro de un patio penitenciario. Entonces arreció una tormenta de mierda sobre el bardo. Por eso, si uno se intenta matar y calienta el agua de la bañera para desangrarse sin dolor, o si deglutimos hasta el fondo un coctel de veneno para ratas, o si nos practicamos una mala hipoxifilia en la habitación de un burdel, entonces, en el desafortunado caso de no morir, viviremos para convertimos en criminales.

Pero el suicidio siempre es una opción, como lo ilustran los siguientes casos:


Este es Stefan Zweig y la mujer que se encuentra a su lado es Charlotte Altman, su esposa y antigua secretaria. Ambos murieron en la misma fecha y en igual condición. Un día antes de que sus cuerpos fueran descubiertos, los Zweig se dirigieron a la oficina de correos de Petrópolis, en Brasil, y enviaron varias cartas de despedida para sus amigos. Luego volvieron a su casa y se encerraron en su cuarto, del que salieron al día siguiente envueltos en un par de mortajas blancas. Junto a la pareja fue descubierto un frasco vacío de barbitúricos y una carta en donde el maestro explicaba lo ocurrido.


Estos son André y Dorine Gorz. Sus cuerpos fueron hallados el lunes 24 de septiembre de 2007 en su casa de Vosnon, en Francia. Dorine sufría de una enfermedad degenerativa que obligó a André a dejar su trabajo en el Nouvel Observateur de París para ocuparse por completo en sus cuidados. Un año atrás fue publicado Carta a D. Historia de un amor, en donde el filósofo detallaba algunos episodios de su vida conyugal y reiteraba el amor que lo unía a su esposa, con quien vivió a lo largo de 58 años. En la puerta de los Gorz se encontró una nota en donde se solicitaba la presencia de los gendarmes para efectuar el levantamiento de los cadáveres.


Este es Arthur Coestler junto a su esposa, Cynthia Jefferies. Ambos murieron en el salón principal del piso superior de su casa. Tres días después de su muerte, su empleada doméstica encontró una hoja de papel en la que Arthur había escrito: Por favor, no vayas al piso de arriba. Telefonea a la policía y diles que vengan a casa. El cuerpo del escritor se encontraba arrellanado en su sillón, con una copa de coñac en la mano, mientras que el de Cynthia reposaba sobre un sofá gris, junto a una botella de whisky. Arthur sufría del mal de Parkinson y de una variedad de leucemia que lo estaba matando lentamente. Ese mismo día, un veterinario amigo le dio muerte a su perro, quien acompañó a la pareja por más de una década.


Este es Carlos Framb, y la mujer que está a la izquierda de la fotografía es su madre, Luzmila Alzate. El sábado 20 de octubre de 2007 fueron encontrados en su apartamento del barrio El Estadio, en Medellín, tras haber ingerido una dosis letal de morfina mezclada con yogurt. La madre del poeta contaba con 82 años y sufría de dolores continuos por artrosis deformante, cefalalgia y ceguera por degeneración de la retina. Dos días después, Carlos despertó en una habitación del Hospital San Vicente de Paul y su madre fue enterrada en un cementerio ubicado a unas cuantas calles de allí. Al haber sobrevivido en su intento de suicidio, el autor de Antínoo fue demandado por el delito de homicidio agravado y siete días más tarde fue trasladado en una camioneta policial a un calabozo de la fiscalía.

El libro en el que Carlos Framb narra sus peripecias contra el sistema penal colombiano salió a la luz en Mayo del 2009. No fue un éxito editorial, pero se vendió bien. Un año atrás, el poeta tuvo que echar sobre la mesa todas sus cartas para lograr quedar exento del delito que se le inculpaba. El abogado demandante acusó al detenido con el argumento de que éste habría inducido a su madre al suicidio. Carlos Framb reiteró a lo largo del juicio que la decisión de quitarse la vida había sido tomada en un mutuo acuerdo entre ella y él, y para justificarse esgrimió tres explicaciones: en el caso de la señora Luzmila Alzate, afirmó que ésta se encontraba gravemente enferma (como lo reiteró en audiencia pública su médico de cabecera). También arguyó que su madre padecía de una profunda depresión con rasgos de bradipsiquia y que los dolores físicos que sufría en sus músculos y huesos se habían tornado, al final de su vida, completamente insoportables.

En Colombia, este acto se llama homicidio por piedad y su condena oscila entre los seis meses y los tres años de cárcel. Carlos Framb pagó 150 días encerrado en una celda de la Cárcel de Yarumal tratando de demostrar su inocencia. Tras un juicio reñido, en el que se apeló a todo tipo de tácticas y pericias judiciales, Framb fue puesto en libertad condicional durante dos años. Y hace exactamente dos semanas se cumplió el término de su condena.

Ahora, antes de continuar, les voy a contar otra historia.

En el año 1971, Dalton Trumbo rodó junto a Luís Buñuel la versión cinematográfica de su novela más famosa: Johnny cogió su fusil. En ella se cuenta la historia de un cadete que es enviado al frente militar, en donde pierde parte de su quijada, sus dos brazos y sus piernas. Con el tiempo, el soldado se convierte en un desecho humano al que se mantiene con vida por medio de un tubo de plástico introducido en la tráquea. Johnny quiere morir, pero ni las enfermeras que le limpian a diario las secreciones de mierda ni los doctores que estudian los reflejos de su cuerpo hacen algo para ayudarlo. Finalmente, cuando una de las practicantes lo asiste e intenta asfixiarlo con el cabezal de su cama, ésta es descubierta y detenida por su superior.

Ahí se acaba la película y surgen las preguntas.

¿Tienen derecho a morir dignamente los desgraciados y los enfermos? ¿Tiene el ciudadano de a pié la opción de decidir el momento en que desea convertirse en comida para los gusanos? Séneca escribió alguna vez que era preferible quitarse la vida, a arrastrar con una existencia sin sentido y con sufrimiento. Yo pienso lo mismo, pero además creo que la vida no vale nada por sí misma, sino en función de una idea que nos devore y nos sobreviva.

Yo leí el libro de Framb, y lo encontré sereno y lúcido, como si la mano que lo hubiera escrito fuera la de alguien que ha renacido después de caminar sobre el teflón de una pesadilla herética.

Su libro, por ejemplo, fue una buena razón para seguir viviendo.

jueves, 11 de febrero de 2010

La paja rusa entre Vargas Llosa y Margaret Thatcher



Literatura y política. Arte y política. Incluso sexo. Sexo de pancarta. Todo tiene un rasgo político, pero esa es una perogrullada, una necedad. Eso lo sabemos todos los que tuvimos la desgracia de pasar por una universidad pública como la de Antioquia, o por cualquier otra universidad pusilánime como la de Antioquia. Una vez un amigo me preguntó por qué razón odiaba tanto a mi universidad. La odio, le dije, porque la amo, principalmente, y cuando se ama algo también se le odia con esmero y furor. Quien no conoce el valor de lo detestable tampoco sabe lo que es la pasión y el enamoramiento, y quien conoce ambas cosas, a la larga, se convierte en sabio. Por eso Mario Vargas Llosa, que es un hombre lúcido, no es sabio, porque si lo fuera sabría que toda su vida, desde la primera edad de su madurez política, es una idiotez insalvable. Vargas Llosa ama demasiado a su país, y eso lo llevó a cometer errores inaceptables para un escritor, como el de lanzarse por el Frente Democrático a las carnavalescas elecciones presidenciales del Perú en 1990. ¿Quién le ganó al autor de La orgia perpetua? Le ganó su oponente más cruel: Alberto Fujimori, el genocida, el mismo que será liberado cuando su hija detestable se convierta en la nueva presidenta del país. Alberto Fujimori llegó al poder con una política guerrerista, como Uribe. Alargó su mandato a guisa del bienestar del vulgo imbécil, como Uribe. Persiguió a los guerrilleros del Sendero Luminoso sin escatimar en muertes y desapariciones y sindicaciones falsas, como Uribe. Y, sin embargo, a Vargas Llosa le parece que Uribe es un gran presidente, y está claro que la nueva reelección de Sardanápalo cuenta con su guiño, aun cuando muchos no se dan cuenta de eso, incluyendo a su aprendiz más diligente, Héctor Abad Faciolince, que lo entrevistó en el Teatro Adolfo Mejía en Cartagena hace un par de semanas. Sin embargo, Faciolince no es tonto; el problema es que admira demasiado a Vargas Llosa, y eso hace que a pesar de que su venerado cara de perro sea un ultraderechista que apoya la candidatura de Piñero en Chile, cuyos principales valores éticos están en contra del matrimonio entre homosexuales, el aborto y la eutanasia, él lo siga idealizando como un alumno que teme superar a su maestro. Vargas Llosa piensa que el fin justifica los medios y que el fin último de todo gobierno es la democracia, pero la democracia es basura. La democracia, dice un amigo mío, ha dejado más muertos en este país que la peor de las dictaduras latinoamericanas. La igualdad no existe. Las jerarquías son necesarias. Colombia no va bien, como afirma cara de perro. La institucionalidad colombiana no es intachable, como él cree, ni tenemos libertad de prensa ni nuestra justicia ha funcionado para castigar a los asesinos y los políticos corruptos. Eso sólo lo puede decir un tipo al que le parece que los mejores candidatos para las elecciones presidenciales de este año en Colombia son Juan Manuel Santos, Andrés Felipe Arias y Noemí Sanín, en caso de que Sardanápalo decida no lanzarse al ruedo. Pero ¿puede una idea política demeritar la obra de un escritor? ¿Qué pasaría si leyera a Miguel Serrano o a Vargas Llosa en una oficina de la JUCO? ¿A Borges le negaron el novel por compadrar con Pinochet? Todos los escritores tienen vicios políticos. Después de todo, también son humanos. Pero cuando un escritor se convierte en un líder de opinión (concepto que es, además, tan repugnante como el de pescador de hombres) no se puede arriesgar a parecer un papanatas frente a sus lectores. Eso le pasó a Vargas Llosa. También le pasó a García Márquez y le sigue pasando, aunque no quepa la comparación y me remuerda la consciencia pronunciar su nombre, al peor escritor de nuestras antípodas: Jorge Franco, cuyas novelas en otro país sólo serían famosas si las hubiera escrito un retrasado mental.

Yo creo que si Vargas Llosa se encontrara cara a cara con Plinio Apuleyo Mendoza, moriría. Varguitas, como le llamaba su tía Julia cuando lo desvirgó en una pieza alquilada de Lima, moriría al ver los ojos lagañosos del viudo de Marvel Moreno. Eso, para los judíos, solo puede suceder por dos razones: cuando un hombre se atreve a observar la cara de Dios, por un lado, o cuando un hombre se encuentra con su doble, o sea: consigo mismo, en otra parte del globo. Lo claro es que ni Vargas Llosa ni Plinio Apuleyo son Dios, y si alguno de los dos lo fuera todo este mundo sería una broma ridícula. Ambos son idiotas, eso sí. Ambos tienen cara de perro, eso también, y en esa medida alguno de los dos morirá el día en que los una el destino.

miércoles, 10 de febrero de 2010

La carretera es infinita.
No existe una meta,
ni un punto final o de llegada.
Toda la vida es
una sola preparación.
La cumbre es al camino.
El amor y las historias son el camino.
La buena comida es el camino.
La virtud es el camino,
y la maldad.

El camino nunca acaba.
Se extiende en la medida
con que avanzamos.
La libertad consiste
en continuar por el camino
y no detenerse nunca.

viernes, 25 de diciembre de 2009

el negocio que nos hundirá en la miseria



Cuando tenía nueve años mi padre entró en mi cuarto y dijo: «la humanidad da asco».

-¿Qué cosa? –pregunté yo.

-Que todos los hombres dan asco, incluyendo a tu madre, a tus hermanos y a ti y a mí.

Ese día, mientras veía la televisión, mi padre se había enterado de que el general Harold Bedoya se lanzaría como candidato presidencial para las segundas elecciones de la década de los 90. Cuando vio la noticia, lo único que pudo hacer Takoohi fue buscar a la única persona que se encontraba con él en la casa y decirle: «la humanidad da asco. Moriré tranquilo si aprendes para siempre esa lección. Todos los hombres dan asco, incluyendo a tu madre, a tus hermanos y a ti y a mí».

Quince años después, cuando murió mi padre, mis hermanos y yo decidimos utilizar aquella frase para grabarla en su lápida:

AQUÍ LLACE TAKOOHI GAROGLANIÁN,
CUYAS ÚLTIMAS PALABRAS FUERON:
«LA HUMANIDAD DA ASCO»
1957 – 2009


En realidad, lo último que dijo mi padre fue que tenía mucha sed, pero entonces no podíamos darle ni un sólo vaso con agua. Hablo en plural porque todos los Garoglanián estábamos presentes en aquel momento. Los líquidos de la vejiga del buen Takoohi le habían hinchado tanto el estómago que parecía que en cualquier momento fuera a estallar y a lavar la habitación entera. Como nadie le llevó nada de tomar, mi padre comenzó a salirse de control y a lanzarnos injurias, hasta que finalmente, con su gancho izquierdo, me dio una trompada que me sacó sangre por la nariz.

Hoy día tengo una nariz de boxeador apaleado. Además, creo saber lo suficiente de la vida para reafirmar que la humanidad, efectivamente, da asco, incluyéndome a mí y a mis hermanos, y para comprobároslo os voy a contar otra historia.

Nadie sabe con exactitud cuan infames pueden ser los hombres. Imaginaos un país mucho más corrupto y vandálico que Colombia, con más paramilitares y menor presencia del Estado. ¿Menuda exageración? Pues según la última carta que recibí de Jessy, Xavier y Camile Garoglanián, no. Existen esos sitios, aunque parezcan salidos del hoyo más oscuro de occidente. Si os dijera que empresas como Nokia, Ericcson, Sony, Bayer, Intel, Motorola, HP, Hitachi e IBM son responsables del peor genocidio conocido hasta hoy en el mundo entero desde las masacres de Ruanda en el 94 ¿qué os parecería?

Creedme, la humanidad da asco.

La historia que os voy a contar comienza, por tanto, en un país detestable que no es el nuestro. En ese sitio existen hombres ricos con mentalidad de pobres y pobres con mentalidad de miserables, como aquí. Un día los paramilitares de ese país descubrieron que podían financiar el terrorismo y la guerra por medio de un mineral, así que empezaron a comprar grandes cantidades de cascajo por un precio de hambre para revenderlo mucho más caro en el mercado internacional. Quienes trabajaban en los yacimientos del mineral eran niños y hombres de mediana estatura. En lo que respecta a las mujeres, su único oficio consistía en permitir ser violadas y mutiladas por la milicia paraestatal.

¿Alguna vez habéis comido gorila o elefante? Os voy a compartir un dato interesante. En 1856, tras su viaje por el oriente, Gustave Flaubert recibió del chef de los Reyes de Prusia una receta para cocinar las patas de un gorila a la moscovita. Hay que comprar las patas peladas. Lavarlas, salarlas y dejarlas en adobo durante tres días. Cocer en una cacerola con tocino y verdura durante siete u ocho horas; escurrirlas, secarlas, espolvorearlas con pimienta y engrasarlas con manteca derretida. Rebosarlas luego con miga de pan y ponerlas durante una hora a la parrilla. Servirla con salsa picante y dos cucharadas de jalea de grosella.

-Lo mismo se podría hacer con las piernas de un hombre –dijo mi primo Rabo en cuanto le enseñé la receta.

Yo estoy seguro de que sí, aunque ninguno de los dos tendría las agallas para servirse una rebanada de anca.

Pero aun no he terminado con mi historia. Imaginaos que en aquel país detestable las cosas se pusieron tan mal que las personas comenzaron a cazar gorilas y elefantes para alimentarse. Os lo digo en serio. Con rifles ingleses y escopetas de origen americano derribaban cualquier blanco a la redonda. Un sólo elefante previamente abaleado, descuartizado y pelado hasta los huesos podía alimentar a 65 familias en una semana, lo cual constituía un lapso relativamente largo en un lugar en donde la vida cuesta tan poco o se entrega a cambio de nada.

Ahora, también debéis saber que el mineral que se extraía del subsuelo de aquel país se llama coltan y que tanto las empresas multinacionales como los gobiernos adscritos a la mesa de la ONU lo necesitan para crear, por un lado, los artefactos de comunicación que se venden por todo el mundo y, por el otro, cohetes espaciales mucho más poderosos y misiles inteligentes. ¿Ya vais ordenando las fichas? Nuestra época también está cargada de paradojas infames. ¿A que no sabéis, por ejemplo, quien compra los celulares y las computadoras que se crean con el mismo coltan que las multinacionales compran de forma ilegal a paramilitares sanguinarios? Os lo dejo de ese tamaño para que lo penséis con calma, pero arrimaré una pista: es el único animal que copula de frente y no sólo por detrás.

El final del cuento consiste en lo siguiente: después de extraer todo el coltan y no dejar ni un solo niño vivo ni una mujer virgen e intacta, las empresas descubren que existen pequeños yacimientos en Venezuela, Brasil y Colombia. ¿Alguno de ustedes se ha preguntado por qué el general Hugo Chávez militarizó sus fronteras con nuestro país? Saquen sus propias conclusiones; de todos modos el mundo se va a acabar este 31de diciembre a las doce de la noche.

Fin.

sábado, 12 de diciembre de 2009

El negocio que nos sacará de la miseria



Tengo un primo que se llama Rabo Karabekian y es tuerto. Tiene 64 años. Vive en Puerto Asís. Algunos de ustedes se preguntaran cómo un estudiante de periodismo de esta universidad de la desilusión puede tener un primo que le triplica la edad. Bueno, la respuesta es simple. Mi abuelo tuvo a mi padre a los 56 años; 39 años antes había tenido a mi tío; es decir, el padre de Rabo. Yo nunca conocí a mi abuelo, pero mi padre me contaba, antes de morir de cirrosis etílica, que él y mi abuela se conocieron trabajando para un cauchero. ¿Os habéis leído alguna vez El libro rojo del Putumayo? Pues este libro, según sé, lo escribió mi abuelo después de huir de la hacienda del cauchero con mi abuela, en sesiones de tres horas durante cada noche hasta que cumplió los 43 años, la edad de Jesucristo.

Digo la edad de Jesucristo si los filisteos lo hubieran dejado vivir diez años más. Es cuestión de menospreciar un poco la historia oficial ¡nada más! Mi padre me tuvo a mí a los 45 años, cuando se casó con mi madre, una profesora de escuela. Tengo tres hermanos, pero todos viven lejos y no los he vuelto a ver. Rabo creció con el apellido de su madre, ya que mi tío, un beodo de las grandes ligas, nunca se preocupó por su crianza ni por la manutención de su familia. Mis hermanos conocen mejor a Rabo que yo, pero, en mi caso, esa es una ventaja; o sea, en el caso de un escritor (¡O al menos en el de alguien que quiere serlo!), ya que lo poco que sé de él me ha llegado de oídas, como cartas enfrascadas en una botella, y en ese caso me he permitido fantasear un poco con su vida y con su imagen.

Rabo Karabekian se casó cinco veces, pero nunca tuvo hijos. Perdió su ojo a los 17 años por un disparo que le atravesó la pared derecha del cráneo y salió por una de sus cuencas, desparramando su pequeño óvalo azul por el suelo. El libro que escribió mi abuelo fue publicado 30 años después de que él muriera, bajo un seudónimo que creo que todos conocen, y las gestiones fueron hechas por mi tío Zorab, el padre de Rabo. En realidad, lo único que quería el padre de Rabo era tener una entrada para poder gastar en las garitas de juego, y lo hiso todo de forma que mi padre, el buen Takoohi Garoglanián, no se diera cuenta de nada para no compartir sus regalías con él. El libro fue publicado en Londres, traducido al inglés. Nadie en Colombia habría publicado un libro así hace 40 años. Ahora Rabo es quien tiene los derechos del libro por vínculo sanguíneo con el único heredero, y mi padre murió sin saber de dónde provenía la fortuna de su sobrino.

Mis hermanos y yo nunca hemos buscado a Rabo para pedirle nuestra parte del dinero. Cuando murió mi padre, Rabo nos buscó en su sepelio y decidió pagarnos la universidad a todos, enviándonos cada mes lo mínimo indispensable para vivir. Creo que es un buen hombre, y piensa que no se le debe dar demasiado dinero a alguien que no está acostumbrado a manejarlo, y creo que hace bien. Ahora parece que han encontrado un yacimiento de coltan en una de sus propiedades. Yo no sabía lo que era el coltan hasta que mis hermanos me lo explicaron en una carta. Rabo quiere que terminemos de estudiar y nos vayamos para Putumayo a vivir con él. Parece que el coltan es un mineral oscuro que a primera vista parece un pedazo de carbón fosilizado, pero que cuesta mucho en el mercado internacional, ya que con él hacen todos los aparatos electrónicos con los que se comunica la gente ahora.

Mis hermanos me dijeron que dentro de poco el coltan valdrá mucho más que el oro y los diamantes, pero muy pocos saben eso, así que, por una eventualidad de este siglo, todos los Garoglanián pasaremos de ser unos pobres muertos de hambre a reyes de todo un país.

Estoy hablando de Colombia, por supuesto. Rabo ya sabe lo que debemos hacer con el dinero; vamos a comprar a todo el congreso, incluido a nuestro querido mandatario Sardanápalo, para que impidan la entrada de compañías extranjeras a suelo nacional, y de esta manera podamos explotar todo el coltan nosotros mismos (o sea, nosotros cuatro) a cambio de una pequeña propina para nuestros amigos del Palacio de Justicia y la Nariño´s house. También parece que encontraron yacimientos en Guainía y en Vaupés, pero lo que es Rabo Karabekian, ya los tiene en la mira.

martes, 1 de diciembre de 2009

últma velada (el club de los perros románticos)



Tu vida corre sobre un desfiladero insondable de concreto y mierda. Abajo está la nada y el vacío infernal: la boca de una gran ballena que se abre y traga todo lo que encuentra a su paso. La soledad es dolor, es ausencia, pero también es libertad. Dentro de la soledad siempre habita oculta una esperanza. Tu tronco cae en decúbito supino sobre la cama. La pistola negra permanece en tu mano. ¿Por qué te enamoras de todas las mujeres que demuestran el más mínimo interés en ti? El arma se convierte en una extensión de tu muñeca, fría, mortal, inquisidora, emponzoñada, deletérea, perniciosa. Tienes un gran problema, amigo. Lo has dejado todo a cambio de ese cuarto y esa cama. Has abandonado tu aldea para ganar un sueño o una quimera o una fantasía utópica. Has abandonado a tu familia, a tus amigos, a tu antigua novia, y ahora no tienes nada. La tuya es una generación de adolescentes tristes y miserables. Todos tus compañeros del colegio departamental eran tristes, y los que no parecían tristes eran miserables, pues no sabían de su tristeza. Arsenio es el primer nombre que se te viene a la cabeza, un estudiante que a sus 17 años ya se había intentado suicidar cuatro veces, por lo que todos lo llamaban arsénico y lo golpeaban en el baño y una vez, después de su clase de música, le robaron sus zapatos para que tuviera que volver descalzo a casa. A él no le afectaba lo que los demás hacían para llagar continuamente su vida. Nada importa realmente, perecía decir tras cada humillación y virulencia dirigida en contra suya, entre sangre y dolores inaguantables, entre lágrimas sin razón física aparente, sino emocional o mental, o de desamor, o de quebranto, o de fragilidad juvenil. Luego piensas en otras personas sin rostro, ocultas tras capas y más capas de bruma y olvido. Ronald Urrea y Cesar Barcheilly. El primero condenado a tres años de cárcel por posesión de estupefacientes. El segundo, según sabes, agonizante en casa de su abuela por una infección tuberculosa. Arsenio logró su cometido con una correa para manear caballos. César no necesita de ningún cabestro. Los hombres mueren y él lo sabe aunque no quiera morir. Los hombres que mueren se reencuentran en algún lugar después de romper la franja. Esperanza, te dices a ti mismo. Tu muerte no será una aniquilación, sino todo lo contrario: el punto de partida hacia un país distinto, hacia una ciudad disímil, en donde tal vez te encuentres con caras conocidas. Entonces observas la figura ampliada en papel fotográfico de Agnés Varda, y por un instante sientes el impulso de pedirle consejo a esa imagen adherida a tu techo con tachuelas de colores. Escoger un camino no es tan fácil, pero puedes suplicar por un poco de sabiduría e inteligencia. O mejor aún, por un poco de amor. Tu tristeza no es más que un exceso de egolatría y autoconfianza. Lo seres humanos se sueñan a sí mismos mucho más importantes de lo que en realidad son, y ese sueño, como todos los delirios y las alucinaciones, es una mentira que se estima necesaria, un disfraz con el que los hombres se visten y rehúyen de su insignificancia congénita y su mortandad. Así que te levantas. No eres nada. No eres nadie, pero de algo puedes estar seguro: como tú existen miles, y ninguno de ellos sabe que la modestia es el único remedio contra aflicción, que la modestia es además la única herramienta fidedigna para olvidarnos de que nuestra pena es la peor de todas, y que es prácticamente imposible que otro individuo en el mundo se sienta tan desolado como nosotros. Tu libreta yace sobre una mesa diminuta llena de papeles, y tú dejas la pistola y escribes; esta vez con la sensación de haber sobrevivido al peligro inminente de un desastre natural.

Cuaderno Nº 23

30 de noviembre, lunes.


Método de supervivencia

1º Fracasa dignamente y no reniegues de tu inseguridad, ya que sólo los tontos creen saber lo que quieren y cómo deben lograrlo.
2º Nunca seas el número uno en nada, ni en tu ciencia, ni en tu disciplina artística, ni en la escala de los promedios conspicuos de tu facultad.
3º Trabaja, pero detente en el momento en que otros comiencen a esperar algo de ti.
4º Llega siempre hasta las últimas consecuencias; es decir, hasta los últimos límites de tu idiotez cotidiana.
5º Sólo existe una terapia contra el miedo al ridículo: has el ridículo cuantas veces puedas.
6º Juégate la vida por tres versos que trasciendan.
7º Apuesta tu dignidad por un poco de sexo sucio.
8º Cuestiónalo todo, tu vida, tu moral, tu religión, el respeto por los papás y hasta el amor que se siente por la novia.
9º Conserva el buen humor. Lo último que se pierde no es la esperanza, sino la capacidad de hacer risibles las cosas más tristes.
10º Confía ciegamente en tus maestros: Bolaño, Chesterton, saroyan…
11º Abandónate por completo a tus ideas.
12º Busca tu libertad.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

normas de comportamiento para una velada metafísica II


Hay un tiempo en la vida en que ésta retarda su marcha sensiblemente como si vacilara entre seguir adelante o cambiar de rumbo. Es posible que en ese periodo uno sea más propenso a que le pase una desgracia.

Robert Musil

No hay nadie en el cuarto y la franja está por romperse. La herrumbre alcalina del cañón irrita la punta de tu lengua y la cara interna de tus labios. Alejas el revólver y desajustas el cilindro, que deja ver la armadura de un solo proyectil. Piensas en Pavese y en Arenas, y en Celan y en Foster Wallace. ¿Acaso todos compartieron las mismas razones ontológicas para morir? Tu soledad es una enfermedad irreparable. Toda tu vida ha sido una mentira. Ves, en la pared de madera y cartulina que aísla tu habitación de los olores y las dilataciones anales de tu vecino travesti, una película que se proyecta frente a tus ojos. Eres un niño desmueletado y vistes pantalón con tirantes. Todos las personas a tu alrededor te llaman nené y te cubren con mimos y halagos. Primera mentira. Tu idiotez es una enfermedad irreparable. La escuela se convierte en un infierno, aun cuando tu madre ocupa la oficina de dirección y se esfuerza para impedir que te rompan la cara. No eres bello ni atlético ni inteligente. Eres todo lo contrario a eso: un espantajo. Tu cabello es una mata multiforme. La frenología de tu cabeza es igual a la del homúnculo de Mary Shelley. No juegas con otros niños, salvo algunos que están por debajo de tu grado de popularidad. Vives en medio de masacres y carroña, y ninguno de tus profesores te dice que estás en un país en guerra, en donde los hombres desaparecen sin dejar ningún rastro y el gobierno nacional (¡viva la muerte!) es cómplice de toda una miscelánea de matanzas en múltiples caseríos. Esa es la segunda mentira que te encoñaron: el amor por una patria asesina y el respeto hacia un escudo y una bandera que jamás le han quitado el hambre a nadie, ni han solucionado los problemas de nadie, y que se utilizan para ennoblecer las ceremonias políticas o militares de la clase pérfida y desalmada que controla tu terruño. Entonces encascas nuevamente el cilindro y pones la boca del arma justo sobre tu pecho. No puede ser de otro modo ni en otras circunstancias ni en un lugar distinto. La libertad que buscabas te alejó de los hombres y te llevó a esa habitación cubierta de libros. La libertad que buscaste en cada sitio del país en donde viviste te convirtió en un ser solitario y en un autista genial. Perseguías la emancipación de tu alma y su desenjalme se presentó ante ti en forma de dolor y pena, y de aislamiento y locura. Jamás comprendiste que el encierro y el alejamiento que te empezó a rodear era precisamente la manumisión que tanto anhelabas y que ahora sólo te sirve para pegarte un tiro en el corazón o, eventualmente, masturbarte dos y tres veces al día. Tu lujuria también se convirtió en una enfermedad irreparable. Nunca te dijeron que el hecho de que Dios haya creado a Eva de 14años y medio (es decir, de unos 45 kilos, según aquel teatrero cincuentón del que te has vuelto amigo) y en perfectas condiciones para que Adán le midiera el aceite es una hazaña completamente verídica, y que el resto de los hombres también tenemos la bendición de nuestro señor para medirle el aceite a todas las niñas sin ningún remordimiento, bajo el condicionante de que se haga con amor. Esta es la tercera mentira. A ti te enseñaron que el sexo era ilícito antes de adquirir la contraseña ciudadana y más aun si se practica con la novia del colegio. El sexo te fue revelado como un ultraje y como una dilapidación, y probablemente es por eso que terminaste encontrándolo en las calles más sórdidas del centro de una ciudad de pobres corazones, con prostitutas viejas y ultrajadas. Escogiste un camino que nadie nunca había recorrido antes y ahora, aun cuando desde hace mucho tiempo has aceptado tu soledad, existen días como hoy, en que lo que más quisieras es que una mujer te tome en sus brazos dulcemente y te diga que todo va a estar bien.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Normas de comportamiento para una velada metafísica I


Tomas el arma y la llevas a tu boca. Tu mente se dispara como un proyectil inocuo que golpea la cubierta de un chaleco antibalas. Alejas la falange del gatillo; tus dedos tiemblan. Tu cerebro continúa descargando miedo en tus venas y en casi todos los centros nerviosos de tu cuerpo. Sabes que no quieres morir, pero la angustia que sientes ha reducido tu escaso apego por la vida hasta más o menos el diámetro de una pulga que chupa el pellejo de una rata hambrienta. Te asaltan las dudas. No te decides a hacerlo; no por cobardía, ni siquiera porque hayas perdido la confianza en el disparo de un revólver que te liberará del dolor, sino todo lo contrario: porque eres consciente de que podrías hacer fuego, y que cuando la detonación alerte a los 14 inquilinos de la casa misérrima en que vives, todo habrá terminado. Por tanto, no habrá vuelta atrás. Por lo tanto, tendrás que pensarlo muy bien antes de jalar el gatillo para permitir que la dueña de aquel tugurio observe en carne viva tu hipotálamo y tu materia gris y tu cerebelo desparramado por su piso mugriento de baldosín. Otra sería tu situación si todo aquello constituyera apenas un juego grounge para llamar la atención, pero no es un juego, ni es divertido. Tu tristeza es real y tu familia está demasiado lejos para querer llamar su estúpido miramiento. Hace unos años llegaste a creer que tus libros eran la salvación. Lo son, aunque muchas veces les hayas recriminado cada uno de tus tormentos y tus agonías. Sin embargo, los libros no contienen fórmulas para vivir mejor, ni tampoco te enseñan lo que debes querer y lo que debes rechazar. Para eso sirven los discursos del pastor de esa iglesia a donde asiste tu casera y casi todas las viejas decrépitas que viven a la redonda. Sus reglas y mandamientos son incuestionables, pero la vida, te dices, es demasiado basta y desmesurada para comprenderla dado el funcionamiento de un código de leyes. Tú prefieres vivir a la enemiga, como si caminaras a ciegas por una carretera infinita que no lleva a ninguna parte y que hoy, precisamente, ha hecho escala en la habitación en donde te encuentras, a sólo unos segundos de descerrajarte una bala en la cabeza. Al menos, piensas, podría ser más fácil si tuvieras un maestro que te enseñara hacia dónde debes caminar, o por lo menos te mostrara la forma en que debes descubrir las pistas que los hombres tienen que seguir para atinar a encontrar algo en su vida. Pero ese es tu problema: no tienes maestro y tampoco estás seguro de lo que debes encontrar. Ninguno de los profesores de tu facultad es un verdadero dómine. Ninguno de ellos te podría dar un consejo ni sabría responder a tus dudas. Si asaltaras a alguno en un pasillo de tu bloque académico y le preguntaras, por ejemplo: «Maestro, ¿Cuánta verdad hay en vivir?», el ilustre tutor te miraría con cara de lástima y posiblemente dibujaría una sonrisa socarrona en su cara. En realidad, ellos piensan que la felicidad consiste en no hacerse ese tipo de preguntas; su vida es demasiado cómoda y su nivel intelectual exageradamente reducido. Además, ninguno quiere ser guía de nadie, mucho menos de un adolescente onanista que franquea con relativa facilidad la línea que divide a la estrechez económica de la indigencia. Tú estás solo, en una habitación de 3 metros X 4, con un arma sarrosa alicatada entre tus dientes delanteros. Y dentro de unos segundos morirás.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

La rosa de Paracelso (Jorge Luis Borges)


En su taller que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lampara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.

El maestro fue el primero que habló:

- Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente – dijo no sin cierta pompa. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí?

- Mi nombre es lo de menos -replicó el otro -. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.

Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lampara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.

Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:

- Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.

- El oro no me importa- respondió el otro.

- Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer el camino que conduce a la Piedra.

Paracelso dijo con lentitud:

- El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.

El otro miró con recelo. Dijo con voz distinta:

- Pero.. ¿hay una meta?

Paracelso se rió.

- Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos dicen que no, y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que “hay” un Camino.

Hubo un silencio, y dijo el otro:

- Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la Tierra Prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.

- ¿Cuándo?- preguntó con inquietud Paracelso.

- Ahora mismo - contestó con brusca decisión el discípulo.

Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán. El muchacho elevó en el aire la rosa.

- Es fama -dijo - que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.

- Eres muy crédulo- dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe.

El otro insistió.

- Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la Rosa.

Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.

- Eres crédulo - dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?

- Nadie es incapaz de destruirla - dijo el discípulo.

- Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?

- No estamos en el Paraíso - habló tercamente el muchacho; - aquí, bajo la luna, todo es mortal.

Paracelso se había puesto de pie e inquirió:

- ¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?

- Una rosa puede quemarse- desafió el discípulo.

-Aún queda el fuego en la chimenea. Si arrojamos esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que solo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.

- ¿Una palabra?- dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvos los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?

Paracelso lo miró con tristeza.

- El atanor esta apagado – repitió – y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

- No me atrevo a preguntar cuáles son - dijo el otro con astucia o con humildad.

- Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Kabalah.

El discípulo dijo con frialdad:

- Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:

- Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.

El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:

- Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

El otro replicó, tembloroso:

- Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.

Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y solo quedó un poco de ceniza.

Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.

Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:

- Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.

El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.

Se arrodilló, y le dijo:

- He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa.

Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?

Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompaño hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja.

Y la rosa resurgió. (*)

(*) Fuente: Jorge Luis Borges, "La rosa de Paracelso", en Obras Completas, editorial Emecé, Buenos Aires, pp. 89-92.

lunes, 9 de noviembre de 2009

El bodegón de las cebollas



Me despertaba triste en las mañanas, dentro de un cuarto en penumbras. Mi habitación sólo tenía una ventana, que siempre estaba cubierta por una cobija gruesa de lana. Solía caminar en círculos por los mismos lugares cada vez que sentía que iba a morir (morir de desesperanza y pena, o de dolor y miedo o de todo junto). Medellín nunca me abrió sus puertas y mis únicas posibilidades ondeaban entre la criminalidad y el suicidio. Había dejado la universidad por segunda vez. Faltó muy poco para prodigarme por completo a la indigencia. Pasé por todo tipo de situaciones abyectas, y sobreviví precisamente porque sabía que, si la cosa empeoraba, todavía me podía matar. No tenía nada ni a nadie que me acompañara o me diera un consejo. Mis días transcurrían entre los libros de Henry Miller, el café, mi caja de cigarrillos Starlite y mis diarios, en donde escribía cosas como ¿por qué me pasa esto a mí? hasta que se me entumecía la mano y me ponía a llorar en mi cuarto o en el baño, después de masturbarme. Entonces descubrí que existía un tipo de literatura para desesperados, a la que pertenecen autores que también llevaron una vida a salto de mata en sus países de mierda y a los que nadie nunca les ofreció su conmiseración ni su lástima. Yo leí a Thomas Bernhard de la única forma en que se puede leer a un escritor de su calibre sin envilecer su obra: en medio de la miseria. De aquel tiempo extraje el siguiente capítulo, para que el lector abatido por la amargura sepa que su abandono y su sufrimiento se deben, en parte, al grado de desenjalme de su cerebro (ya que, sin excepción, cuando conseguimos por primera vez la libertad que tanto anhelamos, ésta se nos presenta en forma de dolor), pero también al gravamen de un Estado que odia a los hombres libres y en general a todo individuo que decida no hacer parte de su sistema.

Corrección (fragmento Nº1)

“…dondequiera que hubiera vivido en los últimos años, en Inglaterra o en Austria, en el país inglés, con gran decisión y presencia de ánimo, en el país austríaco, con gran afecto y amor, aunque también con desprecio y aversión igualmente grandes, con esa mezcla de desconfianza y decepción que siempre había sentido, en las fronteras del odio, hacia su patria, fronteras que había traspasado también, con mucha frecuencia, con una inteligencia desusadamente aguda, porque el hecho de que, por una parte amaba a Austria, porque era su país de origen, era tan evidente como el hecho de que la odiaba, porque, durante toda su vida, sólo lo había maltratado, y siempre, cuando necesitaba de ella, lo había rechazado, ella no dejaba que se le acercara un ser como Roithamer, seres, personas, caracteres como Roithamer no tienen en el fondo nada que hacer en un país como en su y mi país natal, en un país así son incapaces de desarrollarse y tienen además, continuamente, conciencia de esa incapacidad para desarrollarse, un país así necesita hombres que no se revelen contra la desvergüenza de un país así, contra la irresponsabilidad de un país así y de un Estado así, de un Estado que, como decía siempre Roithamer, era un peligro público y estaba en total decadencia, en el que no reinaba más que unas condiciones caóticas, si es que no las más caóticas, ese Estado tiene una infinidad de hombres como Roithamer sobre la conciencia, una historia totalmente vil y abyecta, esa perversidad y prostitución permanentes en forma de Estado, como decía siempre Roithamer y, por cierto, sin pasión, con la seguridad, en él innata, de un juicio que no se basaba en más que en la experiencia, y Roithamer nunca había admitido otro valor que el de la experiencia, como decía siempre, cuando se había llegado al límite de la tolerancia, en relación con ese país y con ese Estado, no se podía explicar, decía, con unas palabras casuales, la vileza y la abyección y el peligro público que representaba ese Estado, sin embargo, para un análisis y un trabajo científico sobre ese tema le faltaba tiempo, porque estaba concentrado, decía, en su tema principal, las ciencias naturales y el Cono, y tampoco era él una cabeza, decía, que se agotara en ataques políticos, nunca se había agotado, decía, en ataques políticos o políticogenerales, para eso había otras cabezas, más indicadas, esa nucas y frentes para los ataques políticos, sin embargo, decía, de vez en cuando se había visto obligado a utilizar su capacidad de juicio con respecto a su país de origen y a su Estado de nacionalidad, o sea, con respecto a Austria, ese país, el más incomprendido del mundo, ese país con el mayor grado de dificultad de la historia universal, y se exponía de vez en cuando al riesgo de expresar su opinión sobre Austria y sus austríacos, sobre ese Estado arruinado como ningún otro, sobre ese pueblo arruinado como ningún otro, en el que, además de las deficiencias mentales en él innatas, decía, no quedaba más que hipocresía y, por cierto, hipocresía en todas las fronteras posibles del Estado y de la política nacional, este, en otro tiempo, corazón de Europa no era, según Roithamer, más que un resto de liquidación de la historia intelectual y cultural, una mercancía estatal no vendida, sobre la que el ciudadano no tiene más que una segunda o una tercera o una cuarta o, en cualquier caso, nada más que una última opción, ya que sus primeros años habían hecho comprender a Roithamer, como me habían hecho comprender a mí, la imposibilidad de crecer y desarrollarse en este Estado y este país, cuales quiera que fueran los auspicios, este país y este Estado, así Roithamer, no son nada para el desarrollo de un intelectual, aquí todos los indicios de fortaleza intelectual se convierten en seguida en todos los indicios de debilidad intelectual, aquí todos los esfuerzos por avanzar, prosperar y progresar son inútiles, por todas partes, a donde quiera que se dirigen los ojos o la inteligencia o los esfuerzos, no se ve más que el hundimiento de todos los esfuerzos por avanzar, prosperar y progresar aquí, por desarrollarse, el hombre austríaco, ya en el momento de su nacimiento, es un hombre fracasado y debe comprender claramente, decía, que tendrá que renunciar a sí mismo si se queda en este país y en este Estado, cualesquiera que sean los auspicios, debe decidir si quiere, quedándose ahí, parecer, envejeciendo fatigosamente y sin llegar a nada, perecer en su propio Estado y en su propio país, presenciar con los ojos abiertos, en su propia mente y en su propio cuerpo, ese terrible proceso de extinción, si quiere aceptar un desarrollo descendente durante toda su vida, quedándose en este Estado y en este país, o si quiere irse y marcharse tan pronto como pueda y, mediante ese pronto irse y marcharse, salvarse, salvar su inteligencia, salvar su personalidad y salvar su naturaleza, porque, si no se marcha, así Roithamer, perecerá en este país, y si no es un hombre vil, se convertirá en este país y en este Estado en un hombre vil, y si no es de naturaleza abyecta ni infame, se convertirá en este país y en este Estado en un ser de naturaleza vil y abyecta y en una criatura vil y abyecta, y por eso hace falta, desde el principio mismo, desde los primeros procesos del pensamiento, salvarse de este país y de este Estado y, cuando antes vuelva la espalda a este país y a este Estado un hombre con facultades intelectuales, tanto mejor, un hombre así tiene que decirse que hay que huir, dejar atrás todo lo que es este Estado, lo que constituye este país, irse a cualquier parte, aunque sea el fin del mundo, no quedarse en ningún caso donde nada puede esperar y, si puede, sólo lo más miserable y lo que destruya la inteligencia y lo que vacía la cabeza y lo que obligará continuamente a la mezquindad y la vileza, y que, aquí, todo lo aplasta continuamente, lo denigra y lo niega continuamente, y que aquí, en su país austríaco, estará expuesto siempre a una vil incomprensión y una vil calumnia y, por tanto, a la decadencia y, por tanto, a la muerte y, por tanto, a la aniquilación de su existencia. Si lo vemos con claridad, veremos que para Roithamer no había otra posibilidad que dejar esta su patria, que no merece en absoluto ese título honroso, porque la llamada patria no fue para él en realidad, como para tantos otros salidos de ella, nada más que el castigo más terrible de su existencia, durante toda su vida, por el acto inocente de haber simplemente nacido, alguien como Roithamer siente constantemente que su patria lo castiga por algo que no puede evitar, porque ningún hombre puede evitar su nacimiento, pero Roithamer tuvo que comprender ya muy temprano y, de hecho, en su más temprana infancia, que pasó con sus hermanos en Altemsan, que tenía que irse y, en lo posible, rápidamente y sin rodeos, para no hundirse como, en fin de cuentas, se hundieron sus hermanos…”

Corrección (fragmento Nº 2)

“La felicidad no es obligatoria.”

lunes, 2 de noviembre de 2009

Memorial de agravios II (La promesa de una resistencia)



Se comienza por leer algunos libros; luego nos damos cuenta de que le hemos vendido el alma al diablo. Pero el infierno nunca es tan borrascoso y difuso como el futuro de un universitario triste y confundido. Eso se aprende después de haber sobrevivido a las tragedias más patéticas de nuestra juventud (y que luego se repiten en la vejes, aunque la mayoría de los estudiantes novicios de este plantel crean que su madurez apócrifa los mantendrá exentos de cualquier fiasco) y de haberlo perdido todo a cambio de la poesía y el arte, y de las películas que nos acompañaron en medio de la desesperación y de la vida precaria que decidimos llevar para salvar nuestra alma del paraíso de los exitosos y los ganadores.

Soy un hombre de impulsos. Una vez, en una sala de urgencias de Putumayo en donde mi abuela agonizaba, le dije a un tío con quien habíamos compartido sus cuidados médicos: «Me voy para la casa ¿Nos vemos por la noche?», y al día siguiente estaba en Bogotá, con mi novia de 15 años. Por cinco días no supe nada de mi casa, ni de la abuela, hasta que poco después mi abuela murió y mi novia me dejó por un estudiante de antropología.

Repito: soy un hombre de impulsos. Me gusta la espontaneidad, y si existe algo que no soporto es vivir de acuerdo a los horarios de cumplimiento que destacan al habitante de academias. Por lo general, un hombre que distribuye bien su tiempo en lapsos destinados a distintas actividades será recompensado con la integridad física y mental; tendrá una novia bonita a la que también le gusta dormir sobre los laureles del triunfo y la gloria; con el tiempo sacará en alquiler un buen apartamento, terminará con su novia, se acostará con una mujer distinta cada mes, comprará un Renault Twingo y se hará profesor de planta de su facultad e integrará uno de los mejores y más destacados grupos de investigación.

Esa es la vida de un vencedor. Para el mundo no habrá nunca un mejor ejemplo de lo que significa la palabra plenitud. ¿Pero en dónde quedan los adolecentes incapaces y los bibliófilos que trabajan en la clandestinidad de su cuarto y los que sueñan con convertirse en poetas? ¿En dónde, querido y ocupado leyente, los que saben que las mejores lecciones para la vida no se reciben dentro de un salón de clase sino que se aprenden memorizando los poemas de Pessoa y leyendo las novelas de Thomas Berhart? Todos ellos son el hazmerreír de un profesional. En mi facultad, por ejemplo, abundan los hombres que se ríen de las almas libres. Libertad, para ellos, es un ridículo que no se pueden arriesgar a hacer, y la razón principal de este oprobio es que la mayoría del estudiantado de nuestra Alma Mater (que por lo regular enarbolan promedios magnánimos y conservan una especie de alegría idiota en la cara) busca el respeto de la sociedad, y no su amor ni su comprensión.

Hablo por los hombres que le apuestan a una vida distinta y a una existencia guerrillera. No por mí. Yo no busco el amor de una sociedad que me impide ser libre ni la comprensión de unos compañeros de carrera que señalan como perdedor a todo aquel que busca su felicidad por fuera de la academia, al margen del mismo título profesional que ellos persiguen con ahínco.

-A esos hombres les suele ir bien en la vida-, me decía el maestro Alberto Aguirre mientras describía a la misma clase de alumno insigne a la que me refiero yo en una cafetería del centro de la ciudad. –No. Eso no es lo que quiero decir. Lo que digo es que les va bien a costa de la vida-, dijo después, y me dio una palmada en la espalda.

Entonces era yo un muchacho sin propósitos claros. Todas las personas a mi alrededor me hacían sentir como un fracasado y un enfermo por querer echarme sobre mi camastro durante todo el día a leer los poemas de Sabines. Luego entendí que la poesía no podía ser otra cosa que eso precisamente: una enfermedad exquisita, y que el único deber de un hombre prominente no era el de asistir a la clase de un profesor sin imaginación ni el de cumplir con prontitud la entrega de un trabajo superfluo de reportería periodística, sino el de trabajar cada día por conquistar nuestra propia libertad.

Conozco estudiantes con un índice de inteligencia colosal y que a pesar de eso cometen el error más común entre los universitarios: querer verse como gente grande. Su mayor preocupación consiste en atender con severidad a cada discurso de sus maestros, conseguir un trabajo para ejercitar su sentido de la responsabilidad y aniquilar todo pensamiento que pueda poner en duda su circunspección mental. Lo que ellos no saben es que, en la hora de su muerte en Nueva york, Hannah Harendt decía deberle cada una de sus posturas e ideas políticas a la imaginación excéntrica de los filósofos y los locos y no al pensamiento racional, y continuaba diciendo que la irresponsabilidad era también una tarea intelectual para probarse a sí mismo que a pesar de todos los compromisos asumidos todavía se es libre para hacer lo que se quiere y no lo que se debe.

La irresponsabilidad es otra característica del hombre libre. Y tú, mi eficaz y diligente lector ¿cuántas veces te has decidido por el no-hacer? Te reto a practicarlo sólo las veces que consideres correctas: no asistas a la ejecución de un examen, o entrega una hoja en blanco aunque te sepas todas las respuestas; no te presentes a una clase importante y acuéstate bajo un árbol para leer a Lovecraft aunque luego debas estudiar por tu cuenta; no ofrezcas esas cuatro cuartillas garrapateadas que te pidieron y que escribiste y que a pesar de eso deseas tener la fuerza para no entregar.

También el no-hacer hace parte de tu educación.

Dixi.

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